viernes, 14 de diciembre de 2018

Jesús de Nazaret, ¿el bastardo?

No hace mucho que llegó a mi escritorio una obra que va a dar mucho qué hablar: La invención de Jesús, de Fernando Bermejo Rubio, probablemente el historiador sobre Jesús más incisivo en el panorama mundial. En Carthaginensia, revista del Instituto Teológico de Murcia, saldrá una recensión amplia con mi crítica a la obra, pero ahora me interesa recoger un aspecto de su propuesta que es del máximo interés para la investigación. Con gran tino, Bermejo desmonta la valía de los famosos y caducos "criterios de historicidad" que hasta no hace mucho han servido para determinar qué era histórico en los relatos evangélicos. Son criterios como el de atestación múltiple, el de dificultad, el de rastro del arameo, etc., que surgieron con la intención de rastrear los hechos históricos verídicos que se ocultan tras los escritos evangélicos, que bien sabemos que responden a un momento histórico distinto al de Jesús, cincuenta años posterior al menos, y a las preocupaciones de las comunidades que los crearon y para los que fueron escritos. Bermejo sustituye estos criterios por lo que denomina como paradigma indiciario. Se trata de un método más apropiado para intentar rasgar el velo que oculta la historia tras los textos. Dos elementos hay en este paradigma. El primero es el patrón de recurrencia, que una idea se repita en un mismo evangelio o en varios de ellos. Si esta idea se repite tiene visos de verosimilitud histórica. Ahora bien, esta idea debe ser coherente con el contexto histórico que conocemos de la Palestina del siglo I. El segundo es el material embarazoso que a pesar de serlo está manifiesto en el texto, como pudo ser la crucifixión o el bautismo de Jesús en el Jordán para el perdón de los pecados. 

Acabo de citar los dos ejemplos más claros de indicios que nos hablan de hechos históricos con toda seguridad. Son dos hechos recurrentes en los evangelios, en los cuatro, y son hechos embarazosos, problemáticos. Una vez separado el cristianismo del judaísmo tras la destrucción del Templo por los romanos, no tenían ningún incentivo para presentar a Jesús como lo que fue, un subversivo ajusticiado por Roma en la cruz. Además, iniciado el proceso de divinización en las comunidades se hacía difícil comprender porqué Jesús fue bautizado por Juan en un bautismo para el perdón de los pecados. Luego, estos dos hechos son absolutamente históricos. A partir de estos hechos seguros, podemos ir reconstruyendo otros que, si además cumplen con la recurrencia, con el contexto y con la problematicidad, nos permiten crear una imagen real del Jesús histórico. Hay bastantes indicios de este tipo, pero quiero centrarme ahora en uno que a mi modo de ver arroja mucha luz sobre el proyecto de Jesús, el Reino de Dios. Se trata del nacimiento de Jesús como hijo ilegítimo.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Ricos precarios

Nunca antes había habido una civilización que idolatrara a los ricos en tanto clase social e individuos concretos como la sociedad actual. En las civilizaciones anteriores encontramos que la riqueza en las élites es una consecuencia de su valor, nobleza, inteligencia o, simplemente destino: los dioses los han tocado para gobernar y poseer las riquezas. Sin embargo, no se idolatra la riqueza en sí, sino que se respeta la posición. Ser rico era una consecuencia, no la causa de la posición social. En la sociedad moderna, desde el siglo XV, comienza a venerarse la riqueza por sí misma y a los ricos por serlo, no por las dotes personales, las capacidades demostradas o los valores que transmiten. Todo esto, dotes, capacidades o valores, es secundario. Una vez que son ricos llega la legitimación de esa posición por aquello que poseen como personas o que supuestamente ofrecen a la sociedad, cosas como puestos de trabajo, invención de cachivaches tecnológicos o creaciones artísticas sublimes, por poner unos ejemplos. La maquinaria de legitimación social de la riqueza acumulada por los ricos funciona a la perfección, de tal modo que se ha creado como una nueva nobleza, no a partir de las victorias en el campo de batalla o las proezas sociales obtenidas, sino desde la mera y simple posesión de riquezas, ya sean estas obtenidas con el esfuerzo propio, ya por el robo y la extorsión o bien por la pura y nuda suerte. 

