jueves, 8 de febrero de 2018

Dichosos los ricos, porque os haréis llamar bienhechores

El capítulo 22 de Lucas nos dice: “Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores”. El evangelio da justo en el clavo a la hora de analizar cómo funciona el mundo en que vivimos, ayer y hoy. A los poderosos, sean reyes de las naciones, jefes o simplemente multimillonarios, no les interesa solamente acumular poder y enseñorearse del mundo; necesitan que el resto los tome por bienhechores, es decir, que todos crean que lo que hacen lo hacen por el bien de la humanidad. Hoy, estos tales se hacen llamar filántropos. Suelen ser multimillonarios que dedican parte de su riqueza a realizar donaciones, normalmente con gran publicidad y dejando patente lo que pretenden. Donan cantidades ingentes a ONGs, a grupos de apoyo a colectivos marginados y, ahora también, a la propia administración pública, mermada en su financiación gracias a que se bajan los impuestos a esos mismos enriquecidos que luego donan parte de los impuestos eximidos.

Saben muy bien que su riqueza, aunque resulte paradójico, es precaria. Sí, precaria. Porque la riqueza depende de tres factores externos a ella misma para generarse y mantenerse. El primer factor es que tiene que existir un marco legal que proteja la riqueza acumulada. Si las leyes penalizaran la acumulación de riqueza, esta nunca se crearía. Cuando Estados Unidos cayó en la crisis más grave de su historia en 1929, la forma de salir de ella fue aplicar un impuesto del 89% sobre la riqueza, de modo que fuera esta riqueza acumulada la que salvara al país, como es lógico hacer. El segundo factor es la existencia de un Estado que proteja la riqueza, sea mediante las leyes, sea mediante la policía o sea mediante el consentimiento de la administración. En todas las revoluciones, lo primero que desaparece es la riqueza acumulada, pues el nuevo Estado se la apropia. El tercer factor y más importante es el asentimiento generalizado de la sociedad que rodea a aquellos que acumulan la riqueza. Este asentimiento puede ser impuesto por la fuerza, en cuyo caso también es precario, o bien puede ser asumido como el anhelo social. Puesto que todos queremos ser ricos es bueno que existan ricos y riqueza a la que poder aspirar, aunque eso sea una quimera, pues en cualquier sociedad los ricos pueden serlo unos pocos. Según los datos que tenemos de la historia, en cualquier sociedad los ricos nunca superan entre el 1 y el 5%, dependiendo el momento y la sociedad. Por ejemplo, en el Imperio romano era el 3%, mientras que en los Estados Unidos hoy no llegan al 2% y en España es el 1%. Por supuesto, hablamos de ricos de verdad, no de personas con algunos bienes más que la media.

jueves, 1 de febrero de 2018

A weak Secularization

El debate sobre la secularización ha llegado a un punto de equilibrio. Tras dos décadas de fuertes choques entre posiciones diferentes, y de sonados cambios de parecer en algunos pensadores (véase la postura de Berger 2016), parece que podemos hacer un pequeño balance y afirmar que la secularización es un proceso histórico vinculado a la Ilustración, pero no tanto a la modernidad, pues existen varias modernidades y no todas ellas incluyen un proceso de secularización en sentido estricto, aunque sí algunos de los aspectos que José Casanova (2006:7; 2012:23) diferencia.[1] Por este motivo, la secularización está vinculada al proceso de diferenciación de esferas en la modernidad, de tal modo que la religión pierde la influencia omnímoda de que gozaba en el mundo premoderno y deja de ser el dosel sagrado (Berger) que da sentido a toda la existencia. Los hombres satisfacen su búsqueda de sentido, si la hay, mediante el recurso a criterios no puramente religiosos. Estamos hablando de una secularización en sentido débil. Dicho a modo de título: a weak Secularization.

