miércoles, 6 de marzo de 2019

El Terror

En los últimos tiempos se han puesto de moda las series. Son muchos los que están enganchados a Juego de Tronos, por ejemplo. Las cadenas de televisión de pago tienen un filón importante en este género que gana adeptos cada día y al que hay que proveer de nuevos productos que los mantengan enganchados. Es innegable la calidad artística de varias de esas series, incluso alguna llega a transmitir valores interesantes en el mundo en que vivimos. No es el caso de la serie The Terror, basada en la obra homónima de Dan Simmons. Esta serie está muy bien dirigida y cuenta con un elenco de actores que cumplen su papel decentemente, incluso alguno lo hace de manera sobresaliente, como es el actor que interpreta al capitán, pero los valores estéticos no deben ocultar el mensaje que transmite la serie: los seres humanos, puestos en situaciones extremas, pueden sacar lo peor de sí mismos en un mundo sin sentido. Alguno, movido por algo que quiere asemejarse a la compasión, es capaz de dar su vida, pero lo hará por nada, simplemente por no seguir viviendo una realidad terrible.

Sin embargo, las obras de arte, también las televisivas, que son una parte del séptimo arte, nos ilustran sobre la sociedad que las produce y nos pueden permitir hacer una hermenéutica de los procesos sociales que permiten la existencia de sus expresiones culturales. El Terror es el nombre de una de las dos embarcaciones que intentó el paso del noroeste en 1847, da nombre a la novela y a la serie, con la evidente doble intención, tanto de recoger un dato histórico como el de dar un sentido desde el inicio a la historia. Los hechos reales se resumen en que la expedición murió de inanición y frío en medio de una locura que empujó a los hombres al canibalismo. La ficción introduce un elemento paranormal con el ataque de un ser monstruoso que representa la naturaleza en su estado más primitivo. La naturaleza, parece decirnos, se defiende de la soberbia del ser humano que pretende sojuzgar todo en su propio y único beneficio. El mundo está vacío de dioses y los hombre han rellenado el hueco con su propia divinización mediante el uso de la razón técnica.

viernes, 15 de febrero de 2019

Vidas en compra-venta

Hay una expresión que se ha extendido mucho en los últimos años, los «vientres de alquiler», para designar el acto por el cual una pareja o persona individual paga para que una mujer geste un hijo para él/ella o ellos/ellas. La expresión induce a pensar que es posible alquilar exclusivamente el vientre, sin que ello afecte al resto de la persona. El término técnico de «gestación subrogada» no deja de ser un eufemismo. En el fondo, la realidad que tenemos es que alguien vende su cuerpo y su vida para que otros puedan obtener sus frutos. Por eso, si hablamos de «vientres de alquiler» para referirnos a la compra de vidas humanas, podríamos hablar igualmente de «cuerpos de alquiler» para designar el trabajo o «vaginas de alquiler» para la prostitución. La lógica que subyace en los tres casos es la misma y tiene que ver con la lógica del mercado que el economista Juan Ramón Rallo, conocido director de una institución neoliberal, expresó hace años en un artículo[1]: la carencia de órganos como la de sangre se soluciona creando un mercado de órganos y sangre. Como todo el mundo sabe, si te sobra un riñón puedes venderlo y así obtener unos ingresos a la par que salvas una vida. Matamos dos pájaros de un tiro: el que puede pagar el riñón se beneficia y el que vende el riñón también, porque lo lógico será que los pobres vendan y los ricos compren. Y, ¿por qué no permitimos que a quien le sobre un corazón lo venda? Todos saldrían ganando. O quizás no. Esta es la lógica del mercado llevada a su extremo.
De manera paulatina pero sistemática, nos han hecho creer que la lógica que rige el mercado es la lógica que debe regir la vida, como si el mercado fuera la estructura natural que determina lo humano y que dirime el ser y el deber ser. Todo se puede comprar y, por tanto, todo debe estar a la venta, desde los objetos, pasando por los bienes naturales y hasta las mismas personas. Contra esta lógica, que subyace a todas las realidades imperiales, surge el decálogo judío para proteger a las personas de un mercado incipiente que pretende someter las personas a la lógica del beneficio. No matarás y no robarás son preceptos que protegen a las personas, también del mercado.