Una de las causas de este cambio en la percepción social de las riquezas y los ricos hay que buscarla, al decir de Peter Brown, en San Agustín, quien habría modificado la posición cristiana frente a los ricos, pasando del radical “es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja…” a una visión más utilitarista de la riqueza: la riqueza se legitima en función del uso. Sin embargo, la posición de la Iglesia no se vio alterada a lo largo de la Alta Edad Media. La postura de Santos Padres como Ambrosio, Basilio, Gregorio de Nisa o el sobresaliente Juan Crisóstomo (el rico es ladrón o hijo de ladrón) será la  norma en la consideración de la riqueza acumulada en algunos, que siempre es fruto de la injusticia y que no puede ser legitimada desde ningún punto de vista. Es el advenimiento del incipiente capitalismo en los siglos de la Reforma el momento crucial para este cambio. Juan Calvino dará las claves para una valoración positiva de las riquezas y de los ricos. Dios, en su infinita sabiduría, habría predestinado a unos a la condenación y a otros a la salvación. El hombre no puede saber si ha sido predestinado a lo uno o a lo otro, pero existen signos externos que pueden indicarlo, uno de ellos es la riqueza. Si te haces rico es porque Dios te ha predestinado a la salvación. Ser rico es el signo visible de la salvación; ser pobre, por tanto, lo es de condenación. Como dijera Max Weber, el protestantismo está en la base del espíritu del capitalismo. 

viernes, 19 de octubre de 2018

Más allá de la magia y el milagro en la sociedad hipertecnificada

Cuando el mundo occidental tomó el seguro camino de la ciencia para controlar la realidad, predecir las consecuencias de la naturaleza y poner a su servicio las fuerzas que gobiernan el mundo natural, abandonó, o quiso abandonar, los dos caminos por los que trastabillaba la humanidad desde sus mismos albores: la magia y el milagro. La magia, de forma extendida en todas las culturas, es el resultado de creer que hay fuerzas ocultas que gobiernan la naturaleza y que pueden ser puestas al servicio de aquellos que encuentren algún tipo de mediación o de médium, en este caso el mago, que es capaz servirse de su poder. El milagro, en su acepción común, ruptura puntual de las leyes naturales, es una versión institucionalizada de la magia, pero en la tradición cristiana se ha entendido como la irrupción de la fuerza divina que causa una ruptura en el mundo natural, de tal manera que el milagro está asociado con la intervención arbitraria de Dios en la naturaleza o en la vida de las personas. Magia y milagro, en el sentir común, apenas se diferencian, y son dos formas de enfrentarse a nuestra falta de conocimiento de lo real o al misterio que inevitablemente está presente en nuestro mundo. La ciencia habría tenido la pretensión de desterrar esta visión de la realidad tachada de supersticiosa e implantar una imagen del mundo cabal y, como no, racional. Pero, tal espuria pretensión no es sino la expresión de la hybris denunciada en el capítulo segundo del Génesis, cuando el conocimiento absoluto se convierte en tentación factible.

Paradójicamente, la sociedad posmoderna hipertecnificada está más cerca de la magia y del milagro que de la ciencia. Es como si el millón de años largo de evolución del homo sapiens le hubiera dejado la marca de una necesidad imperiosa de hallar sentido a cualquier precio, aunque este sentido que encuentra no sean más que meras suposiciones extraídas de cábalas que conectan unos hechos con otros creando la ilusión de la causalidad, como bien dijera David Hume. En los genes de la humanidad está tan inscrita la necesidad de alimentarse y reproducirse como la de crear mapas de sentido para explicarse la realidad, es decir, la metafísica. Frente al mundo que nos aporta la ciencia de hoy, quizás demasiado aséptico, incluso aterradoramente vacío, el ser humano reacciona repoblándolo de seres ocultos y fuerzas ignotas que serían las que en verdad rigen nuestras vidas. No otra cosa está detrás de la proliferación de casas de juego online y de múltiples templos de la suerte; la magia y la espera del milagro personal hacen estragos entre los mortales cuando se enfrentan al sinsentido de un mundo hosco y frío.