Esta secularización débil sí sería aplicable a prácticamente todos los países o realidades, aunque siempre habría excepciones, como es el caso de algunos países musulmanes donde la religión aún conserva influencia en las decisiones públicas y en las conciencias de las personas, o en Estados Unidos, un país que ya no puede ser considerado la excepción que era en otros tiempos, pero que sigue conservando zonas de amplia influencia de la religión en las conciencias y en la vida pública. Como explican Voas y Chaves (2016), menos influencia cuanto más al norte y más cerca de la costa; más influencia en zonas rurales y menos en zonas urbanas, constatándose así el mismo proceso que en Europa hemos vivido en el último siglo. Estados Unidos no sería, por tanto, una excepción absoluta, a lo sumo, una particularidad dentro de un proceso de secularización débil que tendría momentos y lugares de una secularización fuerte, como es en Europa Occidental.

lunes, 8 de enero de 2018

La riqueza es hija de la injusticia

Hay una frase del protagonista de la película Wall Street, Godon Gekko, que se ha hecho proverbial para entender el mundo de hoy: la codicia es buena. Sin codicia, el capitalismo no sería posible, porque su base es quererlo todo y quererlo ya, ir a la máxima velocidad a la hora de acaparar recursos y riquezas. Sin codicia, las personas no buscarían más de lo que necesitan, no querrían ser como dioses, sino que se conformarían con comer de los árboles permitidos. La codicia nace de las palabras de la serpiente en el Edén, palabras que resuenan en el corazón del hombre y que le llevan a buscar más de lo que necesita y a buscarlo sin parar en las consecuencias para otros o para el Planeta. La codicia es, por tanto, la base de la desigualdad, pues unos pocos, muy pocos, utilizan todos los medios a su alcance y su poder para obtener cada vez más parte de los recursos de nuestro planeta. Esto es lo que ha puesto de relieve el World Inequality Report 2018, un informe elaborado por varios expertos mundiales en economía y otras áreas del conocimiento. En 2017 hemos llegado a las máximas cotas mundiales de desigualdad en toda la historia de la humanidad. El uno por ciento de la población acapara más de la mitad de los recursos disponibles, mientras que el diez por ciento llega al noventa por ciento de los recursos y riquezas creadas. Es más, a medida que avanzan los años, el incremento de riqueza se queda en menos manos. Dicho con otras palabras, la tasa de desigualdad crece cada año, pues de lo que se produce cada vez más riqueza va a menos personas.

Podríamos entrar en disquisiciones filosóficas sobre la desigualdad natural o la necesidad social de la desigualdad, pero aquí no estamos hablando de un rango pequeño de desigualdad que siempre será inevitable y hasta necesaria. Pensemos que en los milenios previos a la creación de los grandes imperios de la antigüedad, la desigualdad nunca superó el 1 a 3, es decir, que el que más tenía triplicaba al que menos. Con la llegada de los imperios se dispara esta proporción: 1 a 30. Pero hoy hemos llegado a la cifra de 1 a 400. De esto es de lo que hablamos cuando hablamos de desigualdad. No tiene ningún sentido que un ser humano posea él solo tanta riqueza como mil millones de sus congéneres. Ni le beneficia a él ni beneficia a los demás. Se trata pura y simplemente de codicia, nada más. Este es el problema central de la desigualdad, que es producida por un mal, un pecado, que a su vez produce otros males. La desigualdad es la estructura del modelo de producción y desarrollo del capitalismo y eso es lo que lo hace un sistema económico y social perverso y pervertido, pues no busca la satisfacción de necesidades sino la creación de riqueza para unos cuantos a costa de lo que sea necesario, sin reparar en las consecuencias. Un sistema así es malo por naturaleza y debe ser eliminado como modo social cuanto antes.

lunes, 18 de diciembre de 2017

La Tradición: una receta de pan.

Uno de los conceptos más importantes en cualquier religión es el de Tradición, con mayúscula. Es imposible, como nos enseñaron Berger y Luckmann en 1968, que nada humano pueda permanecer si no se institucionaliza, ahora bien, la mera y simple institucionalización no asegura que permanezca una realidad originaria, pues la tendencia de toda institución es a su perpetuación y al control de sus miembros, creando redes clientelares que den apariencia a la institución de eternidad. Para evitar este mal inherente a toda institución está la Tradición. La Tradición nos enseña qué se hizo y cómo se hizo para saber qué hacer y cómo hacerlo. La Tradición es el alma de la institución, sin ella no sería otra cosa que una mera estructura de poder en manos de unos pocos. Por eso es tan importante la Tradición en cualquier religión, pero más importante aún en el cristianismo.

