domingo, 17 de junio de 2018

La era de Aquarius

"Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia", dice San Pablo (Rom 5, 20). Donde los Estados europeos actúan con criminal indecencia, las organizaciones de la sociedad civil aportan la misericordia y justicia que nos permite seguir reconociéndonos como miembros de la humanidad. Esta nueva Italia, la del neofascismo, ha demostrado ser capaz de dejar a su suerte a 629 personas recogidas por una organización humanitaria en medio del Mediterráneo. Decidió cerrar sus puertos al barco salvador para dar una imagen de fortaleza ante los votantes que han aupado a partidos demagógicos, pues saben bien que incumplen el derecho internacional negando la asistencia a personas recogidas de un naufragio. No pueden hacerlo, pero dan la imagen de fuerza ante los débiles, que es justo lo que les aporta votos. La demagogia, que no populismo, es la estrategia de estos partidos, pues bajo mano cumplen sus obligaciones, pero vociferan exabruptos contra los emigrantes. Son los mismos que aquí en España hablan del tan manido "efecto llamada", una indecencia moral que no son capaces de sostener en privado, pero que airean en público para arañar votos entre los incautos afectos a causa tan peregrina como cerrar las fronteras al sufrimiento y al hambre, es decir, poner puertas al campo o diques al océano.

Doy gracias a estas organizaciones que se esfuerzan por sostener la humanidad de una Europa que ha perdido sus referencias morales más profundas, ancladas en la Iglesia católica y la Socialdemocracia alemana, pilares intelectuales fundadores de la Unión Europea tras la Segunda Guerra Mundial. Son las personas, no los Estados, las que toman como obligación poner en práctica los valores que han conformado este territorio con milenaria tradición y cuna de grandes culturas que aún hoy configuran nuestro mundo. Los Estados se han plegado a los intereses del capital transnacional que está en guerra contra el Planeta y contra la humanidad. Las personas debemos tomar la bandera de la civilización contra la barbarie de los intereses mezquinos de las grandes empresas y las élites globales. Por eso, estamos de enhorabuena cuando un gobierno como el actual español rompe la lógica que impera en los Estados europeos y da acogida a un grupo de seres humanos necesitados. Importa poco la motivación, importa que esa decisión ha cambiado el tablero de juego, ha forzado a Italia a aportar dos barcos para transportar y Francia ha ofrecido su colaboración para acoger personas del Aquarius, nombre con reminiscencias hippies del barco salvador.

jueves, 7 de junio de 2018

Ministro florero

Me pongo la venda antes de la herida: no tengo nada contra que haya más mujeres que hombres en el nuevo gobierno, incluso me parecería muy bien que fueran todas mujeres. Bien, aclarado esto, paso a lo que iba a decir.

Creo que la expectativa de un cambio de gobierno y de gobernanza en España ha levantado muchas expectativas entre un amplio sector de la población, especialmente aquel que se siente identificado con un visión de la sociedad denominada como "progresista" y que sus detractores califican despectivamente como "progre". Las expectativas están fundadas en el discurso que desde la oposición ha sostenido el Partido Socialista de Pedro Sánchez, quien le torció el brazo al aparato del partido y venció en unas primarias en las que la militancia optó por políticas de oposición clara al Partido Popular. Sin embargo, estas expectativas están más alimentadas por un cierto imaginario de progresía creado a su alrededor que por hechos probados y ciertos; o bien, por el hartazgo de una forma de entender el gobierno en los últimos seis años que nos ha puesto en cotas de democracia de muy baja intensidad. Entre las esperanzas que algunos sostienen por sí mismos y los deméritos de un gobierno zafio se ha creado una aureola entorno a Pedro Sánchez por la que parece el nuevo líder que va a sacar a España de una modorra democrática que se parece en exceso a regímenes pretéritos. Por eso, el cambio de gobierno ha sido muy bien acogido por un amplio sector de la población, que espera de él un giro radical a la política de libertad pública, a las políticas de igualdad, a las destinadas a combatir la desigualdad social, a las privatizaciones encubiertas, que son el magma donde se fragua la corrupción, y a las formas de gobierno autoritarias que hemos padecido.

