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viernes, 22 de julio de 2016

Infinita tristeza

Una especie de tristeza me tiene atenazado desde hace unos meses. Es una emoción sutil pero que la noto cada vez con más fuerza, a pesar de que soy de carácter alegre, sin estridencias, pero alegre. Desde que me reconozco me identifico como una persona con ideales y vocación. Muy temprano quería ser profesor y eso se convirtió en una meta en mi vida, meta que ahora llega a plenitud con el nombramiento que he recibido como Profesor Ordinario de Teología en el Instituto Teológico de Murcia (Facultad de Teología, Pontificia Universidad Antonianum). Dentro de mi proyecto vital estaba el ser Doctor, y lo soy por dos ocasiones, Teología en 2006 y Filosofía en 2015. Además, hay en mí una gran inquietud por la investigación y la difusión de lo investigado. Fruto de ello son los cinco libros publicados hasta la fecha, la treintena de artículos científicos y los tres libros que tengo escritos, uno que se publica en Desclée en octubre, otro en PPC en febrero o marzo y el otro que aún no tiene fecha. No hago este elenco de mis logros personales por vanagloria u orgullo, sino para poner en contexto esta tristeza que me acecha. Una persona sumida en la tristeza vital lo puede ser porque no ha conseguido sus metas personales o porque su vida no tiene aliciente. En mi caso no es así. Mi trabajo me gusta y es muy gratificante, pues hago lo que me gusta entre gente con la que me siento a gusto haciéndolo. Me proporciona momentos realmente motivantes y grandes alegrías. Mi familia es otro foco de alegría y gozo indescriptible y no me falta nunca una motivación para seguir adelante. No, mi tristeza no está producida por mi vida personal, familiar o laboral. Viene de la realidad global que venimos observando los últimos ocho años.

Desde que el Neoliberalismo ha entrado en la fase de necrosis, los acontecimientos se aceleran, sobre todo los más dolorosos. La guerra mundial abierta por los recursos menguantes y por el control geoestratégico ha roto la estructura moral que aun se podía percibir, aunque débilmente, en tiempos anteriores. Hoy no resulta extraño que cualquier país busque su propio beneficio sin importarle las consecuencias que esto pueda tener. El ejemplo más claro es cómo muchos gobiernos de países ricos o relativamente ricos, bien directamente o bien por medio de grandes empresas, se han lanzado al control de los recursos agrícolas del Planeta sin ningún miramiento. El famoso Land grabinng, del que hemos hablado en este espacio, está poniendo en manos de los países enriquecidos las mejores tierras y aguas de África. A día de hoy la mayor parte de ellas ya lo están. Esto está expulsando de sus hogares a millones de africanos que ya ni tienen los recursos para producir, ni los alimentos que van directamente a las despensas de Estados Unidos, Europa o Arabia Saudí o China. Esto es una de las causas de que muchos emprobrecidos africanos musulmanes caigan en las redes de lo que fue Al-Qaeda y ahora es el Daesh, alimentando una guerra sinfín con Occidente. Francia está sopesando una intervención militar y Europa duda si entrar otra vez en Libia. A su vez, esta situación empuja a la gente hacia lugares donde haya agua y recursos, hacia Europa. Pero son retenidos mediante países-tapón que cobran grandes sumas por hacer de gendarme: Marruecos y Turquía, por ejemplo. Otros países son tapón porque la guerra desincentiva el tránsito. Esto nos lleva a contemplar con estupor cómo miles de personas mueren cada año ahogados en el Mediterráneo sin que Europa ponga los medios, que los tiene, para evitarlo. Y mientras, el corazón de Europa se endurece, es como si se creara callo en el alma al contemplar tanto sufrimiento.
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