Sin la Tradición, el cristianismo degenera en lo mismo que llevó a una institución tan venerable en el pueblo judío como el Templo a instigar el ajusticiamiento de Jesús, porque toda institución, aun siendo necesaria para dar estabilidad a las relaciones sociales, tiene como estructura básica la permanencia, lo que le lleva a expulsar todo lo que la ponga en riesgo. La actitud profética, como la de Jesús, pone en riesgo la institución y esta tiende a expulsarla. La Tradición, en nombre de la que habla siempre la actitud profética, asegura que la institución está al servicio de algo superior a ella, al servicio de la sociedad, su estructura moral y su continuidad. Es como una receta de pan. Quien hace el pan necesita saber los ingredientes, sus proporciones, y el modo de elaboración para hacer un determinado pan. Necesita saber qué cantidad de agua y qué proporción de creciente necesita, así como la sal. También requiere el conocimiento, explicitado en la receta, del procedimiento, del modo y tiempo de masado, de los tiempos de espera de fermentación y de la temperatura y tiempo de cocción. Una buena receta permite hacer pan a cualquiera, aunque no sea panadero; permite, con un poco de práctica, hacer el mismo pan que hicieron los antepasados, pues lo que se requiere es conocer las cantidades y el procedimiento. La Tradición nos da las cantidades y el procedimiento para que la sociedad viva de acuerdo a los antepasados, presuponiendo que aquellos sabían cómo vivir en sociedad. En el caso del judeocristianismo, la Tradición nos da los parámetros que permitieron crear una estructura social de justicia y misericordia.

jueves, 14 de diciembre de 2017

¿Necesitamos una nueva apologética?

Todos los años que van ya de este siglo XXI están marcados por un cierto giro en lo que atañe a la cuestión de la secularización. Si el último tercio del siglo XX estuvo determinado por una ferviente fe en la secularización como un producto necesario del proceso modernizador, los últimos años del siglo vieron nacer una propuesta a la que se sumaron insignes representantes de la propuesta secularizadora. Ahora, se decía, los datos demuestran que la modernidad no está reñida con el auge de la religión. Es más, se ve que algunas de las muchas modernidades van de la mano de una religiosidad en aumento, con grupos religiosos boyantes y con religiones que no solo aumentan el número de fieles, sino que expanden sus dominios; la fuerza de la religión en el ámbito público es cada vez mayor.

Entre los nuevos conversos estuvo Peter L. Berger, que determinó el nuevo lenguaje con su obra Desecularization. Con el mismo fervor con el que defendió la secularización como proceso irresistible de la modernidad, ahora defendía la desecularización como proceso vinculado a la modernidad en el ámbito del pluralismo. Esta era la salvedad, que el auge de la religión va unido a la extensión de un pluralismo que, éste sí, sería la clave para entender la modernidad. El pluralismo ayuda, en cierta medida, al crecimiento de la religión, pero, también en cierta medida, pone en cuestión las tradiciones particulares. Es decir, el pluralismo es lo que hay que pensar. Por eso, en su última obra, Los numerosos altares de la modernidad, vuelve a dar un giro a su planteamiento, aunque solo de 90º. Acepta un cierto auge de las religiones, pero estas quedan embargadas por el pluralismo de iure, no solo de facto, que se extiende en la sociedad. Esta situación es la que hay que seguir pensando, si queremos plantearnos correctamente nuestro ser cristiano en un mundo donde el pluralismo es la marca distintiva. Un pluralismo que rebaja las ambiciones de las religiones y que pone en su sitio a sus pretendidos dirigentes. Como dijera Hume hace más casi tres siglos, no hay verdad más cierta que la necesidad de la religión para el ser humano, pero no hay mayor prudencia que alejar el poder de manos de los sacerdotes, de todos los sacerdotes.