Entre las políticas que más ánimos levantan son las referidas a las mujeres. Desde el 8 de marzo, las mujeres se han hecho definitivamente presentes en la agenda pública, hasta el punto de que una banquera se ha denominado a sí misma como feminista. El anterior gobierno ha hecho oídos sordos a las justas demandas de igualdad en el plano público y de protección ante una violencia que se ceba, como siempre, con la parte débil de la sociedad. Las mujeres son esa parte débil (no el sexo débil) porque no gestionan los conflictos mediante la violencia y porque el varón suele ejercerla como medio de obtener satisfacción para un ego que la educación y la estructura patriarcal ha convertido en patológico. Por este motivo, que el nuevo gobierno esté compuesto por más mujeres que hombres es un signo positivo para indicar a la sociedad que en cargos de responsabilidad tan bien o tan mal lo pueden hacer las mujeres como los hombres. Suelo recordar a mis colegas feministas que fue una mujer, Thatcher, la que peores políticas aplicó en relación a la igualdad y a las injusticias sociales. Que haya mujeres en un gobierno no asegura que sus políticas sean más justas o más "progresistas". De hecho, podría darse la paradoja que con muchas mujeres un gobierno tomara medidas que van contra la justicia social. Y, me temo, que eso lo vamos a ver en este gobierno, si es que dura para ello.

lunes, 21 de mayo de 2018

¿Podemos ser incoherentes?

La pregunta que lanzo es la siguiente: ¿aquellas personas que creemos en otra forma de organizar el mundo, de vivir, de entender las relaciones personales fuera del capitalismo y de su visión economicista, mercantilista, materalista y hedonista de la vida, podemos ser incoherentes, es decir, podemos hacer cosas distintas a las que manifestamos, deseamos y anhelamos? La respuesta es rotunda: debemos ser incoherentes, no nos queda otra. Pues, mientras no vivamos en una sociedad organizada para que las personas no tengan que vender su fuerza laboral, establecer relaciones de dominio o anhelar bienes innecesarios, no nos queda más remedio que vivir de forma distinta a como pensamos y manifestamos. Por poner tres ejemplos. Aunque creemos que el trabajo debe ser un medio para relacionarnos con los demás y con la naturaleza, respetando el medio natural y sabiendo que los otros son siempre fines y no solo medios, no tenemos más remedio que experimentar la cosificación de las relaciones laborales, donde las estructuras de extracción de riqueza priman sobre las relaciones personales. Aunque creemos en la necesidad humana y medioambiental de un transporte colectivo, ecológico y universal, tenemos que vivir en una sociedad que ha sido organizada para el uso de medios privados de transporte, menos eficientes, más caros y menos humanos. Aunque afirmamos la necesidad de un uso común de la propiedad que permita a todos cubrir sus necesidades de vivienda o de desarrollo personal, vivimos en una sociedad organizada sobre la base de la propiedad privada de los medios de reproducción de la vida humana.

Estos tres ejemplos sirven para todo lo demás. Lo que podemos hacer es intentar minimizar el coste personal, social y medioambiental de tener que transigir que el mundo capitalista. Por ejemplo, reduciendo el uso de las cosas que en esta sociedad son necesarias para vivir: ropa, alimento, vehículos, aparatos eléctricos, etc. Aun así, siempre habrá, y yo lo he tenido que padecer bastante, quien no se sienta satisfecho con que no dispongamos de una vivienda de lujo o de una segunda vivienda, o de que usemos los aparatos que esta sociedad impone para poder vivir en ella, como ordenadores o móviles. Siempre hay que exige más pureza, habitualmente sin aplicársela a sí mismo. La única opción que te dan suele ser irte al bosque a vivir fuera de la civilización, con lo cual consiguen lo que pretenden: que no seas un contra ejemplo. No deja de ser curioso tener que justificar ante alguien que usa coche y móvil que tú los uses. Soy muy consciente de la parte alícuota de pecado de este mundo que me toca por usar un ordenador o un móvil que tienen componentes fruto de la guerra en el Congo. Eso me debe hacer más consciente de la necesidad de la transformación social, pero no puedo dejar de utilizar esos medios dentro de los parámetros de esta sociedad. En mi caso ha sido una decisión muy dura que me llevó mucha lucha interna, pero que no me quedó más remedio que arrostrar con el pecado que implica ser cómplice del crimen de este mundo. Soy consciente de mi pecado y hago lo posible porque no se reproduzca. He estado tentado de abandonar todo e irme al bosque, como dicen algunos, vivir de la agricultura, reducir al máximo mi exposición a este mundo, salir de él. Pero, creo que soy más útil si me quedo e intento cambiarlo que si huyo y me dedico a una pureza que nunca transformará el mundo.

