domingo, 29 de marzo de 2009

El mercadeo del ser humano


Una de las falacias más extendidas entre todos los economistas y aún historiadores es que el modelo económico originario del ser humano fue el trueque. Nos dicen, y convierten esto en un mantra que tiene grandes utilidades legitimadoras, que los hombres primitivos intercambiaban productos en una especie de "mercado" rudimentario. Así, cambiaban anzuelos y hachas, frutos y pieles, collares y herramientas. El intercambio era espontáneo y respondía a las necesidades del momento. Con el devenir de los siglos, este sistema se perfeccionó, dando lugar a la economía de mercado autorregulado de la que disfrutamos en la actualidad, el mayor y mejor logro económico de todos los tiempos, y ley natural de la economía humana (Smith dixit).

Pero esto no es más que ideología en estado puro. En primer lugar porque la economía primitiva y hasta bien entrada la era moderna, se basaba en principios muy otros que los del mercado. El mercado requiere que el valor de uso de un producto se convierta fácilmente en valor de cambio, y eso no se dio ni en el mercantilismo. El valor de uso de un producto es el valor real, el valor de cambio se da cuando el producto se convierte en mercancía, es decir, en portador de un valor distinto al del uso. Un saco de patatas tiene un valor de uso concreto: alimentar al hombre mediante sus propiedades nutritivas, pero puede tener un valor de cambio, cuando puedo obtener otro producto por intercambio. Ahora bien, ese otro producto, que puede ser una silla, lo quiero por su valor de uso, con esto tenemos que la finalidad del intercambio vuelve a ser obtener un uso de un producto. La economía de mercado, tal como hoy se entiende, no tiene esa finalidad, muy humana, sino otra más crematística: obtener una ganancia con la compra y la venta. No se trata de satisfacer una necesidad humana, sino de obtener un plus, un beneficio. Vendo las patatas, no para comprar sillas, sino para obtener un beneficio que me permita comprar sillas que después venderé para comprar otra cosa. El fin es el beneficio, no la satisfacción de una necesidad. He ahí el mercado puro y duro.

En las sociedades primitivas, la economía siempre pretendía la satisfacción de una necesidad, y esto se lograba mediante la economía del don, con dos principios básicos: reciprocidad y redistribución. El don nos dice que no hay mercadeo, no hay intención de beneficio final, sino de establecer una relación o de reforzarla, es decir, siempre tiene una finalidad social y nunca crematística. El don es un desafío ante el otro que tiene que responder mediante el per-don, mediante el contra don, de esta manera se obtiene la reciprocidad que nivela el intercambio. En relaciones sociales amplias se aplica el principio de redistribución. Uno del grupo, jefe, sacerdote, sabio..., se encarga de repartir los bienes obtenidos por el grupo de forma equitativa. Así funciona el famoso potlatch de los Kwakiutl amerindios.

La única economía que crea relaciones sociales humanas es la del don. En ella se encuentran todos los principios que construyen al ser humano: reciprocidad, altruismo, solidaridad, respeto por el medio natural, austeridad... En la economía de mercado, que apenas lleva dos siglos entre nosotros y ya se ha erigido como la única posible, se acaba "aniquilando la sustancia humana y natural de la sociedad" (Polanyi, La Gran Transformación, Buenos Aires 2007, 49). Como hemos escrito en otra entrada del blog, la economía de mercado vacía al hombre hasta dejarlo en un mero estómago, por no citar partes menos nobles, enchufado a un televisor, es el hombre lleno de nada.
Parafraseando a Heidegger, diremos que el mercado (la nada) mercadea (nadea) y colma el enorme vacío que ha dejado en el mismo centro del ser humano. En el mercado, el hombre es pura mercancía, con un precio a la baja.

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