martes, 29 de enero de 2019

El voto católico y la utopía capitalista

Hace unos días publicaba un magnífico artículo Juan Manuel de Prada en su columna en El Semanal titulada Sirviendo al mismo amo. En la línea de la argumentación de Chesterton en La utopía capitalista, pretende avisar a los católicos contra los cantos de sirena del capitalismo y el liberalismo (hoy neoliberalismo) a través de la estratagema de mostrar con una mano los temas que preocupan a un votante católico conservador: aborto, familia, tradición, etc., mientras que en realidad aplican un programa ultraliberal que destruye esos mismos valores que dice defender. Las políticas del neoliberalismo, capitalistas por tanto, son las causantes de la destrucción antropológica, no las de corte marxista. Así lo dice de Prada: "El triunfo del capitalismo, de hecho, se funda en esa «perpetua adaptación» de los hombres al divorcio, al aborto, al desprestigio de las virtudes domésticas, a la lucha de sexos, a las políticas de género. El triunfo del capitalismo no sería, en fin, ni siquiera concebible sin el sometimiento de los pueblos a sus destrozos antropológicos". Los pueblos han sido sometidos a los parámetros del modo de producción capitalista, que requiere individuos dóciles y para ello separados de la comunidad familiar y social y expuestos a los furibundos ataques de una sociedad individualista marcada por el consumismo y el productivismo. Solo el ser humano que ha perdido sus vínculos puede ser sometido, y eso es lo que ha conseguido el capitalismo neoliberal.

Creo que recojo el sentido del texto de Juan Manuel de Prada cuando afirmo que el problema de los votantes católicos en los próximos comicios va a ser que su voto, sin quererlo, servirá para destruir los valores que tanto aman. Los votantes conservadores católicos han venido llenando las urnas del PP con mayor o menor entusiasmo. En los últimos tiempos lo han hecho a desgana, como mal menor, "tapándose la nariz", decían algunos. Lo hacían con la honestidad de quien no ve otra opción. Eran los tiempos en los que la corrupción del PP avergonzaba al votante católico, pero no le quedaba más opción que apoyar a ese partido para que no avanzaran los enemigos de la familia: socialistas, comunistas o podemitas. Algunos, incluso, llegaron a plantearse votar a Ciudadanos, pero pronto vieron que ese partido es tan enemigo de la familia como los otros; sus posiciones sobre el aborto, los vientres de alquiler y las nuevas familias no dejan lugar a dudas. Incluso, ahora, tienen la opción de Vox como medio para tirar del PP hacia posiciones más tradicionales. Sin embargo, como bien ha alertado de Prada, este tripartito de facto que se está configurando en España es neoliberal, no conservador.

jueves, 24 de enero de 2019

Ojos nuevos para un mundo nuevo


Ojos nuevos para un mundo nuevo es el título que Antonio López Baeza puso a un libro suyo reciente, publicado en Desclée. Con el especial tino que tenía para los títulos, este libro atisbaba una realidad que es imprescindible en la hora presente: sin una forma nueva de ver el mundo será imposible que ese nuevo mundo exista. Dicho de otra manera: necesitamos una capacidad de percepción renovada para poder construir un mundo donde todos los seres humanos podamos vivir en fraternidad. Como nos dice el Evangelio, hay que nacer de nuevo, porque el que vive atrapado en lo viejo está atascado en ello y no puede alzar la mirada para barruntar otro modo de vivir, de sentir, de estar en el mundo.

A una semana de la muerte de Antonio, vienen muchos recuerdos a mí de conversaciones mantenidas durante los últimos años especialmente, seguramente es parte del duelo, de la asunción de la pérdida, recordar a cada paso esta o aquella expresión que creíamos olvidada. La antropología cultural nos enseña que los procesos de duelo son un momento catártico que permite asumir la muerte como estructura de la vida sin que nos rompamos interiormente. Esa asunción me hace revivir momentos concretos en los que hablábamos sobre la deriva de un mundo al que yo he llamado en quiebra en un libro de 2011 y sobre el que Antonio tenía algunas reservas. Lo discutimos bastante, porque él entendía que lo nuevo se abre camino siempre desde lo viejo. Mi percepción entonces, agudizada ahora, es mucho más pesimista. Creo que el mundo lleva una derrota, en sentido marinero, que apunta hacia una destrucción de las estructuras que hasta ahora han permitido la existencia de lo humano. Los acontecimientos de los años que nos separan de 2011, cuando escribí aquello, no hacen sino confirmar tanto el diagnóstico como el resultado previsible. Sin embargo, Antonio, con su mirada esperanzada y confiada en el Dios que ama este mundo y a cuantos lo habitamos, era capaz de ver señales de humanidad que pueden salvarnos. Como gran lector de Hölderlin, decía que donde está el peligro anida la salvación.

jueves, 10 de enero de 2019

Gracias por Antonio López Baeza


HAY en mi tierra un milagro

que hace enmudecer al cielo...