lunes, 16 de abril de 2018

Lo que queda de la Iglesia hoy



Les Éditions du Cerf lleva muchos años nutriendo el pensamiento cristiano y ofreciendo una teología en contacto con la tradición pero siempre novedosa, para que la teología avance en la exposición de la fe, atendiendo a los problemas que el mundo suscita a la reflexión teológica. Como editorial vinculada a los padres dominicos, tiene la pretensión de difundir el pensamiento que brota del evangelio y de predicar por todo el mundo la Palabra de Dios. Libros como este que tenemos ante nosotros son un claro ejemplo de todo esto: es un libro que profundiza en la Tradición creyente que nace en la Biblia para, desde ahí, iluminar los problemas del presente en una Iglesia que necesita de claridad ante retos cada vez más exigentes. Con el gran biblista, y experto en Antiguo Testamento, Walter Vogels, podemos arrojar luz sobre uno de los acontecimientos que más perplejidad supone entre muchos creyentes en estos momentos: el vaciamiento de las iglesias y la desafección de una buena parte de los fieles en Occidente.

El autor no se anda con paños calientes. Si bien el número de católicos y cristianos en general aumenta en el mundo, por causa de los países empobrecidos, en el mundo occidental la reducción de las personas que se dicen cristianas ha entrado en barrena. Los datos son incontestables. En Europa occidental se llaman creyentes apenas un 43% de las personas encuestadas. En Francia, por poner un claro ejemplo del proceso, se ha pasado de más de un 80% en los años ochenta a menos de un 40%. Y los estudios sobre la juventud no proporcionan datos alentadores para el futuro. Lo más probable es que en unas décadas, la manifestación de creencia en Europa sea testimonial. Ante esta situación de secularización progresiva de las sociedades occidentales, un experto como Vogels, se dirige directamente a la Biblia para buscar una respuesta. La Biblia, como siempre lo hizo, puede iluminar la comprensión del mundo en que vivimos, de hecho, la Biblia es un libro que refleja la comprensión del mundo a lo largo de la historia del pueblo hebreo y la misma Iglesia.

Vogels ve tres posibles respuestas. La primera es la de los profetas de desgracias: Esta situación no tiene remedio y solo podrá empeorar. En el otro extremo están los profetas de la gracia: la Iglesia pierde fuerza en Occidente, pero en el conjunto del mundo aumenta, tanto en África como en América y Asia. En medio de estas dos posturas extremas están los que se dicen verdaderos profetas: esta situación da la oportunidad a la Iglesia para volver a los orígenes de humildad y pequeñez, para ser el grano de trigo, la sal o la levadura. El cristianismo o la Iglesia no están en riesgo de desaparecer, como afirmarían unos, ni tampoco está en plenitud, como creen otros. La actual situación es un cambio de forma de la Iglesia que le puede permitir, paradójicamente, superar las dificultades y ser más fiel a su origen. Vogels afirma taxativamente: “me parece que esto que le pasa a la Iglesia puede ser esclarecido por el tema bíblico del ‘resto’, presente en multitud de textos” (31). La obra es la puesta en práctica de este esclarecimiento.

viernes, 16 de marzo de 2018

La revolución de Jesús. El proyecto del Reino de Dios


A una revolución estamos llamados en los difíciles tiempos que nos ha tocado vivir. Hasta hoy día han fracasado todas las revoluciones emprendidas porque se quedaban en lo meramente estructural, en lo institucional, en lo social. De esta manera, las revoluciones no eran nada más que simples cambios de posición de los actores sociales. Por eso fracasaron, pues una revolución debe ser una transformación del corazón humano a la par que de la sociedad humana.

La verdadera salvación cristiana es un encuentro entre el don de Dios, la redención, y el esfuerzo humano, la liberación. Primero el don divino y luego el trabajo humano, los dos integrados. Esta es la revolución de Jesús, su proyecto del Reino de Dios: don de Dios, primero, y esfuerzos humano después. Redención y liberación como los dos elementos nucleares del proyecto salvífico de Jesús.

Para comprender esta revolución es necesario contar a Jesús desde su proyecto vital más íntimo, el Reino de Dios, aunque no se trata de hacer un mero análisis de lo que significa este Reino, sino de mostrar las consecuencias en la vida de la gente de entonces. La consecuencia fundamental es una revolución que supone comprender a la persona de Jesús, su origen, su historia, la historia de su pueblo, el contexto social, económico y político donde va forjando su conciencia. A esto lo he llamado Los códigos de un revolucionario.

