miércoles, 29 de agosto de 2018

La sociedad de 'descartes'

Pronto comenzará el curso y volveré a impartir la Historia de la Filosofía Moderna, una de las que imparto con más gozo, pues me permite repasar de forma periódica los pilares de este mundo en que vivimos, que sigue siendo moderno aunque sea con el prefijo que lo determina, el tan manido post. Y, además, me da un privilegio inmerecido. Puedo influir en la formación de unas mentes que están empezando a transitar por los vericuetos de la filosofía como modo de preparación a la teología, de ahí que mi docencia siempre tenga presente que la filosofía tiene una función ancilar, sea para la teología o sea para la misma vida, aplicando la máxima latina, primum vivere, deinde philosophari. O, como me gusta insistir, compartiendo la idea de Hume, la razón, en este caso la filosofía, debe estar al servicio del ser humano completo. Filosofar siempre es un momento segundo, lo primero es vivir.

En la asignatura hay un momento nuclear que es el pensador francés René Descartes. Para mí es, además, el anclaje para una crítica de la Modernidad en lo que tiene de construcción de un mundo donde el ser humano es capaz de destruirse a sí mismo y al medio que le rodea. Con Descartes tenemos el surgimiento del hombre moderno, el hombre que se construye a sí mismo y que es el creador de la otredad desde la mismidad. Hasta Descartes, el ser humano se sabe en deuda con lo otro de sí: con el mundo natural, con los otros y, principalmente, con Dios. Sabe que su ser es debido, sea un don o una deuda, pero no se lo debe a sí mismo. El ser humano previo a Descartes no puede entenderse sin lo otro. Ni Galileo ni Newton fueron capaces de salir de esa 'deuda' de todo ser humano con lo otro. Sin embargo, Descartes sí es capaz de fundar su existencia en sí mismo, sin necesidad de nada fuera de él. Es más, su existencia tiene una dimensión puramente intelectiva (Je suis une chose qui pense), la materialidad no es más que fuente de confusión. Lo sentidos le engañan, la realidad es más una ilusión, pues un genio maligno puede haber producido todo eso para que él crea que existe y sin embargo no ser real. Es decir, Dios puede haber creado una especie de ficción virtual para que tú creas que es real y que vives. Para salir de todo este marasmo solipsista, Descartes recurre a su conciencia: yo que dudo, pienso, si pienso existo. el cogito se asienta sobre el dubito. He aquí el fundamento del pensamiento cartesiano sobre sí mismo y la realidad. Las consecuencias son de tal gravedad que se extienden como un seísmo por toda la Modernidad. Hay una página magistral, que siempre leo a mis alumnos, donde Descartes saca las consecuencias de la autogeneración del cogito. Cuando ve gente pasar por la calle desde su ventana, él no sabe si son personas o no lo son. Ve capas, gorros, guantes, pero no ve personas. Solo son personas en el momento en que él hace un acto  de afirmación de su personeidad. Es decir, son personas cuando y porque él lo decide. Podrían ser autómatas, llega a decir, pues no sabe, sus sentidos le pueden engañar, el genio le puede engañar. Es solo el acto de afirmación del cogito el que crea a los otros como seres humanos. Dicho de otra manera, la otredad queda constituida desde la mismidad y no al revés, como había sido hasta Descartes y como indica el sentido común.

domingo, 5 de agosto de 2018

El nacimiento de la vida: cráteres, cianuro y luz ultravioleta; la kénosis divina.