¡El almendro florecido

en el corazón de enero...!

De A la sombra de los almendros en flor (Inédito)


Antonio López Baeza ha completado su vida en plenitud este 10 de enero de 2019, como le gustaba a él, bien temprano, a las seis de la mañana, de una mañana de enero en las que solía ir a contemplar la floración del almendro, el milagro renovado cada año que nos habla de una realidad más profunda que penetra la vida y la muerte: la resurrección. No ha querido perderse la floración este año tampoco, pero ha preferido asistir a su propia floración. Su cuerpo, ya desvencijado por la edad y los dolores, cual tosco tronco de almendro, ha dado la más bella flor que pudiéramos contemplar: acostado en su cama, con los brazos apoyados tras la nuca, con la sonrisa clara, como si contemplara ya definitivamente los glaucos campos florecidos de la casa del Padre. Con el gozo de quien sabe que todo está cumplido, nos ha dejado para abrazar la belleza sin término en el abrazo que no acaba. 

1. Nos ha legado una obra, pero antes que todo una vida; vida y obra son una sola cosa en Antonio, para él escribir es vivir y vivir es escribir. No hay hiato posible. La escritura hace patente lo que en la vida está en estado de latencia; mediante las palabras emborronadas, el ser va siendo, se hace consciente de sí y cobra, recobra, la plenitud marcada en el origen por la voluntad amorosa de Dios, que nunca quiso crearnos sin contar con que nosotros tomáramos parte en nuestra propia recreación constante y diaria de nuestra vida como proyecto de sentido y más allá del sentido. La escritura, como epílogo de la lectura y prólogo de la propia vida, se convierte en un palimpsesto inacabado. Otros escribieron antes y otros escribirán después, borrando lo escrito y escribiendo sobre lo anterior, en un constante tejer y destejer a la espera de la vuelta del Amado. 

Escribir, arar los surcos del sentido, es, en Antonio, tejer la propia vida en el telar de la humanidad con los hilos sueltos del pasado lanzados al futuro para que las generaciones venideras mantengan la llama de la esperanza del ser más profundo: la fraternidad universal. Escribir, restañar las heridas de la propia existencia, es saldar la deuda universal con los que fueron y pasar el testigo a los que nos esperan, confiando en Dios como garante último de la existencia, y trabajando como si todo dependiera de nosotros. Escribir, hollar el tiempo dejando la estela de lo sido es dejar el rumbo a otros náufragos sin esperar permanecer más allá de la propia experiencia, sabiendo que en todo hombre se vive, en cada experiencia humana con anhelos de universalidad, que en cada abrazo está presente el amante eterno en el que nos fundimos entrelazados. 

Escribir, vivir, pero nunca morir, porque la muerte es la existencia inauténtica de los que no han sabido vivir como hermanos en medio de un mundo que es, siempre y solo, don absoluto, y, por tanto, deuda por saldar, que no amortizar. Por eso mismo, vivir es abrazar cuanto ha sido puesto ante mí para conferirle mi propia impronta y convertirlo en oblación; hacer de la propia existencia una acción de gracias que responde a la invitación a la vida que se hizo al venir a este mundo. Dar gracias, vivir y escribir son, en Antonio, momentos distintos de un mismo movimiento interior de respuesta al amor primero. 

2. Vivir en el abrazo es borrar la grieta que en el ser se hizo al venir al mundo, es restañar la herida del origen por la que la pequeñez del ser recién nacido se ha hecho un hueco en la inmensidad del Universo. Vivir en el abrazo es superar la separación y encontrar la unidad en lo que nos divide y separa, mas nunca nos deshace en la indiferencia. En el abrazo, cada ser sigue siendo único, sigue existiendo como lo que es, pero en plenitud. La poesía de Antonio es la expresión temporal indeleble del abrazo como categoría existencial. Todos sus versos, cada una de sus palabras, destilan la unidad que su ser emana con naturalidad y empujan al lector a hacerse uno con él, uno con la humanidad, uno con Dios. 