Jesús fue ajusticiado por el Imperio romano por propagar un reino distinto al del César. Los varones lo abandonaron, pero las mujeres organizaron el rito del duelo y en este rito recobraron la vida entera de Jesús.

Las mujeres están presentes tanto en la ejecución como ante la tumba vacía y son las primeras en encontrarse con el Resucitado. Ellas son las que darán inicio al nuevo proyecto del Reino de Dios tras la ejecución de Jesús.

lunes, 5 de marzo de 2018

El nacimiento del Imperio Global Posmoderno (IGP)

1933, incendio del Reichstag / 2011, destrucción de WTC
(...Continúa)
Tras la caída de Roma y su continuación en Bizancio hasta 1453, no tenemos propiamente un nuevo imperio. Solo la pérdida del poder de Bizancio podrá abrir el camino a nuevos imperios. Son los imperios modernos porque surgen en un nuevo tiempo. Mientras existió la sociedad estamental se hizo imposible el nacimiento de una nueva realidad imperial en Europa, pues la realidad imperial tiene su fundamento en un tipo de burocracia funcionarial que sostiene la patrimonialización del Imperio. Cuando surgen las ciudades y una nueva clase social en ellas es cuando puede nacer de nuevo la realidad imperial en Europa. España, Holanda y Gran Bretaña serán los jalones más representativos de este proceso. Estos imperios modernos, de forma progresiva, se van a constituir mediante estructuras económicas capitalistas que culminarán con el advenimiento de la Reforma como espíritu del capitalismo, según la feliz expresión de Weber.

La realidad imperial moderna europea será fragmentada en diversos imperios que pugnarán por la supremacía y que se irán sucediendo a lo largo de los cinco siglos que median entre el nacimiento de la modernidad y su transformación posmoderna. El culmen lo encontramos en el Imperio estadounidense en el siglo XX, que recoge todos los elementos de los imperios modernos y será el que dé asiento al Imperio Global Posmoderno actual. Como cabeza de la nueva Bestia, EE.UU representa todos los elementos de madurez de la modernidad[1] que dan paso a la posmodernidad y permiten hablar de una nueva realidad imperial, posmoderna y global. El primero de los elementos es el cultural. El posmodernismo, en arquitectura primero y en arte en general, supone un proceso de maduración crítica del modernismo, una cierta vuelta a la medida humana y un giro hacia la naturaleza. Antes incluso que las dos guerras mundiales, el posmodernismo ya avanzaba esta crítica que luego sería tematizada por el pensamiento crítico de la Escuela de Frankfurt y por la posmodernidad filosófica de raigambre francesa que se asienta en EE.UU como crítica literaria.

El segundo elemento de madurez será el proceso de secularización débil que podemos ver en EE.UU. Como bien lo han constatado Voas y Chaves (2016: 1548), el declive de la religión en Estados Unidos es constante desde comienzos del siglo XX, aunque mucho más lento que en el resto de países occidentales. Confirman Voas y Chaves un dato empírico irrebatible: las nuevas generaciones, de forma paulatina y progresiva, se van alejando de las prácticas religiosas. Esto vendría a rebatir la tesis del excepcionalismo americano, por el cual en EE.UU se viviría un proceso de desecularización. La diferencia, que podemos inferir, es que en EE.UU, por ser la cabeza del nuevo Imperio, se hace necesaria una experiencia religiosa que dé fundamento a la realidad imperial, de ahí que el proceso secularizador sea más lento, danto lugar a la aparición de una religión de sustitución. Esta sería la religión civil que tanta fuerza tiene en EE.UU y que tan bien ha estudiado Sánchez Bayón (2016). La religión civil americana es el sustento de la nueva realidad imperial, pero esta religión tiene las características propias de una religión de legitimación del poder.