Cráteres volcánicos, cianuro y luz ultra violeta. Estos son los tres elementos que se necesitaron para generar la vida en la Tierra primitiva. Justo todo lo contrario que hoy permitiría esa misma vida. La vida superior muere al contacto con el cianuro; la luz ultra violeta puede producir mutaciones genéticas que desvirtúan la vida; los cráteres volcánicos no son el lugar más adecuado para el desarrollo de seres vivos superiores. Sin embargo, según el estudio publicado en Investigación y Ciencia de agosto de 2018, esos elementos fueron imprescindibles para el surgimiento de la vida. Los cráteres volcánicos de hace 3.800 millones de años fueron el lugar adecuado para que la lluvia disolviera el cianuro de hidrógeno que los rayos creaban con el hierro. Esta mezcla del cianuro y del hierro, catalizados por los rayos ultravioletas, va a generar los distintos compuestos químicos que permitan la aparición del ARN en aquellos minilagos de los cráteres volcánicos. La luz ultravioleta, por tanto, será la que permita la catálisis del cianuro en azúcares que permitan la aparición del ARN, ayudados por el fosfato. Una vez que tenemos esta 'sopa primordial' ya es posible el surgimiento de la vida. Una vez creado el ARN, este pudo quedar encerrado en vesículas de ácidos grasos que tienden físicamente a generar estructuras esféricas, por su propia naturaleza. Basta con que por puro azar se creen en distintas ocasiones estas vesículas con ARN para que la vida se desarrolle, porque ya tenemos los dos elementos principales: un contenedor y un contenido capaz de la replicación; he ahí la vida en su estadio más esencial: algo capaz de replicarse. Aún falta la perdurabilidad y la evolución, pero eso llegará con el ADN en un momento posterior y casi necesario. Ya tenemos la vida en la Tierra y eso hace unos 3,8 mil millones de años. Desde ahí ya es historia, porque las leyes de la evolución hacen el resto.

Esta explicación de Jack Szostak, catedrático de genética de Harvard, es más plausible que la de Nick Lane, que expusimos aquí en 2016. Según la propuesta de Lane de que la vida surgió en las fumarolas submarinas alcalinas, se necesita que la Tierra se llene de agua, que la vida invada la Tierra y que luego se extienda a todo el planeta. La hipótesis de Szostak es más sencillla, cumpliendo con la navaja de Ockam, y permite explicar el surgimiento de la vida temprana. Una vez enfriada la Tierra, en los cráteres volcánicos se acumula lluvia con los elementos primordiales, el cianuro de hidrógeno y el hierro. Estos elementos son bombardeados por los rayos de las tormentos y la luz ultravioleta que no tiene oposición en la atmósfera al carecer de ozono. Esto permite que se combinen para que surjan todos los elementos necesarios para el surgimiento de los aminoácidos esenciales que componen el ARN. Por pura combinación se crea este elemento esencial para la vida y es cuestión de tiempo que surja el ADN. Los aminoácidos generan lípidos de forma natural. Estos lípidos, por su naturaleza, tienden a producir estructuras esféricas, encerrando dentro lo que el azar ponga a su alcance. Fácilmente podría estar a su alcance, en lugar tan delimitado, el ARN generado previamente. Una vez que se ha encerrado ARN en un contenedor lipídico tenemos la protocélula. El siguiente paso es que el ARN produzca ADN y éste permita la división de esta mórula inicial. Es cuestión de tiempo y el tiempo no era algo de lo que faltara en la Tierra primitiva. Una vez divida la célula ya no hace falta nada más. Tenemos la vida en la Tierra y la evolución hará el resto.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Trabajo, capitalismo y niños


Hace ya más de diez años que un chico chileno, estudiante de medicina, se presentó en mis clases sobre crítica de la globalización posmoderna desde la perspectiva cristiana. Recuerdo que llegó y se sentó, atendió las dos horas de clase y se marchó. La semana siguiente hizo lo mismo y así durante casi todo el curso. Cuando estaba por finalizar el curso se me presentó y me comentó que andaba buscando cómo integrar su fe en un mundo que se exponía a la injusticia y que las clases le habían servido. Entablamos una buena amistad en breves ratos de conversación y al cabo de un tiempo marchó a Alemania para trabajar con su esposa. De Alemania se marcharon a Brasil y de allí a Chile, donde hoy viven con sus tres hijos. Mantenemos un contacto esporádico, pero siempre estamos presentes. René Cea Valencia, de cuando en cuando, me envía sus reflexiones, reflexiones de un creyente en medio de un mundo extraño. Dejo aquí su última misiva. Son temas que en este espacio he tratado y con los que me identifico. Sobre todo me interesa su mirada desde la otredad de Europa, desde la otredad del mundo enriquecido, desde el "reverso del ser", como diría Moreno Villa en la línea de Dussel.