3. El abrazo es sacramento porque expresa eficazmente lo que Dios mismo ha mostrado de su ser: la comunión amorosa, la entrega incondicionada, el don gratuito, la fruición del abandono en el otro. Ahí es como Dios puede ser experimentado por el hombre en todas las dimensiones que lo constituyen como hijo de Dios y por eso el abrazo es la imagen más perfecta y a la vez la profecía de la amistad más incondicional que el hombre pueda esperar. 

El ser sacramental del abrazo viene también expresado en su misma materialidad. En el origen, sacramento identificaba las dos partes separadas de un pacto firmado. Al reunirse ambas partes se reconstituía el pacto; al reunirse varios hombres en el abrazo se reconstituye el pacto originario, se cierra la herida primitiva, se clausura la soledad inmensa del ser venido a este mundo y necesitado de comunión. El abrazo, sacramento de la unidad divina, expresa la necesidad antropológica de unión con lo que nos rodea. Por ello, también, el abrazo es el pago de la deuda con la vida, con el mundo, con la naturaleza, con la historia, con los hombres, con Dios. 

Si algo debe ser considerado el núcleo fundante de la vida y obra de Antonio López Baeza es Jesús de Nazaret. Él es la inspiración constante de su vida y de su obra escrita. En él ha encontrado el fondo sereno do mana la fuente pura de su existencia. Jesús es su modelo único, aquel que desde niño se convirtió en líder de su alma infantil, ídolo del adolescente que buscaba, modelo de vida en la madurez, modelo único de toda la existencia, repite una y otra vez. Porque Jesús es la sencillez más pura, la naturalidad sin doblez, la transparencia máxima de Dios en la Humanidad Peregrina. Volver a Jesús, volver a Nazaret, este es el lema de la experiencia vital y creyente de Antonio, esta es su forma de saldar la deuda, de abrazar a la humanidad y en ella a Dios mismo que se hace hombre en el corazón de cada ser humano que se abre al misterio del otro y se entrega en cada gesto, en cada acto, en cada obra. Volver a Nazaret será el camino seguro para la Iglesia, a la que tanto ama Antonio y por la que tanto llora Antonio, porque en la Iglesia, prefiguración de la humanidad unida en la fraternidad universal, los hombres tienen su plenitud de hijos. 

 


Dejo aquí los que son con toda probabilidad los últimos versos escritos por Antonio y que resultan un epitafio de su existencia:

Saber que he de morir,
sin duda, en breve.
Y esperar que, en lo eterno
que nuestra fe promete
-en el abrazo universal con Dios-,
¡tú y yo seamos presentes!

De Una amistad verdadera (Inédito)

viernes, 28 de diciembre de 2018

En la escuela de María


El evangelista Lucas comienza su escrito para mostrar lo “bien fundados” que están los contenidos de la predicación sobre Jesús con un díptico que pone en relación la concepción y nacimiento de Juan Bautista y de Jesús. En este díptico, María, la pobre de Nazaret, lanza un cántico que se hace eco de los cánticos de algunas mujeres ilustres del Antiguo Testamento. Ante la visita de Isabel manifiesta la alegría y el gozo con el que la criatura que lleva en las entrañas recibe la noticia. No puede contener su regocijo y entona un canto de alabanza, de alegría, de gozo en el Señor, que ha sido grande con su pueblo sufriente. Ella también sufría por las circunstancias de su embarazo, por la vergüenza de su situación ante los demás, pues no puede mostrar la paternidad de lo que ha sido concebido en ella, pero no se amilana y muestra que el Señor es capaz de grandes proezas en favor de los sencillos, los sufrientes, los que solo esperan en Él el consuelo. Su canto es un himno a la alegría de la vida, al compromiso por la justicia y la misericordia. Es el núcleo y el comienzo del Evangelio que pasado el tiempo predicará su hijo. Es la escuela del Magníficat, un canto de gloria a Dios y de alabanza por sus maravillas con los pobres y oprimidos.