lunes, 15 de octubre de 2018

La muerte de una estrella

Todo en el Universo está sometido a un ciclo de creación-destrucción-creación. Los materiales que hoy componen la Tierra nacieron todos de la muerte de estrellas tras agotar su combustible y explosionar como supernovas. Este proceso permite que el Universo evolucione, de forma que de los átomos más simples de hidrógeno puedan surgir, por reacciones nucleares en el interior de las estrellas, nuevos átomos más complejos, en un proceso que dio origen a todo el oxígenos, carbono o hierro que hay hoy en el Universo, y que aún se sigue dando. Por eso nuestra estrella, el Sol, también participa de este proceso. Su vida se estima en unos 5000 millones de años, en los que ha consumido más o menos la mitad de su combustible. Aún le pueden quedar otros tantos millones de años antes de morir como estrella. Sin embargo, sabemos que a medida que gaste combustible, las capas externas del Sol se expandirán, de modo que su diámetro llegará hasta prácticamente la órbita de la Tierra. Engullirá primero a Mercurio, luego a Venus y también nuestro planeta. Cuando, al final, no quede más combustible, colapsará sobre sí mismo y generará una enorme explosión conocida como supernova. Tras esto, el Sol será poco más grande que la Tierra, con una luz muy disminuida, será una Enana blanca, o bien podría convertirse en un Agujero negro que lo engulle todo a su entorno.

Existen ciertas similitudes entre este proceso de una estrella como el Sol y nuestro sistema económico y social, el capitalismo. Mientras tiene combustible, es decir, materias primas, trabajo asalariado y mercados donde vender los productos, se expande de forma incontrolable, llegando a abarcar el planeta completo. Nada queda fuera de su alcance, sean océanos o bosques, o bien sean seres humanos y sus procesos reproductivos. A medida que crece necesita más y más espacio, llegando el momento en el que no queda sitio para nada más que un proceso infinito de creación-destrucción. Así lo demuestra la historia del capitalismo. En su primera fase, hasta mediados del siglo XX, conquistó todos los territorios posibles y creó un mercado mundial en el ámbito de dominio de las potencias capitalistas. Hacia los años sesenta se vio claro que el capitalismo estaba llegando a sus límites físicos, como bien lo predijo el Club de Roma y su informe sobre Los límites del crecimiento, de ahí que comenzara una guerra para incluir aquella parte del mundo que aún se le resistía: La Unión Soviética y su órbita, China, y algunos lugares de Asia y África. Esta segunda fase concluye con la creación de un capitalismo global que no deja resquicio para nada que no sean relaciones de mercado, productivismo, consumismo y destrucción generalizada. La tercera fase comienza en 2001, cuando se hace evidente que la energía necesaria para mover esta monstruosa máquina de demolición escasea y que pronto será imposible sostener un sistema basado en el despilfarro de energía. En esta fase hay dos elementos sustanciales: uno es la financiarización del capitalismo, que se había iniciado tímidamente en los noventa, el otro el establecimiento de una guerra constante por los recursos. Con la financiarización se consigue la ficción de la creación de plusvalía sin necesidad de una producción material, con la guerra se destruyen los territorios ricos en recursos para, de un lado poder extraerlos con facilidad y, de otro, evitar que sus legítimos propietarios los consuman. Las guerras de Irak, Libia o Siria se producen dentro de esta lógica.

jueves, 27 de septiembre de 2018

La conversión de los lobos


Cuentan que el hermano Francisco andaba por la comarca italiana de Gubbio cuando supo de un feroz lobo que atacaba tanto animales como personas. Movido por su compasión, tanto por las personas como por los animales, el poverello se acercó al lobo y lo amansó. Algunos relatan que aquella fiera vivió en la comarca hasta que murió de viejo sin molestar a nadie más. De todos es conocida la pasión de Francisco de Asís por todo lo creado, porque todo le hablaba del Creador de todas las cosas y así, por medio de lo creado, Francisco era capaz de amar al Creador. Todo lo creado es fraternidad porque nace de la misma entraña divina que se identifica por el amor de comunión, de ahí que el sol y la luna, el agua, el aire y las nubes, las flores y hierbas, llevan significación de Dios mismo. El Universo entero es un canto de comunión que nos lleva a la fraternidad universal, no solo de los seres humanos, sino con todo ser viviente y con el no viviente. Por eso, Francisco pudo amansar al lobo, porque en el lobo anida el mismo amor creador que en el resto de las criaturas y el Universo entero, es cuestión de actuar y sentir con ese amor de comunión que es capaz de transformar la realidad para que sea lo que Dios quiso en el origen. Encontramos aquí los ecos del profeta Isaías: “Pastarán juntos el lobo y el cordero, el león comerá paja como el buey y la serpiente se alimentará de polvo. No habrá quien haga mal ni daño en todo mi monte santo”. Cuando el amor misericordioso de Dios impregna el Universo y rebosa los corazones, entonces nadie ni nada hará daño.