Reflexión sobre el trabajo infantil. Inspirado en la película “la Librería” de Isabel Coixet y en una zapatilla Nike.

Pienso que el trabajo humano surge como expresión de su espíritu, en el sentido que este le permite relacionarse, realizarse, ubicarse, sostenerse, concretarse como ser con y dentro de su mundo. Bajo esta perspectiva optimista y “humana” del trabajo, bien podría aceptarse que un niño incursionara en actividades laborales y que colaborara tempranamente por ejemplo en obtener los recursos para el funcionamiento de su familia.

Pero es probable que la realidad actual sea otra. El trabajo más bien aparece como una guerra contra las personas.  Cito a Santiago Alba rico:   
El capitalismo no es, como pretenden sus economistas, un régimen de intercambio generalizado sino un sistema de destrucción generalizada; consiste en una guerra ininterrumpida al mismo tiempo contra los hombres y contra las cosas. A la guerra contra los hombres la llaman trabajo, a la guerra contra las cosas la llaman mercado; y lo que llamamos convencionalmente “guerra” – con sus bombardeos, sus incendios, sus víctimas mutiladas y sus escombros- no es más que una forma rutinaria de ajustar el trabajo y el mercado”.

Es en este escenario que me surgen dos hipótesis para intentar entender el juicio que en nuestro medio recae sobre el trabajo infantil.  La primera es que la crítica al trabajo infantil aflora producto de una dignidad desafiada al extremo; si los adultos son inevitablemente víctimas de esta despiadada guerra, por favor, al menos, no ataquen a nuestros niños. La segunda es que existen intereses espurios forjando la crítica, y al levantar el juicio al trabajo infantil y condenarlo, se busca en el fondo legitimar la propuesta capitalista del trabajo, la destrucción generalizada del ser humano, formalizando una normalidad impuesta e impidiendo así su crítica profunda, tal como la espeluznante crítica al nazismo* permite hoy en día al ciudadano alemán asumir las inmigraciones africanas dentro de una normalidad multicultural que anula definitivamente la crítica a la cruda y así encubierta guerra contra las diferencias. En este contexto es tan brutal discriminar a un negro o hacer trabajar a un niño que, al juzgarlo y condenarlo, pareciera desaparecer o anular cualquier posibilidad de racismo o esclavitud.
Pienso que tal vez haya algo de las dos hipótesis. En definitiva, poco espíritu en nuestras labores. Tal como Florence Green, habrá que esmerarse en no asumir la normalidad y reclamar dignidad, para que al fin los niños puedan seguir trabajando. 


*(Pienso que el nazismo es una guerra, de cierta forma, a favor de las diferencias. El pos-nazismo posmoderno, por decirlo de alguna manera, es una guerra contra de las diferencias. Tras ver las barbaries cometidas, habrá que negar la otredad, ahora somos todos iguales; eso es la guerra contra las diferencias. De una forma u otra, el problema no son las diferencias, lo que sobra es la guerra. Tras ver las barbaries cometidas, concluimos que las diferencias existen y hay que asumirlas con respeto.) 

jueves, 26 de julio de 2018

La banalidad de la corrupción


En la era de la postverdad no es cuestión menor definir los términos de un debate, pues así evitaremos que se pretenda una resignificación que vacíe de contenido la crítica que podamos hacer[1]. Hemos definido la corrupción en otro lugar siguiendo a la Real Academia de la Lengua y a Transparencia Internacional como “el abuso de poder otorgado para obtener un beneficio privado” y “en las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores” (La corrupción no se perdona, Madrid 2017, 23). Ampliando ahora esta definición para abundar en el sentido de bien común privatizado, nos acercamos a su etimología. Si analizamos la palabra en latín es corruptio, término compuesto de un prefijo, com, asimilado a cor, que significa conjunto, global, común; una raíz, rumpere, que significa destruir, hacer saltar o romper; y un sufijo, tio, que significa acción o efecto de. Si lo unimos todo, el significado preciso es la acción de romper lo común, o, en otros términos, la corrupción es la destrucción del bien común, por supuesto, en beneficio de un lucro privado.

