miércoles, 1 de diciembre de 2021

Muerte antes de Navidad

 


Ha sido en Barcelona, el día de San Andrés, hermano de San Pedro, primeros discípulos de Jesús, de quien celebramos su nacimiento en Navidad. Según la información que aportan los medios, una familia al completo ha fallecido en el incendio de su "vivienda", una oficina bancaria abandonada que era usada por hasta ocho personas como vivienda habitual. El incendio se producía muy temprano, por la mañana, cuando aún dormían, probablemente por algún aparato utilizado para calentar la precaria vivienda y así evitar que el frío intenso de la noche helara el corazón de un bebé de cuatro meses, su hermano de cuatro años y sus padres, una pareja inmigrante con estancia "irregular" en nuestro país. Por este motivo, por ser irregulares, no tenían derecho a una vivienda digna que protegiera a sus hijos de las inclemencias de una sociedad deslumbrada por las infinitas luces navideñas que conducen a sus habitantes por el sinuoso camino del consumo irracional navideño.

La falta de papeles que les impedía el acceso al derecho a protegerse del frío y de la indiferencia es el medio del que se ha dotado el sistema social para evitar ese eufemismo que llaman "efecto llamada", porque si les diéramos papeles y por tanto derechos como humanos que son, entonces, malician los serviles próceres de nuestra patria, todo ser humano con necesidad imperiosa vendría aquí, a vivir entre nosotros. Y eso, como todos sabemos, no es posible. Así es que, ante una pareja de emigrantes con un niño por venir o en brazos, cerramos la posada de nuestros corazones y solo les permitimos vivir en un mísero portal de un banco abandonado, con otros como ellos para obtener algo del calor humano que la sociedad les niega.

Esta familia emigrante, abandonada por la ley y perseguida por el derecho legítimo al lucro del capital inmobiliario, sí tuvo la solidaridad de algunos pastorcillos sociales que se desviven por acoger con la dignidad que sus fuerzas permiten a quienes nada tienen y todo se les niega. Gracias a estos pastorcillos el bebé tuvo algunos pañales, su hermano comió caliente algunos días y sus padres pudieron enjugar las lágrimas durante algún tiempo, conservando la fe en una común humanidad que el sistema como tal niega tozudamente. La ley, nuestra ley, los empuja a la muerte, mientras la sociedad entera lamenta que "se vean obligados por las mafias a venir aquí". Siempre encontramos excusas para legitimar un desorden social que protege el privilegio de unos a poseer cuanto su vanidad y el orden económico les permitan mientras despoja a otros de su derecho inalienable a la vida. Un "desorden" tal amerita cuantos esfuerzos sean menester para su transformación, de modo que nadie acumule el pan, las casas o las tierras que a otros faltan para su supervivencia, en la línea de aquel niño que, nacido en Belén, sin cobijo en la posada, alcanzó a anunciar la Buena Nueva: "Dichos los pobres...Ay de vosotros los ricos".

En aquel portal de una sucursal bancaria abandonada en Barcelona, los pastorcillos sociales han visto el vivo Portal de Belén, y fueron a adorarlo con su vida y su compromiso. Pero la fulgurante luz que una mañana de finales de noviembre vieron, no fue la estrella que guio a los Magos de Oriente, sino el incendio traicionero que se los llevó a ese otro mundo al que, según Jesús de Nazaret, solo acceden los pobres, humildes y perseguidos. Aún quedan, por desgracia, muchos portales con familias sagradas que están esperando nuestra adoración, nuestro compromiso, nuestra conversión. La Navidad no está en los cantos de sirena de las luces navideñas; la Navidad está en la belleza del amor y la solidaridad con cada familia que sufre la expulsión de nuestras posadas y la condena de nuestra ley.

martes, 30 de noviembre de 2021

Toda carne verá la salvación


 Evangelio del 2º domingo de Adviento. Ciclo C. 5-12-2021.


En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tretarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:

«Voz del que grita en el desierto: / Preparad el camino del Señor, / allanad sus senderos; / los valles serán rellenados, / los montes y colinas serán rebajados; / lo torcido será enderezado, / lo escabroso será camino llano. / Y toda carne verá la salvación de Dios».                                                                                                                                                                                                                             Lucas 3, 1-6

 Toda realidad, verdaderamente humana, está enraizada en una tradición que le da soporte y cuenta con unas circunstancias que la explican. La salvación cristiana, como realidad humana dependiente de la figura de Jesús de Nazaret, también tiene unas circunstancias que la explican y una tradición que la soporta. Según el relato del Evangelio de Lucas, Jesús tiene un precursor, Juan el Bautista, una tradición, los profetas de Israel, y unas circunstancias históricas en las que vivió y que explican en parte el hecho. Nos cuenta Lucas que el comienzo de todo fue en el año decimoquinto del emperador Tiberio, es decir, sobre el año 29 de la era actual. Además precisa los gobernantes que pudieron influir: Poncio Pilato como gobernador de Judea, Herodes Antipas tetrarca de Galilea y su hermano Felipe tetrarca de las regiones limítrofes. Asimismo, Anás y Caifás eran los sumos sacerdotes, aunque solo Caifás podía serlo, nombrar a su suegro como sumo sacerdote indica su influencia. Con estos datos es muy sencillo situar la vida pública de Jesús para cualquiera que en aquellos días leyera a Lucas o cualquier historiador actual.