miércoles, 29 de agosto de 2018

La sociedad de 'descartes'

Pronto comenzará el curso y volveré a impartir la Historia de la Filosofía Moderna, una de las que imparto con más gozo, pues me permite repasar de forma periódica los pilares de este mundo en que vivimos, que sigue siendo moderno aunque sea con el prefijo que lo determina, el tan manido post. Y, además, me da un privilegio inmerecido. Puedo influir en la formación de unas mentes que están empezando a transitar por los vericuetos de la filosofía como modo de preparación a la teología, de ahí que mi docencia siempre tenga presente que la filosofía tiene una función ancilar, sea para la teología o sea para la misma vida, aplicando la máxima latina, primum vivere, deinde philosophari. O, como me gusta insistir, compartiendo la idea de Hume, la razón, en este caso la filosofía, debe estar al servicio del ser humano completo. Filosofar siempre es un momento segundo, lo primero es vivir.

En la asignatura hay un momento nuclear que es el pensador francés René Descartes. Para mí es, además, el anclaje para una crítica de la Modernidad en lo que tiene de construcción de un mundo donde el ser humano es capaz de destruirse a sí mismo y al medio que le rodea. Con Descartes tenemos el surgimiento del hombre moderno, el hombre que se construye a sí mismo y que es el creador de la otredad desde la mismidad. Hasta Descartes, el ser humano se sabe en deuda con lo otro de sí: con el mundo natural, con los otros y, principalmente, con Dios. Sabe que su ser es debido, sea un don o una deuda, pero no se lo debe a sí mismo. El ser humano previo a Descartes no puede entenderse sin lo otro. Ni Galileo ni Newton fueron capaces de salir de esa 'deuda' de todo ser humano con lo otro. Sin embargo, Descartes sí es capaz de fundar su existencia en sí mismo, sin necesidad de nada fuera de él. Es más, su existencia tiene una dimensión puramente intelectiva (Je suis une chose qui pense), la materialidad no es más que fuente de confusión. Lo sentidos le engañan, la realidad es más una ilusión, pues un genio maligno puede haber producido todo eso para que él crea que existe y sin embargo no ser real. Es decir, Dios puede haber creado una especie de ficción virtual para que tú creas que es real y que vives. Para salir de todo este marasmo solipsista, Descartes recurre a su conciencia: yo que dudo, pienso, si pienso existo. el cogito se asienta sobre el dubito. He aquí el fundamento del pensamiento cartesiano sobre sí mismo y la realidad. Las consecuencias son de tal gravedad que se extienden como un seísmo por toda la Modernidad. Hay una página magistral, que siempre leo a mis alumnos, donde Descartes saca las consecuencias de la autogeneración del cogito. Cuando ve gente pasar por la calle desde su ventana, él no sabe si son personas o no lo son. Ve capas, gorros, guantes, pero no ve personas. Solo son personas en el momento en que él hace un acto  de afirmación de su personeidad. Es decir, son personas cuando y porque él lo decide. Podrían ser autómatas, llega a decir, pues no sabe, sus sentidos le pueden engañar, el genio le puede engañar. Es solo el acto de afirmación del cogito el que crea a los otros como seres humanos. Dicho de otra manera, la otredad queda constituida desde la mismidad y no al revés, como había sido hasta Descartes y como indica el sentido común.

domingo, 5 de agosto de 2018

El nacimiento de la vida: cráteres, cianuro y luz ultravioleta; la kénosis divina.