Como vemos, la corrupción es, en esencia, la privatización o apropiación privada o privativa de los bienes comunes, sociales, colectivos o públicos. Esta apropiación se puede llevar a cabo de muchas maneras, ya sea mediante el robo, el fraude y la estafa, o mediante el soborno o el clientelismo. Pero, la forma sistémica con que se ha llevado a cabo por el neoliberalismo en las supuestas democracias liberales nos lleva a una estructura corrupta que ha puesto los bienes comunes al servicio del lucro privado de las élites, las corporaciones y las oligarquías, destruyendo a su paso las estructuras políticas y jurídicas que permitían hablar de bien común en las democracias liberales. No es casual, como reconoce Labaqui (2003: 2) que “durante los ’90 se produjo una verdadera irrupción de la corrupción. Tanto en países en desarrollo como industrializados…”. Sin embargo, este autor no saca las consecuencias del hecho de que los noventa sean los años de implementación del neoliberalismo y achaca la corrupción al subdesarrollo de la libertad económica. Por otra parte, Sui, Feng y Chang (2017) analizan la corrupción en 107 países entre 2002 y 2013 y llegan a la conclusión de que hay una correlación, un contagio dicen ellos, de la corrupción entre países que están en la misma zona geográfica e, incluso, que tienen el mismo PIB. Esto nos dice, claramente creemos, que la corrupción depende del modelo económico aplicado. La revisión de este trabajo citado nos permite ver que los países donde se extiende la corrupción coinciden en el modelo económico y difieren en cultura, tradición y costumbres. No podemos estar de acuerdo con el magnífico texto de Warren (2005), cuando afirma que la extensión de la democracia y el control de la sociedad civil son el antídoto contra la corrupción, que, según él, sería “el mal comportamiento de la política”. No es así, la corrupción depende de las estructuras ideadas por el neoliberalismo y que ha infiltrado la democracia. No puede ser la misma democracia quien elimine la corrupción cuando ella es corrupta. Los datos de España que aporta González Sanz (2013) apunta en la misma dirección que nosotros estamos proponiendo. La corrupción aumenta en España a partir de la aplicación de las políticas neoliberales más duras, es decir, desde 1996 en adelante, cuando España genera la burbuja de la construcción que debilitará las políticas sociales y creará en la ciudadanía el humus necesario para aceptar la corrupción como una forma natural de acción política y social. Ahora bien, debemos analizar cómo llegamos a esto.

domingo, 17 de junio de 2018

La era de Aquarius

"Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia", dice San Pablo (Rom 5, 20). Donde los Estados europeos actúan con criminal indecencia, las organizaciones de la sociedad civil aportan la misericordia y justicia que nos permite seguir reconociéndonos como miembros de la humanidad. Esta nueva Italia, la del neofascismo, ha demostrado ser capaz de dejar a su suerte a 629 personas recogidas por una organización humanitaria en medio del Mediterráneo. Decidió cerrar sus puertos al barco salvador para dar una imagen de fortaleza ante los votantes que han aupado a partidos demagógicos, pues saben bien que incumplen el derecho internacional negando la asistencia a personas recogidas de un naufragio. No pueden hacerlo, pero dan la imagen de fuerza ante los débiles, que es justo lo que les aporta votos. La demagogia, que no populismo, es la estrategia de estos partidos, pues bajo mano cumplen sus obligaciones, pero vociferan exabruptos contra los emigrantes. Son los mismos que aquí en España hablan del tan manido "efecto llamada", una indecencia moral que no son capaces de sostener en privado, pero que airean en público para arañar votos entre los incautos afectos a causa tan peregrina como cerrar las fronteras al sufrimiento y al hambre, es decir, poner puertas al campo o diques al océano.