Esas son las circunstancias históricas, pero hace falta conocer la tradición y esta no es otra que la tradición profética de Israel, que cuenta con grandes figuras como la citada de Isaías. Esta tradición profética clama contra la injusticia cometida por los poderosos contra los pobres y humildes. Da igual que los poderosos sean del propio pueblo de Israel, como el caso de los profetas Amós y Oseás, o que sean opresores externos como el tercer Isaías o Ezequiel. La cuestión es que Lucas pone a Jesús justo en esa tradición de crítica ante la opresión y de propuesta de una salvación que Dios va a propiciar, una salvación que incluye una transformación de la realidad social e incluso natural: los valles serán rellenados; los montes y las colinas rebajados. Se trata de una metáfora, claro está, pero que tiene que ver con la realidad natural. Cuando Dios intervenga, todo se nivelará, de modo que ya no habrá opresores y oprimidos. Esta es la voz que clama en el desierto según Isaías y que Lucas atribuye al precursor, Juan el Bautista.

Juan, que se ha ganado fama de profeta por llevar una vida ascética y por realizar una crítica directa al poder, motivo por el que será ejecutado por Herodes Antipas, realiza un discurso duro contra las componendas de los jefes del pueblo que pretenden vivir de la injusticia. Llama a una conversión radical que se debe expresar en un bautismo en el Jordán que simbolice una nueva entrada en la tierra prometida. Se trata de una acción simbólica. El pueblo abandona Jerusalén, se marcha al desierto, se arrepiente y vuelve a cruzar al Jordán para crear un nuevo pueblo de Dios que viva según la justicia. Este discurso implica un aviso exigente: «el hacha está tocando la base del árbol, el que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego». Pero, en la época de Jesús, este discurso era «una voz que clama en el desierto». El poder la puede controlar. Desde el desierto poco se puede hacer para derribar a los poderosos de sus tronos. El discurso de Jesús será diferente.

En la línea del Bautista, Jesús hará una propuesta de conversión, pero sin amenazas: «el Reino de Dios se acerca, transformad vuestra mente y creed en la Buena Noticia», este será su mensaje. La Buena noticia es que Dios está de parte de los oprimidos, de los pobres y humildes. Esto debe ser suficiente para que el pueblo entero se transforme y comience a vivir según la justicia. No se trata de amenazar, sino de invitar a una vida plena, pero esta invitación implicará una amenaza más potente que la de Juan para los poderosos de Jerusalén: Anás y Caifás, pero también Pilato, y hasta Tiberio, porque «toda carne verá la salvación».

 

 

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Un reino para otro mundo posible

 


Evangelio del 34º domingo del tiempo ordinario. Ciclo B. 21-11-2021.

 

En aquel tiempo dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»

Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»

Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»

Jesús le contestó: «Mi reino no es como los de este mundo. Si mi reino fuera como los de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»

Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»

Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

                                                                                                                                                       

                                                                                                                                                        Juan 18, 33b-37

 Hay un supuesto diálogo entre Jesús y Pilato en la residencia del prefecto romano en la que Jesús es interrogado acerca de su pretensión regia. Se trata de un diálogo al que difícilmente tendrían acceso los discípulos de Jesús y que, por tanto, hemos de dar por creación literaria de la comunidad, probablemente con conocimiento de los que sí estuvieron allí, quienes lo acusaron ante Pilato. Por eso, hemos de intentar reconstruir el episodio para comprender qué significa.