Pues bien, clarificar la fe y dar razón de la esperanza sigue siendo un mandato de la fe, pero mi perspectiva particular parte del hecho de que el proceso secularizador es un bien para la fe cristiana, es más, la modernidad y la aneja secularización, son hijas legítimas del cristianismo, como bien lo expuso en su extensa obra Hans Blumenberg, pues el cristianismo es, en su núcleo, un proyecto anticlerical, contra los clérigos que se apropian de la medición entre Dios y los hombres mediante templos, ritos, mitos y dogmas. En Cristo, sacerdote único y eterno en la línea de Melquisedec, no hay otro sacerdocio que el servicio y la entrega hasta la cruz. El servicio, la diakonía, es el verdadero y único sacerdocio. La Iglesia, en tanto comunidad de los que viven en Cristo por la presencia del Espíritu Santo, es sacerdotal, toda la Iglesia. En ella, hay quienes sirven la mesa, quienes sirven la palabra, quienes sirven a los pobres, quienes sirven… todos son servidores del único amor que se entrega hasta el extremo. En Cristo, todos somos sacerdotes y sacerdotisas de la religión del amor y el servicio.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Nuevas cautividades en un mundo viejo

Quizás estemos ante una de las situaciones de injusticia mayor de toda la historia por la cantidad y por la calidad de la misma. Hoy se hace muy difícil vivir con la conciencia lastrada por tantas injusticias. Por eso, la redención de cautivos, ayer y hoy, es una obra caritativa de primer orden, pues el cautiverio no es el orden natural del ser humano en este mundo, aunque sí sea el orden habitual de una parte de la humanidad bastante considerable desde que surgen las grandes civilizaciones hace aproximadamente 5.000 años. El cautiverio fue un instrumento para obtener diversidad reproductiva en los clanes paleolíticos o para conseguir monedas de cambio con otros grupos. Pero fue durante la constitución de las grandes civilizaciones cuando la cautividad empezó a ser utilizada para la obtención de mano de obra. Todos los imperios han necesitado de esta estrategia para generar suficiente mano de obra cuando en sus propias poblaciones no era posible encontrarla, sea porque la escasez de la misma empujaba a su búsqueda allende las fronteras, sea porque la penuria de los trabajos a realizar exigiera de prudencia a la hora del uso de los propios habitantes y aconsejara el uso de otros seres humanos para ello. Así, la cautividad fue utilizada en todos los imperios para proveer de mano de obra esclava para la realización de las tareas gravosas o bien para la simple y pura reproducción material del imperio. La guerra era el medio habitual para conseguir esta mano de obra, aunque el sistema de endeudamiento también cubría una parte de esta necesidad. Lo vemos en el Imperio romano, pero también lo podemos ver en el surgimiento de la sociedad moderna, cuando el comercio de esclavos será la garantía del rendimiento de las tierras del Nuevo Mundo y de las bolsas de valores del Viejo.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Desarrollo humano integral

La propuesta del Papa Francisco en su encíclica Laudato Si' del Desarrollo Humano Integral no es, como algunos acusan, un prurito de los tiempos que el Papa habría adoptado de una manera un tanto esnob. Es una propuesta estructural y sistemática de transformación social y personal que debe llevar a la humanidad y a cada ser humano concreto a un estadio de desarrollo humano compatible a la vez con las verdaderas dimensiones que construyen lo humano y con la estructura natural de nuestro planeta. Pues, el desarrollo humano es un concepto que en el sistema económico y social vigente queda reducido a la ampliación de los bienes y servicios de los que disfruta la población desde un punto de vista meramente cuantitativo, que ni tienen en cuenta las necesidades humanas, ni las carencias de una parte de la población, y tampoco el sostenimiento del medio natural que sustenta tal desarrollo. Se trata de un desarrollo inhumano e insostenible, por ser un mero subproducto de un sistema productivo que tiene como guía única la reproducción ampliada del capital y la generación de lucro sin reparar en los costes que este lucro puedan generar para la humanidad y para el medio natural. El desarrollo sostenible, un eufemismo creado por la industria publicitaria del capitalismo verde, es, en sí mismo, un oxímoron. Dadas las actuales condiciones de producción capitalista, es imposible que cualquier desarrollo sea sostenible. Solo será sostenible un desarrollo humano que se salga de los patrones del capitalismo neoliberal, abandonando el productivismo, el consumismo y el lucro como motor económico, y proponiendo la satisfacción de necesidades, el intercambio personal y la limitación de los apetitos como criterios a la vez humanizadores y respetuosos con el medio natural.