El papa Francisco ha consignado para el mes de enero de 2019 sus intenciones de oración para los jóvenes, para que vivan la alegría del evangelio en la escuela de María. Se trata de una gran escuela, pues es la misma que tuvo Jesús. De tal madre, tal hijo, podemos afirmar. Quien anunció el Reino de Dios para los pobres, los hambrientos y los perseguidos es el hijo de quien alabó a Dios porque “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. Jesús es el digno hijo de María, pues la personalidad de Jesús no surge de la nada, ni cae del cielo como un aerolito, sino que necesita, como cualquiera de nosotros, de una formación. En su casa tuvo esta formación y es la que le lleva a iniciar un proyecto de vida que culminará en el compromiso máximo con un mundo distinto, al que llamará, en la línea de los profetas y del Bautista, el Reino de Dios. Este Reino se configura, como en el cántico de María, desde los pobres y oprimidos, que son colmados de bienes, y frente a los poderosos y opresores, que son despedidos vacíos. Jesús propone un Reino donde los que ahora pasan hambre o lloran, serán consolados y saciados; un Reino donde los perseguidos tendrán su recompensa. En oposición, se lamenta por los que ya están saciados y se ríen, los ricos y poderosos, ¡ay de ellos! El Reino no se construye en abstracto, se trata de una realidad que encuentra oposición: desde los tiempos de Juan Bautista el Reino sufre violencia. Los poderosos no van a consentir que el Reino se construya en la tierra y por eso se opondrán con todo su furor, con toda la violencia posible. La respuesta es la perseveración, porque el que persevere se salvará, aunque sea pasando por la cruz.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Jesús de Nazaret, ¿el bastardo?

No hace mucho que llegó a mi escritorio una obra que va a dar mucho qué hablar: La invención de Jesús, de Fernando Bermejo Rubio, probablemente el historiador sobre Jesús más incisivo en el panorama mundial. En Carthaginensia, revista del Instituto Teológico de Murcia, saldrá una recensión amplia con mi crítica a la obra, pero ahora me interesa recoger un aspecto de su propuesta que es del máximo interés para la investigación. Con gran tino, Bermejo desmonta la valía de los famosos y caducos "criterios de historicidad" que hasta no hace mucho han servido para determinar qué era histórico en los relatos evangélicos. Son criterios como el de atestación múltiple, el de dificultad, el de rastro del arameo, etc., que surgieron con la intención de rastrear los hechos históricos verídicos que se ocultan tras los escritos evangélicos, que bien sabemos que responden a un momento histórico distinto al de Jesús, cincuenta años posterior al menos, y a las preocupaciones de las comunidades que los crearon y para los que fueron escritos. Bermejo sustituye estos criterios por lo que denomina como paradigma indiciario. Se trata de un método más apropiado para intentar rasgar el velo que oculta la historia tras los textos. Dos elementos hay en este paradigma. El primero es el patrón de recurrencia, que una idea se repita en un mismo evangelio o en varios de ellos. Si esta idea se repite tiene visos de verosimilitud histórica. Ahora bien, esta idea debe ser coherente con el contexto histórico que conocemos de la Palestina del siglo I. El segundo es el material embarazoso que a pesar de serlo está manifiesto en el texto, como pudo ser la crucifixión o el bautismo de Jesús en el Jordán para el perdón de los pecados. 

Acabo de citar los dos ejemplos más claros de indicios que nos hablan de hechos históricos con toda seguridad. Son dos hechos recurrentes en los evangelios, en los cuatro, y son hechos embarazosos, problemáticos. Una vez separado el cristianismo del judaísmo tras la destrucción del Templo por los romanos, no tenían ningún incentivo para presentar a Jesús como lo que fue, un subversivo ajusticiado por Roma en la cruz. Además, iniciado el proceso de divinización en las comunidades se hacía difícil comprender porqué Jesús fue bautizado por Juan en un bautismo para el perdón de los pecados. Luego, estos dos hechos son absolutamente históricos. A partir de estos hechos seguros, podemos ir reconstruyendo otros que, si además cumplen con la recurrencia, con el contexto y con la problematicidad, nos permiten crear una imagen real del Jesús histórico. Hay bastantes indicios de este tipo, pero quiero centrarme ahora en uno que a mi modo de ver arroja mucha luz sobre el proyecto de Jesús, el Reino de Dios. Se trata del nacimiento de Jesús como hijo ilegítimo.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Ricos precarios