Los jefes de los judíos, los sacerdotes y saduceos, quieren deshacerse de Jesús porque ha puesto en cuestión el orden social establecido con el Templo de Jerusalén como estructura de gobierno que está al servicio de los poderosos y de la dominación romana. Los ataques de Jesús contra este orden lo ponen en el punto de mira del poder judío. Mediante una delación consiguen saber dónde dormirá esa noche y lo prenden. Al no poder acusarlo por algún delito por el que poder aplicarle la pena de muerte, lo envían al prefecto bajo la acusación de lesa majestad al imperio: se ha declarado rey, dicen, y eso implica subvertir el orden romano en el que el único rey es el César. Pilato pretende aclarar este punto, según el relato, e interroga a Jesús. Jesús no niega ser rey, pero establece una caución: su reino no es como los reinos de este mundo. En los reinos de este mundo, los reyes tienen ejércitos que oprimen al pueblo y defienden al rey. Si su reino fuera así, él tendría un ejército que lo defendería. No, su reino es de otro modo. Es un reino, efectivamente, pues pretende organizar la vida de las personas de una manera concreta, la manera de Dios: justicia, amor y misericordia. Se trata de un reino donde de los pobres, «dichosos vosotros los pobres», viven en fraternidad y donde los ricos son despedidos vacíos, hasta que se conviertan, compartan sus bienes y se hagan pobres como sus hermanos. Se trata del proyecto vital de Jesús desde que abandonó al Bautista y comenzó su camino como predicador de la Buena Noticia de parte de Dios para los pobres.

Jesús se declara rey, sí, pero de un modo muy distinto a como son los reyes de este mundo. Sin embargo, el reino de este mundo, en este caso el Imperio romano, no puede aceptar que haya una manera alternativa de vivir para los seres humanos y se toma muy en serio la amenaza, aunque no tenga legiones que la ejecuten, por eso condena a muerte a Jesús. Y a una muerte ignominiosa, la mors agravata, que se aplica a los subversivos políticos. Jesús lo sabía muy bien porque, como dice el Evangelio de Juan, «para eso he venido». Su proyecto vital, su misión, es que el mundo se parezca al cielo, es traer el cielo a la tierra. Se trata de un proyecto hermoso y poderoso, pero de un proyecto que encuentra oposición en todos los que se benefician de un estado de cosas que les permite oprimir y enriquecerse. El proyecto de Dios, el mundo celestial, está resumido en las bienaventuranzas que Jesús propone como su programa político: dichosos los pobres, los que lloran, los hambrientos y los perseguidos. Y en su contraparte: ay de vosotros los ricos, los que reís y los satisfechos.

El Reino de Dios, por ser esa realidad alternativa de un mundo posible, es atacado constantemente por el reino de este mundo. Sus valedores son perseguidos y proscritos y su propuesta denostada y maldita. Sin embargo, desde los tiempos de Jesús, una manera tal de organizar la vida de los seres humanos es la única alternativa realista en un mundo que cada vez se acerca más a sus límites biofísicos y existenciales. Los que seguimos a Jesús, creemos que ese otro mundo es posible y lo seguimos llamando Reino de Dios.

martes, 9 de noviembre de 2021

Una Iglesia Nueva


Evangelio del 33º domingo del tiempo ordinario. Ciclo B. 14-11-2021.

  

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»

                                                                                                                                                      

                                                                                                                                                        Marcos 13, 24-32

 

El capítulo 13 del evangelio de Marcos contiene uno de los dos apocalipsis de todo el Nuevo Testamento. De todos es conocido el famoso libro del Apocalipsis; tan conocido como mal entendido. Al contrario de lo que cree la mayoría, en ese libro escrito bajo la persecución de Diocleciano en Asia Menor hacia el año 95 de nuestra era, se pretende dar esperanza a una comunidad que está viviendo el asesinato cruel de sus miembros, perseguidos por seguir a Cristo y no ceder ante el culto al emperador. Es un libro de imágenes poderosas que pretende sostener a los que se saben en peligro ante las fuerzas del Imperio representadas como demonios poderosos, bestias de muchas cabezas y peligrosas fuerzas inhumanas. En este texto, el Imperio romano es la Bestia de siete cabezas y diez cuernos, es la Babilonia sangrienta que persigue a quienes no se someten, pues todo imperio se sostiene sobre la sumisión de los súbditos, sobre el terror producido, sobre la muerte extendida. Aquellas comunidades, tan pequeñas, pero tan valientes, representaban un peligro amplio para un imperio que no puede resistir ante quienes no temen a la muerte, pues la muerte producida por ser fiel a la justicia y la verdad es una muerte redentora. Los que han lavado sus vestiduras en la sangra del cordero, como dice el libro, esos vivirán para siempre. Las iglesias son el lugar donde se vive esta esperanza de un mundo nuevo. Como se afirma al final del libro del Apocalipsis: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva».

Pues, el segundo «apocalipsis» de todo el Nuevo Testamento se encuentra en el capítulo 13 de Marcos. Es un texto breve, en el que Jesús anuncia la destrucción del Templo de Jerusalén. Se trata en realidad de vaticinium ex eventum, pues está escrito en el año 70, justo después de que sucediera. El autor del Evangelio, ante la imagen de destrucción producida por las tropas romanas en Jerusalén, pone en boca de Jesús el vaticinio de esa destrucción. Pero, añade además una esperanza, pues es el signo de que la salvación está cerca. El autor del Evangelio, como el autor del Apocalipsis, pretende infundir esperanza a su comunidad: «Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán». La comunidad marcana se encuentra en un momento complicado, en el que se ha separado del judaísmo y se abre toda la historia para ella. Debe construir un mundo nuevo y eso genera tensiones y dudas.