Doy gracias a estas organizaciones que se esfuerzan por sostener la humanidad de una Europa que ha perdido sus referencias morales más profundas, ancladas en la Iglesia católica y la Socialdemocracia alemana, pilares intelectuales fundadores de la Unión Europea tras la Segunda Guerra Mundial. Son las personas, no los Estados, las que toman como obligación poner en práctica los valores que han conformado este territorio con milenaria tradición y cuna de grandes culturas que aún hoy configuran nuestro mundo. Los Estados se han plegado a los intereses del capital transnacional que está en guerra contra el Planeta y contra la humanidad. Las personas debemos tomar la bandera de la civilización contra la barbarie de los intereses mezquinos de las grandes empresas y las élites globales. Por eso, estamos de enhorabuena cuando un gobierno como el actual español rompe la lógica que impera en los Estados europeos y da acogida a un grupo de seres humanos necesitados. Importa poco la motivación, importa que esa decisión ha cambiado el tablero de juego, ha forzado a Italia a aportar dos barcos para transportar y Francia ha ofrecido su colaboración para acoger personas del Aquarius, nombre con reminiscencias hippies del barco salvador.

jueves, 7 de junio de 2018

Ministro florero

Me pongo la venda antes de la herida: no tengo nada contra que haya más mujeres que hombres en el nuevo gobierno, incluso me parecería muy bien que fueran todas mujeres. Bien, aclarado esto, paso a lo que iba a decir.

Creo que la expectativa de un cambio de gobierno y de gobernanza en España ha levantado muchas expectativas entre un amplio sector de la población, especialmente aquel que se siente identificado con un visión de la sociedad denominada como "progresista" y que sus detractores califican despectivamente como "progre". Las expectativas están fundadas en el discurso que desde la oposición ha sostenido el Partido Socialista de Pedro Sánchez, quien le torció el brazo al aparato del partido y venció en unas primarias en las que la militancia optó por políticas de oposición clara al Partido Popular. Sin embargo, estas expectativas están más alimentadas por un cierto imaginario de progresía creado a su alrededor que por hechos probados y ciertos; o bien, por el hartazgo de una forma de entender el gobierno en los últimos seis años que nos ha puesto en cotas de democracia de muy baja intensidad. Entre las esperanzas que algunos sostienen por sí mismos y los deméritos de un gobierno zafio se ha creado una aureola entorno a Pedro Sánchez por la que parece el nuevo líder que va a sacar a España de una modorra democrática que se parece en exceso a regímenes pretéritos. Por eso, el cambio de gobierno ha sido muy bien acogido por un amplio sector de la población, que espera de él un giro radical a la política de libertad pública, a las políticas de igualdad, a las destinadas a combatir la desigualdad social, a las privatizaciones encubiertas, que son el magma donde se fragua la corrupción, y a las formas de gobierno autoritarias que hemos padecido.

Entre las políticas que más ánimos levantan son las referidas a las mujeres. Desde el 8 de marzo, las mujeres se han hecho definitivamente presentes en la agenda pública, hasta el punto de que una banquera se ha denominado a sí misma como feminista. El anterior gobierno ha hecho oídos sordos a las justas demandas de igualdad en el plano público y de protección ante una violencia que se ceba, como siempre, con la parte débil de la sociedad. Las mujeres son esa parte débil (no el sexo débil) porque no gestionan los conflictos mediante la violencia y porque el varón suele ejercerla como medio de obtener satisfacción para un ego que la educación y la estructura patriarcal ha convertido en patológico. Por este motivo, que el nuevo gobierno esté compuesto por más mujeres que hombres es un signo positivo para indicar a la sociedad que en cargos de responsabilidad tan bien o tan mal lo pueden hacer las mujeres como los hombres. Suelo recordar a mis colegas feministas que fue una mujer, Thatcher, la que peores políticas aplicó en relación a la igualdad y a las injusticias sociales. Que haya mujeres en un gobierno no asegura que sus políticas sean más justas o más "progresistas". De hecho, podría darse la paradoja que con muchas mujeres un gobierno tomara medidas que van contra la justicia social. Y, me temo, que eso lo vamos a ver en este gobierno, si es que dura para ello.

lunes, 21 de mayo de 2018

¿Podemos ser incoherentes?