Nunca antes había habido una civilización que idolatrara a los ricos en tanto clase social e individuos concretos como la sociedad actual. En las civilizaciones anteriores encontramos que la riqueza en las élites es una consecuencia de su valor, nobleza, inteligencia o, simplemente destino: los dioses los han tocado para gobernar y poseer las riquezas. Sin embargo, no se idolatra la riqueza en sí, sino que se respeta la posición. Ser rico era una consecuencia, no la causa de la posición social. En la sociedad moderna, desde el siglo XV, comienza a venerarse la riqueza por sí misma y a los ricos por serlo, no por las dotes personales, las capacidades demostradas o los valores que transmiten. Todo esto, dotes, capacidades o valores, es secundario. Una vez que son ricos llega la legitimación de esa posición por aquello que poseen como personas o que supuestamente ofrecen a la sociedad, cosas como puestos de trabajo, invención de cachivaches tecnológicos o creaciones artísticas sublimes, por poner unos ejemplos. La maquinaria de legitimación social de la riqueza acumulada por los ricos funciona a la perfección, de tal modo que se ha creado como una nueva nobleza, no a partir de las victorias en el campo de batalla o las proezas sociales obtenidas, sino desde la mera y simple posesión de riquezas, ya sean estas obtenidas con el esfuerzo propio, ya por el robo y la extorsión o bien por la pura y nuda suerte. 

Una de las causas de este cambio en la percepción social de las riquezas y los ricos hay que buscarla, al decir de Peter Brown, en San Agustín, quien habría modificado la posición cristiana frente a los ricos, pasando del radical “es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja…” a una visión más utilitarista de la riqueza: la riqueza se legitima en función del uso. Sin embargo, la posición de la Iglesia no se vio alterada a lo largo de la Alta Edad Media. La postura de Santos Padres como Ambrosio, Basilio, Gregorio de Nisa o el sobresaliente Juan Crisóstomo (el rico es ladrón o hijo de ladrón) será la  norma en la consideración de la riqueza acumulada en algunos, que siempre es fruto de la injusticia y que no puede ser legitimada desde ningún punto de vista. Es el advenimiento del incipiente capitalismo en los siglos de la Reforma el momento crucial para este cambio. Juan Calvino dará las claves para una valoración positiva de las riquezas y de los ricos. Dios, en su infinita sabiduría, habría predestinado a unos a la condenación y a otros a la salvación. El hombre no puede saber si ha sido predestinado a lo uno o a lo otro, pero existen signos externos que pueden indicarlo, uno de ellos es la riqueza. Si te haces rico es porque Dios te ha predestinado a la salvación. Ser rico es el signo visible de la salvación; ser pobre, por tanto, lo es de condenación. Como dijera Max Weber, el protestantismo está en la base del espíritu del capitalismo. 

viernes, 19 de octubre de 2018

Más allá de la magia y el milagro en la sociedad hipertecnificada

Cuando el mundo occidental tomó el seguro camino de la ciencia para controlar la realidad, predecir las consecuencias de la naturaleza y poner a su servicio las fuerzas que gobiernan el mundo natural, abandonó, o quiso abandonar, los dos caminos por los que trastabillaba la humanidad desde sus mismos albores: la magia y el milagro. La magia, de forma extendida en todas las culturas, es el resultado de creer que hay fuerzas ocultas que gobiernan la naturaleza y que pueden ser puestas al servicio de aquellos que encuentren algún tipo de mediación o de médium, en este caso el mago, que es capaz servirse de su poder. El milagro, en su acepción común, ruptura puntual de las leyes naturales, es una versión institucionalizada de la magia, pero en la tradición cristiana se ha entendido como la irrupción de la fuerza divina que causa una ruptura en el mundo natural, de tal manera que el milagro está asociado con la intervención arbitraria de Dios en la naturaleza o en la vida de las personas. Magia y milagro, en el sentir común, apenas se diferencian, y son dos formas de enfrentarse a nuestra falta de conocimiento de lo real o al misterio que inevitablemente está presente en nuestro mundo. La ciencia habría tenido la pretensión de desterrar esta visión de la realidad tachada de supersticiosa e implantar una imagen del mundo cabal y, como no, racional. Pero, tal espuria pretensión no es sino la expresión de la hybris denunciada en el capítulo segundo del Génesis, cuando el conocimiento absoluto se convierte en tentación factible.