En los tiempos actuales, la Iglesia está ante un cambio de época que lleva a muchos a buscar seguridad en el pasado. Pero el pasado no puede darnos el futuro. Esos tales buscan a Dios donde no se encuentra, pues Dios siempre viene del futuro. Probablemente sea necesaria la destrucción de cuanto consideramos propio de la Iglesia para poder ver una Iglesia Nueva, como el visionario de Patmos vio un cielo y tierra nuevos.

 

El clericato como Anticristo

 


Evangelio del 32º domingo del tiempo ordinario. Ciclo B. 07-11-2021.

 

En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»

Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales.

Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

                                                                                                                                                       Marcos 12, 38-44

Son varios los pasajes en los que los evangelios presentan a Jesús discutiendo con los escribas, es decir, con quienes tienen el control de la religión al poseer el poder de acceder a lo escrito, al Libro y las leyes. Son presentados habitualmente como engreídos y orgullosos; amantes de la buena vida y de que los reconozcan en público. Visten vistosos ropajes y ocupan los primeros puestos en los lugares de reunión, buscando banquetear a costa de los más sencillos, pues con pretexto de largos rezos devoran los bienes de las viudas. Contra este tipo de personajes previene Jesús, sin embargo, no parece que en la Iglesia haya cundido esta advertencia, pues hemos visto a lo largo de la historia, y por desgracia seguimos viendo, a este tipo de medradores. Son incapaces de ganarse la vida de otra forma distinta al saqueo constante de los bienes ajenos y lo único que ofrecen son «largos rezos». Se trata de la patología de toda religión: la creación de un orden sagrado de personas segregado del resto. Lo podemos llamar clericato.

El clericato no aporta nada específico al orden social. Sus miembros son extraídos entre los más dóciles al orden establecido y formados para dirigir los grupos o comunidades como verdaderos autócratas. De esta forma, según ascienden en el orden clerical, van aprendiendo cómo se ejerce el poder y para qué. En lugar de utilizar su saber y su trabajo para el servicio a los pobres y oprimidos, se dedican a legitimar la estructura de opresión. En esto Jesús fue muy claro, pues su discurso contra el Templo de Jerusalén incluye a quienes se benefician del mismo, convirtiendo la casa de oración en cueva de ladrones. Los sacerdotes, los escribas y los ancianos han tergiversado la voluntad divina y han torcido las palabras de la Escritura, interpretándolas según su propio interés. Frente a todos ellos está la viuda que sigue creyendo en las estructuras de salvación y por eso va al Templo y hecha en el arca de las ofrendas unos cuartos, todo lo que tenía, para su mantenimiento. Esto da lugar a Jesús para establecer la comparación entre esta viuda y los escribas y sacerdotes. Aquellos dan de lo que les sobra, pero esta viuda ha dado cuanto tiene para vivir. Mientras el clericato se aprovecha de las estructuras creadas para la liberación del pueblo, el pueblo sigue sosteniéndolo como si fueran parte de esa salvación.

El clericato ha convertido al cristianismo en una religión al servicio de la muerte, no al servicio de Dios. En estos tiempos en los que un Papa se ha atrevido a meterlos en vereda, se revuelven como posesos impregnados en agua bendita. Temen perder el sentido de su existencia si se adaptan al evangelio. Son peor que sepulcros blanqueados que pueden hacer caer a los fieles en la tumba del ritualismo estéril; son el verdadero Anticristo del final de los tiempos. ¡Qué bien los conocía Jesús!, pero nada pudo hacer para evitar que el instrumento universal de salvación que es la Iglesia se convirtiera en cueva de bandidos. ¿Será el ejemplo de muchas viudas el que salve a la Iglesia?, o ¿será una decisión firme por parte de quien puede hacerlo el que, amputando el miembro que causa escándalo, lo haga? El tiempo lo dirá.

jueves, 28 de octubre de 2021

Ama y haz lo que quieras

 


Evangelio del 31º domingo del tiempo ordinario. Ciclo B. 31-10-2021.

 En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»

Respondió Jesús: «El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser." El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que éstos.»