La pregunta que lanzo es la siguiente: ¿aquellas personas que creemos en otra forma de organizar el mundo, de vivir, de entender las relaciones personales fuera del capitalismo y de su visión economicista, mercantilista, materalista y hedonista de la vida, podemos ser incoherentes, es decir, podemos hacer cosas distintas a las que manifestamos, deseamos y anhelamos? La respuesta es rotunda: debemos ser incoherentes, no nos queda otra. Pues, mientras no vivamos en una sociedad organizada para que las personas no tengan que vender su fuerza laboral, establecer relaciones de dominio o anhelar bienes innecesarios, no nos queda más remedio que vivir de forma distinta a como pensamos y manifestamos. Por poner tres ejemplos. Aunque creemos que el trabajo debe ser un medio para relacionarnos con los demás y con la naturaleza, respetando el medio natural y sabiendo que los otros son siempre fines y no solo medios, no tenemos más remedio que experimentar la cosificación de las relaciones laborales, donde las estructuras de extracción de riqueza priman sobre las relaciones personales. Aunque creemos en la necesidad humana y medioambiental de un transporte colectivo, ecológico y universal, tenemos que vivir en una sociedad que ha sido organizada para el uso de medios privados de transporte, menos eficientes, más caros y menos humanos. Aunque afirmamos la necesidad de un uso común de la propiedad que permita a todos cubrir sus necesidades de vivienda o de desarrollo personal, vivimos en una sociedad organizada sobre la base de la propiedad privada de los medios de reproducción de la vida humana.

Estos tres ejemplos sirven para todo lo demás. Lo que podemos hacer es intentar minimizar el coste personal, social y medioambiental de tener que transigir que el mundo capitalista. Por ejemplo, reduciendo el uso de las cosas que en esta sociedad son necesarias para vivir: ropa, alimento, vehículos, aparatos eléctricos, etc. Aun así, siempre habrá, y yo lo he tenido que padecer bastante, quien no se sienta satisfecho con que no dispongamos de una vivienda de lujo o de una segunda vivienda, o de que usemos los aparatos que esta sociedad impone para poder vivir en ella, como ordenadores o móviles. Siempre hay que exige más pureza, habitualmente sin aplicársela a sí mismo. La única opción que te dan suele ser irte al bosque a vivir fuera de la civilización, con lo cual consiguen lo que pretenden: que no seas un contra ejemplo. No deja de ser curioso tener que justificar ante alguien que usa coche y móvil que tú los uses. Soy muy consciente de la parte alícuota de pecado de este mundo que me toca por usar un ordenador o un móvil que tienen componentes fruto de la guerra en el Congo. Eso me debe hacer más consciente de la necesidad de la transformación social, pero no puedo dejar de utilizar esos medios dentro de los parámetros de esta sociedad. En mi caso ha sido una decisión muy dura que me llevó mucha lucha interna, pero que no me quedó más remedio que arrostrar con el pecado que implica ser cómplice del crimen de este mundo. Soy consciente de mi pecado y hago lo posible porque no se reproduzca. He estado tentado de abandonar todo e irme al bosque, como dicen algunos, vivir de la agricultura, reducir al máximo mi exposición a este mundo, salir de él. Pero, creo que soy más útil si me quedo e intento cambiarlo que si huyo y me dedico a una pureza que nunca transformará el mundo.