Paradójicamente, la sociedad posmoderna hipertecnificada está más cerca de la magia y del milagro que de la ciencia. Es como si el millón de años largo de evolución del homo sapiens le hubiera dejado la marca de una necesidad imperiosa de hallar sentido a cualquier precio, aunque este sentido que encuentra no sean más que meras suposiciones extraídas de cábalas que conectan unos hechos con otros creando la ilusión de la causalidad, como bien dijera David Hume. En los genes de la humanidad está tan inscrita la necesidad de alimentarse y reproducirse como la de crear mapas de sentido para explicarse la realidad, es decir, la metafísica. Frente al mundo que nos aporta la ciencia de hoy, quizás demasiado aséptico, incluso aterradoramente vacío, el ser humano reacciona repoblándolo de seres ocultos y fuerzas ignotas que serían las que en verdad rigen nuestras vidas. No otra cosa está detrás de la proliferación de casas de juego online y de múltiples templos de la suerte; la magia y la espera del milagro personal hacen estragos entre los mortales cuando se enfrentan al sinsentido de un mundo hosco y frío.

lunes, 15 de octubre de 2018

La muerte de una estrella

Todo en el Universo está sometido a un ciclo de creación-destrucción-creación. Los materiales que hoy componen la Tierra nacieron todos de la muerte de estrellas tras agotar su combustible y explosionar como supernovas. Este proceso permite que el Universo evolucione, de forma que de los átomos más simples de hidrógeno puedan surgir, por reacciones nucleares en el interior de las estrellas, nuevos átomos más complejos, en un proceso que dio origen a todo el oxígenos, carbono o hierro que hay hoy en el Universo, y que aún se sigue dando. Por eso nuestra estrella, el Sol, también participa de este proceso. Su vida se estima en unos 5000 millones de años, en los que ha consumido más o menos la mitad de su combustible. Aún le pueden quedar otros tantos millones de años antes de morir como estrella. Sin embargo, sabemos que a medida que gaste combustible, las capas externas del Sol se expandirán, de modo que su diámetro llegará hasta prácticamente la órbita de la Tierra. Engullirá primero a Mercurio, luego a Venus y también nuestro planeta. Cuando, al final, no quede más combustible, colapsará sobre sí mismo y generará una enorme explosión conocida como supernova. Tras esto, el Sol será poco más grande que la Tierra, con una luz muy disminuida, será una Enana blanca, o bien podría convertirse en un Agujero negro que lo engulle todo a su entorno.

Existen ciertas similitudes entre este proceso de una estrella como el Sol y nuestro sistema económico y social, el capitalismo. Mientras tiene combustible, es decir, materias primas, trabajo asalariado y mercados donde vender los productos, se expande de forma incontrolable, llegando a abarcar el planeta completo. Nada queda fuera de su alcance, sean océanos o bosques, o bien sean seres humanos y sus procesos reproductivos. A medida que crece necesita más y más espacio, llegando el momento en el que no queda sitio para nada más que un proceso infinito de creación-destrucción. Así lo demuestra la historia del capitalismo. En su primera fase, hasta mediados del siglo XX, conquistó todos los territorios posibles y creó un mercado mundial en el ámbito de dominio de las potencias capitalistas. Hacia los años sesenta se vio claro que el capitalismo estaba llegando a sus límites físicos, como bien lo predijo el Club de Roma y su informe sobre Los límites del crecimiento, de ahí que comenzara una guerra para incluir aquella parte del mundo que aún se le resistía: La Unión Soviética y su órbita, China, y algunos lugares de Asia y África. Esta segunda fase concluye con la creación de un capitalismo global que no deja resquicio para nada que no sean relaciones de mercado, productivismo, consumismo y destrucción generalizada. La tercera fase comienza en 2001, cuando se hace evidente que la energía necesaria para mover esta monstruosa máquina de demolición escasea y que pronto será imposible sostener un sistema basado en el despilfarro de energía. En esta fase hay dos elementos sustanciales: uno es la financiarización del capitalismo, que se había iniciado tímidamente en los noventa, el otro el establecimiento de una guerra constante por los recursos. Con la financiarización se consigue la ficción de la creación de plusvalía sin necesidad de una producción material, con la guerra se destruyen los territorios ricos en recursos para, de un lado poder extraerlos con facilidad y, de otro, evitar que sus legítimos propietarios los consuman. Las guerras de Irak, Libia o Siria se producen dentro de esta lógica.
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