El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

                                                                                                                                                       Marcos 12, 28b-34

 

La pregunta clave que hemos de hacernos en nuestra vida es «¿Qué es aquello que da sentido y convierte cualquier otra cosa en secundaria?» Se trata de una reformulación de la pregunta que el versado en leyes hace a Jesús: «¿Cuál es el primer mandamiento?». Se trata de un planteamiento que debe ser entendido a la luz de la dinámica que el judaísmo de la época de Jesús vivía sobre el cumplimiento de la ley de Dios y el castigo asociado a su incumplimiento. Era un lugar común para muchos judíos afirmar que la situación de postración ante los distintos imperios que les había sometido, en esa misma época era Roma, se debía al castigo derivado del incumplimiento de la ley. Dios utilizaba a las potencias extranjeras para castigar el incumplimiento de su ley. Esta fue la interpretación de los redactores de la Biblia en el Exilio en Babilonia y tras la vuelta a Israel entre los siglos VI y IV antes de Cristo. Por los muchos incumplimientos, Dios había permitido que Nabucodonosor hiciera prisionero al pueblo y destruyera su Templo, aquel que supuestamente les había mandado construir. Por sus rebeliones ante Dios, ahora debían pagar. Este mismo esquema de pensamiento se extiende hasta la dominación romana. Muchos escribas y fariseos interpretan que solo el cumplimiento estricto y exacto de la ley divina les otorgará el favor de Dios y les liberará de la opresión.

La pregunta dirigida a Jesús va por este camino. Puesto que hay muchos preceptos, cuál de ellos es el principal, y por tanto, cuáles serían secundarios. La respuesta de Jesús, viendo que aquello tenían una aviesa intención, es recurrir al origen de las normas: el amor a Dios sobre todas las cosas. Pero, Jesús añade el amor al prójimo como precepto vinculado al primero. De tal modo que no habría amor a Dios sin amor al prójimo, pues en este último se sustancia aquél. Siendo preguntado Jesús por el mandamiento mayor, muestra que hay dos mandamientos superiores, no uno, porque en el fondo es un solo mandamiento. Es imposible amar a Dios si no se ama al prójimo. Todo lo demás es secundario, todo lo demás está en relación a estos dos mandamientos. Por eso, el jurista saca la consecuencia y muestra la hipocresía de su pregunta: «Muy bien, Maestro, tienes razón en lo que dices…». Deja claro que aquello era una trampa para ver si Jesús se dejaba enredar en las cuestiones disputadas entre los judíos. Jesús no se deja enredar porque va a la esencia de la fe. En esa esencia no caben ni lo sacrificios ni los holocaustos. Todo eso no vale nada en comparación con el amor a Dios y al prójimo. Y así lo reconoce el jurista. Jesús se da cuenta de que si eso es reconocido, el Reino de Dios está cerca, pues el Reino no se construye con misas ni con ritos; no se construye con fórmulas litúrgicas ni con precisos rituales. El Reino de Dios se construye con el amor que es capaz de cambiar de forma radical el mundo. Se trata de un amor radical que solo se centra en lo esencial, en la clave para entender las relaciones entre Dios, el ser humano y la realidad. El amor, entendido como fuerza transformadora, es el que realmente libera, no el cumplimiento de normas y preceptos.

Si nos dedicamos a cumplir preceptos, nos perderemos lo más importante de la vida: vivir. El precepto mata. Ama y haz lo que quieras.

 

jueves, 21 de octubre de 2021

Sobre la ceguera


Evangelio del 30º domingo del tiempo ordinario. Ciclo B. 24-10-2021.

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.» Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

                                                                                                                                                         Marcos 10, 46-52

 

Dice el dicho popular que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Los discípulos cercanos a Jesús no son capaces de ver que solo mediante la asunción del sufrimiento por los pobres se alcanza la verdadera gloria (Pedro); que solo mediante el servicio a los demás se ejerce el único poder que libera (todos los discípulos); y que solo mediante la renuncia a las estructuras de poder la Iglesia será fiel al Reino de Dios (Juan y Santiago). Pues bien, un ciego físico, sentado en el camino que sube a Jerusalén, es capaz de ver que Jesús es el Mesías, el que trae la verdadera salvación a la humanidad mediante su compromiso con los pobres y oprimidos y mediante la liberación de las ataduras físicas y psicológicas que los atrapan. Por eso, Jesús, cura a los enfermos, pues es el medio de sanar el mal social. La mayoría de enfermos lo son por las carencias que deben padecer debido a la miseria en la que son obligados a vivir. Los ciegos lo son en buena medida por falta de vitamina A; los sordos por otitis mal curadas; los cojos están relacionados con carencias de nutrientes en la infancia y los leprosos por falta de higiene. Todas estas enfermedades no son sino muestras del mal social que Jesús quiere sanar con su acción y compromiso. Esto es lo que el ciego ha visto en Jesús, por eso grita a su paso, aunque le reprochen su insistencia. El ciego ha visto lo que los demás no pueden ver, pues tienen los ojos llenos de su propia ideología. Solo el que vacía su visión de ideología puede ver la realidad que está ante él.