domingo, 25 de febrero de 2018

La construcción de la realidad imperial

El mundo se ha construido desde hace al menos 5.000 años como una realidad imperial que se ha extendido paulatinamente a todo el orbe. Desde los inicios de los primeros imperios en Mesopotamia y el Nilo, pasando por los imperios griego y romano, hasta llegar al mundo moderno y sus imperios: España, Holanda, Gran Bretaña y el último, Estados Unidos. Esta construcción imperial asumía en cada momento todo lo logrado en su estadio previo, de tal manera que el Imperio romano será la culminación de un proceso imperial en la antigüedad. Roma siempre será el modelo de Imperio hasta nuestros días, donde los neocons hablan abiertamente de New Roman Empire para referirse a Estados Unidos.
El nacimiento de la realidad imperial, que se plasma en los imperios concretos, puede tener una misma fenomenología, identificada por Villacañas (2016: 22-26) en el nacimiento del patrimonialismo como ruptura de la propiedad común, política o económica, de la tribu y el surgimiento de la propiedad privada centrada en un clan o en una familia, de la que el pater familias sería el depositario absoluto de los derechos. Estos derechos pasan, con el tiempo, a ser hereditarios, con lo que el patrimonialismo da lugar al Imperio. El proceso sería así: irrupción de la propiedad privada, primero de los bienes y después del mando político, a partir de una situación dominada por la comunidad de bienes, luego la constitución hereditaria del patrimonio obtenido por la apropiación privada de lo común, y por último el nacimiento del Imperio cuando esa herencia incluye el poder político que se hace omnímodo mediante la forma funcionarial que evita el nacimiento de una sociedad estamental. Así lo expresa Villacañas:
Expropiación, patrimonialismo económico, aristocracia senatorial, patrimonialismo del poder político, funcionariado y economía del dinero tienen un camino convergente en la dominación imperial.[1]

jueves, 8 de febrero de 2018

Dichosos los ricos, porque os haréis llamar bienhechores

El capítulo 22 de Lucas nos dice: “Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores”. El evangelio da justo en el clavo a la hora de analizar cómo funciona el mundo en que vivimos, ayer y hoy. A los poderosos, sean reyes de las naciones, jefes o simplemente multimillonarios, no les interesa solamente acumular poder y enseñorearse del mundo; necesitan que el resto los tome por bienhechores, es decir, que todos crean que lo que hacen lo hacen por el bien de la humanidad. Hoy, estos tales se hacen llamar filántropos. Suelen ser multimillonarios que dedican parte de su riqueza a realizar donaciones, normalmente con gran publicidad y dejando patente lo que pretenden. Donan cantidades ingentes a ONGs, a grupos de apoyo a colectivos marginados y, ahora también, a la propia administración pública, mermada en su financiación gracias a que se bajan los impuestos a esos mismos enriquecidos que luego donan parte de los impuestos eximidos.

Saben muy bien que su riqueza, aunque resulte paradójico, es precaria. Sí, precaria. Porque la riqueza depende de tres factores externos a ella misma para generarse y mantenerse. El primer factor es que tiene que existir un marco legal que proteja la riqueza acumulada. Si las leyes penalizaran la acumulación de riqueza, esta nunca se crearía. Cuando Estados Unidos cayó en la crisis más grave de su historia en 1929, la forma de salir de ella fue aplicar un impuesto del 89% sobre la riqueza, de modo que fuera esta riqueza acumulada la que salvara al país, como es lógico hacer. El segundo factor es la existencia de un Estado que proteja la riqueza, sea mediante las leyes, sea mediante la policía o sea mediante el consentimiento de la administración. En todas las revoluciones, lo primero que desaparece es la riqueza acumulada, pues el nuevo Estado se la apropia. El tercer factor y más importante es el asentimiento generalizado de la sociedad que rodea a aquellos que acumulan la riqueza. Este asentimiento puede ser impuesto por la fuerza, en cuyo caso también es precario, o bien puede ser asumido como el anhelo social. Puesto que todos queremos ser ricos es bueno que existan ricos y riqueza a la que poder aspirar, aunque eso sea una quimera, pues en cualquier sociedad los ricos pueden serlo unos pocos. Según los datos que tenemos de la historia, en cualquier sociedad los ricos nunca superan entre el 1 y el 5%, dependiendo el momento y la sociedad. Por ejemplo, en el Imperio romano era el 3%, mientras que en los Estados Unidos hoy no llegan al 2% y en España es el 1%. Por supuesto, hablamos de ricos de verdad, no de personas con algunos bienes más que la media.