lunes, 16 de abril de 2018

Lo que queda de la Iglesia hoy



Les Éditions du Cerf lleva muchos años nutriendo el pensamiento cristiano y ofreciendo una teología en contacto con la tradición pero siempre novedosa, para que la teología avance en la exposición de la fe, atendiendo a los problemas que el mundo suscita a la reflexión teológica. Como editorial vinculada a los padres dominicos, tiene la pretensión de difundir el pensamiento que brota del evangelio y de predicar por todo el mundo la Palabra de Dios. Libros como este que tenemos ante nosotros son un claro ejemplo de todo esto: es un libro que profundiza en la Tradición creyente que nace en la Biblia para, desde ahí, iluminar los problemas del presente en una Iglesia que necesita de claridad ante retos cada vez más exigentes. Con el gran biblista, y experto en Antiguo Testamento, Walter Vogels, podemos arrojar luz sobre uno de los acontecimientos que más perplejidad supone entre muchos creyentes en estos momentos: el vaciamiento de las iglesias y la desafección de una buena parte de los fieles en Occidente.

El autor no se anda con paños calientes. Si bien el número de católicos y cristianos en general aumenta en el mundo, por causa de los países empobrecidos, en el mundo occidental la reducción de las personas que se dicen cristianas ha entrado en barrena. Los datos son incontestables. En Europa occidental se llaman creyentes apenas un 43% de las personas encuestadas. En Francia, por poner un claro ejemplo del proceso, se ha pasado de más de un 80% en los años ochenta a menos de un 40%. Y los estudios sobre la juventud no proporcionan datos alentadores para el futuro. Lo más probable es que en unas décadas, la manifestación de creencia en Europa sea testimonial. Ante esta situación de secularización progresiva de las sociedades occidentales, un experto como Vogels, se dirige directamente a la Biblia para buscar una respuesta. La Biblia, como siempre lo hizo, puede iluminar la comprensión del mundo en que vivimos, de hecho, la Biblia es un libro que refleja la comprensión del mundo a lo largo de la historia del pueblo hebreo y la misma Iglesia.

Vogels ve tres posibles respuestas. La primera es la de los profetas de desgracias: Esta situación no tiene remedio y solo podrá empeorar. En el otro extremo están los profetas de la gracia: la Iglesia pierde fuerza en Occidente, pero en el conjunto del mundo aumenta, tanto en África como en América y Asia. En medio de estas dos posturas extremas están los que se dicen verdaderos profetas: esta situación da la oportunidad a la Iglesia para volver a los orígenes de humildad y pequeñez, para ser el grano de trigo, la sal o la levadura. El cristianismo o la Iglesia no están en riesgo de desaparecer, como afirmarían unos, ni tampoco está en plenitud, como creen otros. La actual situación es un cambio de forma de la Iglesia que le puede permitir, paradójicamente, superar las dificultades y ser más fiel a su origen. Vogels afirma taxativamente: “me parece que esto que le pasa a la Iglesia puede ser esclarecido por el tema bíblico del ‘resto’, presente en multitud de textos” (31). La obra es la puesta en práctica de este esclarecimiento.

viernes, 16 de marzo de 2018

La revolución de Jesús. El proyecto del Reino de Dios


A una revolución estamos llamados en los difíciles tiempos que nos ha tocado vivir. Hasta hoy día han fracasado todas las revoluciones emprendidas porque se quedaban en lo meramente estructural, en lo institucional, en lo social. De esta manera, las revoluciones no eran nada más que simples cambios de posición de los actores sociales. Por eso fracasaron, pues una revolución debe ser una transformación del corazón humano a la par que de la sociedad humana.

La verdadera salvación cristiana es un encuentro entre el don de Dios, la redención, y el esfuerzo humano, la liberación. Primero el don divino y luego el trabajo humano, los dos integrados. Esta es la revolución de Jesús, su proyecto del Reino de Dios: don de Dios, primero, y esfuerzos humano después. Redención y liberación como los dos elementos nucleares del proyecto salvífico de Jesús.

Para comprender esta revolución es necesario contar a Jesús desde su proyecto vital más íntimo, el Reino de Dios, aunque no se trata de hacer un mero análisis de lo que significa este Reino, sino de mostrar las consecuencias en la vida de la gente de entonces. La consecuencia fundamental es una revolución que supone comprender a la persona de Jesús, su origen, su historia, la historia de su pueblo, el contexto social, económico y político donde va forjando su conciencia. A esto lo he llamado Los códigos de un revolucionario.