Desde la Comisión de Justicia y Paz de Murcia hemos querido generar conciencia y debate sobre esta temática y por eso hemos organizado las I Jornadas de Doctrina Social de la Iglesia en Murcia, que llevan por título la propuesta de Francisco en Laudato Si', Desarrollo Humano Integral. Se desarrollan entre el lunes 6 y el jueves 9 de noviembre, alternando como sedes el Instituto Teológico de Murcia OFM y el Centro Loyola de Murcia. Contamos con Sebastián Mora, secretario general de Cáritas española para disertar sobre los retos de la desigualdad para el desarrollo humano integral. Su conferencia será el lunes 6 a las 19:30 horas en el Instituto Teológico. El martes, César Nebot, economista, dará claves para la transformación de la economía en vista a un desarrollo humano integral. Será en el Centro Loyola de Murcia, también a las 19:30 horas. El miércoles contamos con nuestro Consiliario y Delegado episcopal de Enseñanza y Catequesis de la Diócesis, José Ruiz García, para desarrollar el tema del desarrollo humano integral en el Doctrina Social de la Iglesia, en el Instituto Teológico de Murcia. Y, por último, el jueves, en el Centro Loyola, Pedro Jesús Fernández, politólogo y ambientalista, aportará una visión de compromiso ambiental para nuestro tiempo.

lunes, 23 de octubre de 2017

Tambores de guerra

En lo que va de año, el índice Standars & Poor's de la industria aeroespacial y defensa ha subido un 31.5 %, frente al 12.5% de la subida del índice general de S&P. Esto necesita de alguna explicación. La lógica de los mercados financieros nos dice que cuando un sector sube es porque se espera que haya beneficios futuros o porque se está especulando con él. En este caso se producen ambas circunstancias y una más que paso a explicar. Los mercados financieros son el lugar por excelencia de la avaricia humana, pero también son la capital del miedo. El dinero es muy miedoso y si atisba algún tipo de riesgo huye como alma que lleva el diablo. Pero, lo peor para el dinero no es el peligro de perderlo, es el riesgo de no obtener lucro, pues el dinero creado como deuda sobrevive gracias a su reproducción constante. La Reserva Federal americana y el Banco Central Europeo no cesan de crear dinero como deuda a partir de la nada, nada lo soporta, no hay ningún valor objetivo que dé sustento a los varios billones de dólares y euros creados materialmente de la nada, como simples apuntes contables en el banco. Este dinero necesita crear su propia consistencia mediante su inversión productiva, con escasa rentabilidad para la avaricia de los mercados, o mediante su inversión especulativa, más provechosa a corto plazo. Esto es lo que están haciendo los mercados.

El dinero ocioso, creado por los bancos centrales para que los bancos comerciales rellenen sus agujeros contables, busca inversiones de alta rentabilidad para sostenerse en la nada de su origen. Un 10% de media en las inversiones habituales no es suficiente, de ahí que se lancen al sector que ven más dinámico, ese sector es a día de hoy la defensa, eufemismo que quiere decir la guerra. La guerra es una inversión segura, pues supone crear destrucción que luego habrá que reconstruir. Invertir en armamento, inteligencia militar y otras industrias anejas, no deja de ser un acto performativo, pretende crear aquello que propone. Sin inversión militar no hay guerras y sin guerras no hay inversión militar. Esto es lo que vemos que está sucediendo en 2017, la rentabilidad de los mercados es demasiado escasa para tanto dinero que hay en circulación sin base material y que busca crear su propia realidad. Eso explica el 31.5% de aumento del sector de la guerra en diez meses, una rentabilidad estratosférica que solo tiene dos salidas: o hay guerra a gran escala para materializar las inversiones, o revienta la burbuja y el dinero salido de la nada a ella regresa. Ambas salidas son malas, pero, qué queréis que os diga, prefiero la segunda, aunque me temo lo primera.

lunes, 16 de octubre de 2017

La (i)racionalidad de los mercados financieros

El mes de octubre es un mes muy señalado en la larga historia de las crisis financieras del capitalismo, especialmente en el capitalismo globalizado. La crisis de 1929 fue en octubre, después tuvimos un largo periodo de calma financiera tras la aplicación de las políticas keynesianas de control de las finanzas y la economía en general, pero los ochenta son otra vez los años de la fiesta, así les llaman los brokers. Para ellos es fiesta el hecho de que no haya controles y que todo el mundo pueda especular a sus anchas, generando grandes riquezas que, por definición, las acumulan unos pocos. Ahora bien, esas riquezas tienen su contrapunto: la pobreza generalizada, sea de los habitantes del planeta o sea de la misma naturaleza. Generar riqueza por especulación es una forma de robar a las generaciones futuras y al propio planeta.