Jesús se acerca al ciego y le interroga. Es evidente lo que puede querer el ciego, pero Jesús quiere que lo verbalice, que manifieste su necesidad y su deseo. El ciego quiere ver físicamente para entonces poder seguir a Jesús en su camino hacia Jerusalén, que es el camino hacia la plenitud de una misión. Jesús es el verdadero hijo de David, el que liberará de verdad al pueblo. Es esta fe la que, según Jesús, lo cura. «Tu fe te ha curado» es la expresión de que la sanación no viene de fuera, sino que está dentro de uno mismo. Una sanación impuesta desde fuera dejaría al sanado a merced del sanador, en dependencia suya, necesitado constantemente de sus artes curanderas. Jesús no actúa como un curandero, sino que libera la potencia sanadora que habita al ser humano y la sociedad. La fe en la liberación de la humanidad es la que nos sanará de nuestros males y nos permitirá «ver» la realidad tal cual es. Con esos nuevos ojos podremos ver el nuevo mundo que podemos construir más allá de mezquindades e ideologías.

El Papa Francisco, en su discurso en el IV Encuentro de los Movimientos populares, les ha llamado «poetas sociales». Los Movimientos populares son como el ciego Bartimeo, en el camino que sube a Jerusalén. Han visto la liberación de Jesús, pero están necesitados de que la sociedad sea sanada para poder vivir en plenitud. De ahí el compromiso por un mundo de justicia, amor y misericordia; de ahí la lucha constante por transformar la sociedad en el seguimiento de Jesús; de ahí la asunción de la cruz que amenaza constantemente en ese camino. Cualquiera que pretenda sanar la sociedad debe asumir que le espera la cruz y, por tanto, el fracaso. Ahora bien, se trata de un fracaso luminoso, pues marca el camino a quienes vienen detrás, como hizo Jesús. Su cruz es el faro que determina la dirección a seguir, pues es la asunción de toda la violencia que el sistema establecido ejercerá contra quienes pretendan sanar la sociedad. La verdadera y única ceguera es la de quienes no quieren ver ese mundo posible a nuestro alcance.

 

jueves, 14 de octubre de 2021

No sea así entre vosotros

 


Evangelio del 29º domingo del tiempo ordinario. Ciclo B. 17-10-2021.


En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.» Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»

Contestaron: «Lo somos.» Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».                                                                                                                                                                         

                                                                                                                                                         Marcos 10, 35-45

 

 La tentación del poder es demasiado fuerte para todos cuantos se proponen un cambio social, una revolución. Todas las revoluciones modernas tenían por objetivo la toma del poder político con el fin de transformar radicalmente la sociedad, en el entendido de que el poder político es el poder sin más. Como han podido comprobar todos los revolucionarios, no basta con el poder político para transformar la sociedad; hace falta más, mucho más. El siglo XX está lleno de buenos propósitos revolucionarios que han concluido en masacres, gulags o progromos de distinto tipo. El poder obnubila la mente y nos hace menos humanos, por eso, la revolución de Jesús de Nazaret, rehúye la toma del poder. Su frase a los hijos de Zebedeo, a Juan y Santiago, es clara: «no sea sí entre vosotros». Es como si Jesús comprendiera las consecuencias de la toma del poder con absoluta nitidez. En la propia historia de su pueblo tuvo el mejor ejemplo del mal que esto acarrea: la época de los Asmoneos, que supuso una vacuna social para cualquier intento de construir un reino político judío puro. Aquello acabó en luchas intestinas, crímenes, robos y desorden social, que llevaron a no poder resistir la invasión romana. Tras la caída de los Asmoneos, los romanos impusieron a Herodes el Grande, que gobernó despóticamente y trajo mucho sufrimiento. Todo esto era bien recordado por el pueblo y Jesús propone algo distinto a la toma del poder, porque «los jefes de los pueblos los tiranizan y oprimen».

El episodio de los Zebedeos sucede en el camino que sube a Jerusalén. Ya hemos visto en varios episodios previos, cómo los discípulos no entienden nada. Pedro intenta evitar el mensaje de sufrimiento que acarrea el compromiso de Jesús, y éste le espeta: «aparta de mí satanás»; los Doce se pelean después por los primeros puestos, y Jesús les muestra el camino del servicio; ahora son dos de los más próximos a Jesús, los Boanergés (Hijos del trueno), impulsivos y celosos del Reino que quieren construir, los que vienen a solicitar, antes de entrar en la Ciudad sagrada para «tomarla», que les conceda los primeros puestos, sentarse a su derecha e izquierda. Es la tercera vez que este grupo tan cercano a Jesús muestra su incomprensión de lo que debe suceder. Jesús insiste en anunciar su muerte en cruz como consecuencia necesaria del compromiso por el Reino, pero ellos siguen sin entender. Jesús sigue su camino, dando la vista a los ciegos y abriendo los oídos de los sordos, mientras sus discípulos tienen ojos y no ven y oídos y no escuchan.