Jesús fue ajusticiado por el Imperio romano por propagar un reino distinto al del César. Los varones lo abandonaron, pero las mujeres organizaron el rito del duelo y en este rito recobraron la vida entera de Jesús.

Las mujeres están presentes tanto en la ejecución como ante la tumba vacía y son las primeras en encontrarse con el Resucitado. Ellas son las que darán inicio al nuevo proyecto del Reino de Dios tras la ejecución de Jesús.

lunes, 5 de marzo de 2018

El nacimiento del Imperio Global Posmoderno (IGP)

1933, incendio del Reichstag / 2011, destrucción de WTC
(...Continúa)
Tras la caída de Roma y su continuación en Bizancio hasta 1453, no tenemos propiamente un nuevo imperio. Solo la pérdida del poder de Bizancio podrá abrir el camino a nuevos imperios. Son los imperios modernos porque surgen en un nuevo tiempo. Mientras existió la sociedad estamental se hizo imposible el nacimiento de una nueva realidad imperial en Europa, pues la realidad imperial tiene su fundamento en un tipo de burocracia funcionarial que sostiene la patrimonialización del Imperio. Cuando surgen las ciudades y una nueva clase social en ellas es cuando puede nacer de nuevo la realidad imperial en Europa. España, Holanda y Gran Bretaña serán los jalones más representativos de este proceso. Estos imperios modernos, de forma progresiva, se van a constituir mediante estructuras económicas capitalistas que culminarán con el advenimiento de la Reforma como espíritu del capitalismo, según la feliz expresión de Weber.

La realidad imperial moderna europea será fragmentada en diversos imperios que pugnarán por la supremacía y que se irán sucediendo a lo largo de los cinco siglos que median entre el nacimiento de la modernidad y su transformación posmoderna. El culmen lo encontramos en el Imperio estadounidense en el siglo XX, que recoge todos los elementos de los imperios modernos y será el que dé asiento al Imperio Global Posmoderno actual. Como cabeza de la nueva Bestia, EE.UU representa todos los elementos de madurez de la modernidad[1] que dan paso a la posmodernidad y permiten hablar de una nueva realidad imperial, posmoderna y global. El primero de los elementos es el cultural. El posmodernismo, en arquitectura primero y en arte en general, supone un proceso de maduración crítica del modernismo, una cierta vuelta a la medida humana y un giro hacia la naturaleza. Antes incluso que las dos guerras mundiales, el posmodernismo ya avanzaba esta crítica que luego sería tematizada por el pensamiento crítico de la Escuela de Frankfurt y por la posmodernidad filosófica de raigambre francesa que se asienta en EE.UU como crítica literaria.

El segundo elemento de madurez será el proceso de secularización débil que podemos ver en EE.UU. Como bien lo han constatado Voas y Chaves (2016: 1548), el declive de la religión en Estados Unidos es constante desde comienzos del siglo XX, aunque mucho más lento que en el resto de países occidentales. Confirman Voas y Chaves un dato empírico irrebatible: las nuevas generaciones, de forma paulatina y progresiva, se van alejando de las prácticas religiosas. Esto vendría a rebatir la tesis del excepcionalismo americano, por el cual en EE.UU se viviría un proceso de desecularización. La diferencia, que podemos inferir, es que en EE.UU, por ser la cabeza del nuevo Imperio, se hace necesaria una experiencia religiosa que dé fundamento a la realidad imperial, de ahí que el proceso secularizador sea más lento, danto lugar a la aparición de una religión de sustitución. Esta sería la religión civil que tanta fuerza tiene en EE.UU y que tan bien ha estudiado Sánchez Bayón (2016). La religión civil americana es el sustento de la nueva realidad imperial, pero esta religión tiene las características propias de una religión de legitimación del poder.
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