El mes de octubre, decía, es un mes señalado en el calendario del capitalismo neoliberal. Tenemos varias crisis recurrentes que se han producido en octubre: 1987, un año después del big-bang day (el 27 de octubre de 1986 es llamado así porque fue el día en el que empezaron a actuar de forma conjunta los distintos mercados financieros internacionales, bajo el aupicio de la ínclita Margaret Thatcher), ya tuvimos una crisis financiera, también en 1996 y en 2000, así como la última hasta la fecha de 2008. No voy a entrar en las causas de que sea este mes, porque eso nos llevaría a una larga digresión sobre funcionamiento de las financias y cuestiones psicológicas que no nos interesan de momento. Lo que interesa es que de forma recurrente, el neoliberalismo capitalista genera crisis financieras que afectan a la economía. No se trata de un elemento que podamos obviar, pues es algo consustancial a la propia organización. Sin embargo, siempre, absolutamente siempre, cuando llega una recuperación tras la crisis, los expertos, y el público en general, piensan que fue la última. Así lo han estudiado dos grandes economistas, Carmen M. Reinhart y Kenneth S. Rogoff en una obra imprescindible para entender lo que viene: Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera. Ahí estudian cómo cada vez que llega una recuperación, todos los gurús económicos afirman que ya no volveremos a la crisis y que se inicia, invariablemente, un proceso que suelen denominar como círculo virtuoso. Así lo podemos leer en el comunicado de prensa del FMI del pasado 14 de octubre.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Por el so(en)terramiento del AVE

Son muchos los años que los vecinos de Murcia, sobre todo los afectados, vienen pidiendo el soterramiento de las vías del tren a la entrada a la estación de El Carmen de Murcia. El trazado de la vía divide una parte importante de la ciudad y supone un peligroso punto de paso que ya se ha cobrado muchas vidas. Esta reivindicación es legítima y debería haber sido atendida hace mucho tiempo, pero los distintos gobiernos, de ambos signos pero con preponderancia del Partido Popular tanto en el gobierno regional como en el nacional, han hecho oídos sordos. Es más, podemos decir que se han reído de la gente al hacer promesas, generalmente electorales, que nunca se han cumplido. Se aplica aquí el dicho popular de "prometer hasta meter", la papeleta en la urna. Con esto ha sucedido en Murcia como con el agua para todos, que más bien ha sido un agua para tontos. Sin embargo, estas mentiras constantes de los políticos deben pesar en el haber de una ciudadanía, la murciana, pasiva y complaciente, que ha llenado las urnas a la par que se vaciaban las arcas públicas. Habría que pensar que cuando doy mi voto adquiero la parte alícuota de responsabilidad y culpabilidad por las políticas aplicadas por el partido elegido. Dicho en román: tenemos lo que nos merecemos.

Pues bien, la cuestión del AVE a Murcia es una más de las muchas en las que el gobierno de la nación nos ha ninguneado de forma sistemática y se ha reído de nosotros sin ningún miramiento. Somos la séptima ciudad de España y aún no tenemos AVE, mientras ciudades que apenas cuentan con el 10% de la nuestra lo tienen desde el principio. Se nos prometió tarde y se nos ha proyectado mal. El AVE a Murcia llegará desde Alicante, no desde Albacete, un rodeo de 100 Km que alarga innecesariamente el trayecto. Murcia no ha merecido un AVE directo aprovechando la línea tradicional que nos une con Madrid. Para ir a Madrid desde Murcia en AVE habrá que pasar por Alicante, Albacete, Cuenca y la provincia de Toledo. Un recorrido de 2 horas y media, dicen, que da un rodeo significativo. Un AVE Murcia-Madrid directo apenas tardaría una hora y media. Y con esto nos hemos conformado. Nuestros políticos, todos, lo han apoyado, por ser la única opción de que llegue pronto, aseguran, a Murcia. Este AVE es un despropósito que además entrará a Murcia en superficie, perpetuando la división de la ciudad y convirtiendo la zona sur en un gueto extra muros.
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