En lugar de tomar el poder, Jesús construye grupos y comunidades vinculados por la justicia y la misericordia; se enfrenta a los poderosos para mostrar lo contrario que es ese proyecto con el Reino de Dios; organiza a las comunidades de seguidores para que formen nuevas familias que vivan la plenitud del Reino como solidaridad, servicio y entrega mutua. Todo esto lo hace Jesús teniendo presente la debilidad de los integrantes, sobre todo los varones, de sus grupos. Pero, sus palabras, «no sea así entre vosotros», resuenan en toda la Iglesia de todos los tiempos. La Iglesia no puede funcionar como los jefes de las naciones, que los tiranizan y oprimen. Demasiado tiempo han pensado los jefes de la Iglesia que poseían un coto privado para el ejercicio del poder. Las palabras de Jesús debían haber resonado en sus oídos cada vez que ejercían la opresión como tiranos. La Iglesia debe ser la prueba de que otra revolución es posible, otra manera de cambiar el mundo está a nuestro alcance, pero solo asumiendo el camino que inexorablemente conduce a la cruz.

jueves, 7 de octubre de 2021

El camello y la aguja

 


Evangelio del 28º domingo del tiempo ordinario. Ciclo B. 10-10-2021.


En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»

Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.»

Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»

Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.»

A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!»

Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»

Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?»

Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.»

Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»

Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»                                                                                                                                                                        

                                                                                                                                                         Marcos 10, 17-30

¡Qué difícil es a los ricos entrar en el Reino de Dios! Esta es una de las expresiones que más exégesis ha tenido de todas las de Jesús, porque generalmente son los ricos quienes se han sentido interpelados, o bien, los sirvientes de los ricos, y han buscado fórmulas para atenuar el dicho. La primera es espiritualizarlo: cuando el evangelio habla de pobres o ricos utilizaría categorías morales o espirituales, no socioeconómicas como es el caso. Los pobres lo son en su corazón y los ricos lo serían en tanto que soberbios, pero no porque acumulen muchos bienes. Se trata de casi una obsesión por parte de muchos intérpretes que no pueden aceptar el hecho de que Dios, por medio de Jesús, exprese una preferencia radical por los pobres y un rechazo sistemático a los ricos, no en cuanto personas individuales, sino como grupo organizado, como estructura social. Pero, también han intentado otra estrategia: ampliar la aguja o reducir el camello. Así, se ha llegado a exponer la peregrina idea de que la aguja era el nombre de un puente de Jerusalén. O que era una aguja de coser redes, bastante más grande, y el camello un pescado pequeñito.  Nada de eso, en Jesús estamos antes una visión dialéctica de la realidad. En el mundo que conocemos hay ricos y pobres y Jesús deja claro que su propuesta va dirigida a los pobres y se hace casi imposible para los ricos, porque si hay pobres es porque hay ricos y viceversa.

Cuando se le acerca el joven rico y le pregunta por lo que ha de hacer para heredar vida eterna, la respuesta primera de Jesús es plantear la lista de mandamientos que tienen que ver, precisamente, con aquello a lo que los ricos están más expuestos: matar, robar, estafar, dar falso testimonio y honrar a los padres. Curiosamente, Jesús ha obviado la otra lista que seguro que cumplía el joven: amar al Señor, santificar las fiestas, etc. No es baladí este dato. Al rico le pide Jesús que no ejerza aquello que le ha hecho rico: el robo, la estafa o el asesinato. Sin embargo, viendo que era un joven dócil, lo eleva a otro nivel, porque el joven ya decía cumplir todo aquello, lo cual es imposible; si lo cumpliera no sería rico. Pero, Jesús va un paso más allá: «vende lo que tienes, dáselo a los pobres y sígueme». Ahora se trata de una conversión plena. Debe abandonar las riquezas, obtenidas mediante el crimen siempre, repartirlas entre sus legítimos propietarios y seguir a Jesús en una vida plena de carencias, pero rica en sí misma y culminada con la Vida eterna que el joven anhela.

El joven se quedó muy triste. Tenía muchas posesiones. Jesús constata la dificultad que para los ricos supone el abandono de su posición social, un abandono que es imprescindible para construir un mundo donde no haya injusticia, siempre fruto de la codicia y la soberbia. Los ricos, como conjunto, deben compartir su riqueza y abandonar su posición de dominio. En el Reino no caben esas actitudes, pues la fraternidad es la clave de comprensión. De ahí que Jesús siga instruyendo a sus discípulos sobre el tema, explicando que es muy difícil que los ricos dejen de serlo, pero lo que no es posible para los hombres lo es para Dios. Entre el grupo de Jesús hay algunos que han renunciado a las riquezas, a casas y familia y ya están recibiendo el ciento por uno, porque quienes comparten lo que tienen acaban poseyendo más, lo poseen todo, se hacen los dueños universales. Nada tienen y lo poseen todo.