jueves, 1 de febrero de 2018

A weak Secularization

El debate sobre la secularización ha llegado a un punto de equilibrio. Tras dos décadas de fuertes choques entre posiciones diferentes, y de sonados cambios de parecer en algunos pensadores (véase la postura de Berger 2016), parece que podemos hacer un pequeño balance y afirmar que la secularización es un proceso histórico vinculado a la Ilustración, pero no tanto a la modernidad, pues existen varias modernidades y no todas ellas incluyen un proceso de secularización en sentido estricto, aunque sí algunos de los aspectos que José Casanova (2006:7; 2012:23) diferencia.[1] Por este motivo, la secularización está vinculada al proceso de diferenciación de esferas en la modernidad, de tal modo que la religión pierde la influencia omnímoda de que gozaba en el mundo premoderno y deja de ser el dosel sagrado (Berger) que da sentido a toda la existencia. Los hombres satisfacen su búsqueda de sentido, si la hay, mediante el recurso a criterios no puramente religiosos. Estamos hablando de una secularización en sentido débil. Dicho a modo de título: a weak Secularization.

Esta secularización débil sí sería aplicable a prácticamente todos los países o realidades, aunque siempre habría excepciones, como es el caso de algunos países musulmanes donde la religión aún conserva influencia en las decisiones públicas y en las conciencias de las personas, o en Estados Unidos, un país que ya no puede ser considerado la excepción que era en otros tiempos, pero que sigue conservando zonas de amplia influencia de la religión en las conciencias y en la vida pública. Como explican Voas y Chaves (2016), menos influencia cuanto más al norte y más cerca de la costa; más influencia en zonas rurales y menos en zonas urbanas, constatándose así el mismo proceso que en Europa hemos vivido en el último siglo. Estados Unidos no sería, por tanto, una excepción absoluta, a lo sumo, una particularidad dentro de un proceso de secularización débil que tendría momentos y lugares de una secularización fuerte, como es en Europa Occidental.

lunes, 8 de enero de 2018

La riqueza es hija de la injusticia

Hay una frase del protagonista de la película Wall Street, Godon Gekko, que se ha hecho proverbial para entender el mundo de hoy: la codicia es buena. Sin codicia, el capitalismo no sería posible, porque su base es quererlo todo y quererlo ya, ir a la máxima velocidad a la hora de acaparar recursos y riquezas. Sin codicia, las personas no buscarían más de lo que necesitan, no querrían ser como dioses, sino que se conformarían con comer de los árboles permitidos. La codicia nace de las palabras de la serpiente en el Edén, palabras que resuenan en el corazón del hombre y que le llevan a buscar más de lo que necesita y a buscarlo sin parar en las consecuencias para otros o para el Planeta. La codicia es, por tanto, la base de la desigualdad, pues unos pocos, muy pocos, utilizan todos los medios a su alcance y su poder para obtener cada vez más parte de los recursos de nuestro planeta. Esto es lo que ha puesto de relieve el World Inequality Report 2018, un informe elaborado por varios expertos mundiales en economía y otras áreas del conocimiento. En 2017 hemos llegado a las máximas cotas mundiales de desigualdad en toda la historia de la humanidad. El uno por ciento de la población acapara más de la mitad de los recursos disponibles, mientras que el diez por ciento llega al noventa por ciento de los recursos y riquezas creadas. Es más, a medida que avanzan los años, el incremento de riqueza se queda en menos manos. Dicho con otras palabras, la tasa de desigualdad crece cada año, pues de lo que se produce cada vez más riqueza va a menos personas.

Podríamos entrar en disquisiciones filosóficas sobre la desigualdad natural o la necesidad social de la desigualdad, pero aquí no estamos hablando de un rango pequeño de desigualdad que siempre será inevitable y hasta necesaria. Pensemos que en los milenios previos a la creación de los grandes imperios de la antigüedad, la desigualdad nunca superó el 1 a 3, es decir, que el que más tenía triplicaba al que menos. Con la llegada de los imperios se dispara esta proporción: 1 a 30. Pero hoy hemos llegado a la cifra de 1 a 400. De esto es de lo que hablamos cuando hablamos de desigualdad. No tiene ningún sentido que un ser humano posea él solo tanta riqueza como mil millones de sus congéneres. Ni le beneficia a él ni beneficia a los demás. Se trata pura y simplemente de codicia, nada más. Este es el problema central de la desigualdad, que es producida por un mal, un pecado, que a su vez produce otros males. La desigualdad es la estructura del modelo de producción y desarrollo del capitalismo y eso es lo que lo hace un sistema económico y social perverso y pervertido, pues no busca la satisfacción de necesidades sino la creación de riqueza para unos cuantos a costa de lo que sea necesario, sin reparar en las consecuencias. Un sistema así es malo por naturaleza y debe ser eliminado como modo social cuanto antes.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...