Para Jesús está claro que se trata de construir una nueva familia, una familia donde los vínculos no están determinados por la sangre, sino por el amor y la misericordia. En esta familia, la riqueza es fruto de compartir aquello que se tiene y se es, por eso, quienes se suman a ella abandonando casas y tierras, padre y madre o hermanos y hermanas, reciben ya ahora el ciento por uno y, más adelante, la vida en plenitud, una vida que está vedada a quienes viven aferrados a sus riquezas.

jueves, 30 de septiembre de 2021

Ser como niños

 


Evangelio del 27º domingo del tiempo ordinario. Ciclo B. 03-10-2021.


En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre expulsar a su mujer?»

Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?»

Contestaron: «Moisés Permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.»

Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios "los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne." De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»

En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»

Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.»

Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.                                                                                                                                        

                                                                                                                                                 Marcos 10, 2-16

 

 La insistencia de Jesús en la necesidad de ser como niños o, incluso, nacer de nuevo, para aceptar en plenitud la nueva forma de entender las relaciones sociales y los vínculos con Dios es, probablemente, una de las claves de interpretación teológica de las primeras comunidades. En el Evangelio de Marcos lo vemos con absoluta nitidez, pues el tema de los niños vuelve una y otra vez y siempre en un contexto de instrucción comunitaria. En esta ocasión va justo tras el tan mal comprendido tema del divorcio. En realidad, en el texto de Marcos no se habla solo del divorcio, el término exacto que utilizan los fariseos para interrogar a Jesús es «expulsar»: «¿está permitido al varón expulsar a su mujer?». Es interesante hacer notar cómo no hay casuística, se trata de una afirmación absoluta sobre si el varón puede o no expulsar a su mujer, sabiendo las consecuencias que esto tiene para ella; si no dispone de ningún otro varón que la acoja, sea padre, hermano u otro familiar, lo más probable es que quede en situación precaria que la empuje a la mendicidad o la prostitución.

Como siempre, en las diatribas, Jesús toma un camino interpretativo de relativización de la norma, de un lado, y de jerarquización de las verdades de la Escritura de otro. Lo primero que hace Jesús es relativizar la norma: «os lo concedió Moisés por la dureza de vuestro corazón». Los principios están claros, pero estos se adaptan a las circunstancias. Puesto que Moisés sabía que los varones sois unos duros de corazón, os dio permiso para expulsar a vuestras esposas. Ahora bien, y aquí viene el segundo momento, el principio general es muy anterior y parte del mismo Dios que creó al hombre como varón y mujer, de modo que fueran una sola carne. Este término, carne, es central en la antropología semita. Su significado no queda reducido a la mera sustancia material que compone al ser humano. En realidad se trata de lo que nos permite ser y existir vinculados al mundo material y en el ámbito social. La voluntad de Dios es que dos personas estén tan unidas que funcionan como una sola. Esa voluntad no puede ser destruida, Dios lo ha unido y el varón no puede separarlo por apetencias propias. No está permitido al varón expulsar a su mujer. De este modo, Jesús rompe la columna de apoyo del patriarcado: la sumisión de la mujer al varón; ella también tiene derechos. Al final del texto, se da un giro comunitario muy valioso, pues también se indica que la mujer tampoco puede despedir al varón, cosa que en la legislación judía no estaba contemplado, solo el varón podía divorciarse. Se está indicando, de forma indirecta, que los derechos son recíprocos y que, por tanto, la mujer y el varón tienen las mismas responsabilidades en la vida matrimonial y comunitaria. Son dos, pero funcionan como uno solo.

El colofón del episodio que comentamos es la acogida de los niños. Los discípulos pretenden alejar a los niños que acercan a Jesús, pero este les reprende. Es necesario ser como un niño para aceptar el sentido profundo de esta revolución social que es el Reino de Dios. Solo quienes reciban el Reino como los niños, podrán acceder a él. Si el tema del divorcio versaba sobre la expulsión de las mujeres, el tema de los niños versa sobre la recepción del Reino. Los varones pretenden expulsar a las mujeres para afirmar su dominio social; Jesús pide que reciban el Reino como lo reciben los niños, con absoluta confianza, sin buscar su propio interés, como un servicio, casi como un juego. Solo así, el mundo podrá cambiar realmente. Siendo como niños volvemos a ser capaces de recrear el mundo y hacerlo verdaderamente humano.

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