Cráteres volcánicos, cianuro y luz ultra violeta. Estos son los tres elementos que se necesitaron para generar la vida en la Tierra primitiva. Justo todo lo contrario que hoy permitiría esa misma vida. La vida superior muere al contacto con el cianuro; la luz ultra violeta puede producir mutaciones genéticas que desvirtúan la vida; los cráteres volcánicos no son el lugar más adecuado para el desarrollo de seres vivos superiores. Sin embargo, según el estudio publicado en Investigación y Ciencia de agosto de 2018, esos elementos fueron imprescindibles para el surgimiento de la vida. Los cráteres volcánicos de hace 3.800 millones de años fueron el lugar adecuado para que la lluvia disolviera el cianuro de hidrógeno que los rayos creaban con el hierro. Esta mezcla del cianuro y del hierro, catalizados por los rayos ultravioletas, va a generar los distintos compuestos químicos que permitan la aparición del ARN en aquellos minilagos de los cráteres volcánicos. La luz ultravioleta, por tanto, será la que permita la catálisis del cianuro en azúcares que permitan la aparición del ARN, ayudados por el fosfato. Una vez que tenemos esta 'sopa primordial' ya es posible el surgimiento de la vida. Una vez creado el ARN, este pudo quedar encerrado en vesículas de ácidos grasos que tienden físicamente a generar estructuras esféricas, por su propia naturaleza. Basta con que por puro azar se creen en distintas ocasiones estas vesículas con ARN para que la vida se desarrolle, porque ya tenemos los dos elementos principales: un contenedor y un contenido capaz de la replicación; he ahí la vida en su estadio más esencial: algo capaz de replicarse. Aún falta la perdurabilidad y la evolución, pero eso llegará con el ADN en un momento posterior y casi necesario. Ya tenemos la vida en la Tierra y eso hace unos 3,8 mil millones de años. Desde ahí ya es historia, porque las leyes de la evolución hacen el resto.

Esta explicación de Jack Szostak, catedrático de genética de Harvard, es más plausible que la de Nick Lane, que expusimos aquí en 2016. Según la propuesta de Lane de que la vida surgió en las fumarolas submarinas alcalinas, se necesita que la Tierra se llene de agua, que la vida invada la Tierra y que luego se extienda a todo el planeta. La hipótesis de Szostak es más sencillla, cumpliendo con la navaja de Ockam, y permite explicar el surgimiento de la vida temprana. Una vez enfriada la Tierra, en los cráteres volcánicos se acumula lluvia con los elementos primordiales, el cianuro de hidrógeno y el hierro. Estos elementos son bombardeados por los rayos de las tormentos y la luz ultravioleta que no tiene oposición en la atmósfera al carecer de ozono. Esto permite que se combinen para que surjan todos los elementos necesarios para el surgimiento de los aminoácidos esenciales que componen el ARN. Por pura combinación se crea este elemento esencial para la vida y es cuestión de tiempo que surja el ADN. Los aminoácidos generan lípidos de forma natural. Estos lípidos, por su naturaleza, tienden a producir estructuras esféricas, encerrando dentro lo que el azar ponga a su alcance. Fácilmente podría estar a su alcance, en lugar tan delimitado, el ARN generado previamente. Una vez que se ha encerrado ARN en un contenedor lipídico tenemos la protocélula. El siguiente paso es que el ARN produzca ADN y éste permita la división de esta mórula inicial. Es cuestión de tiempo y el tiempo no era algo de lo que faltara en la Tierra primitiva. Una vez divida la célula ya no hace falta nada más. Tenemos la vida en la Tierra y la evolución hará el resto.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Trabajo, capitalismo y niños


Hace ya más de diez años que un chico chileno, estudiante de medicina, se presentó en mis clases sobre crítica de la globalización posmoderna desde la perspectiva cristiana. Recuerdo que llegó y se sentó, atendió las dos horas de clase y se marchó. La semana siguiente hizo lo mismo y así durante casi todo el curso. Cuando estaba por finalizar el curso se me presentó y me comentó que andaba buscando cómo integrar su fe en un mundo que se exponía a la injusticia y que las clases le habían servido. Entablamos una buena amistad en breves ratos de conversación y al cabo de un tiempo marchó a Alemania para trabajar con su esposa. De Alemania se marcharon a Brasil y de allí a Chile, donde hoy viven con sus tres hijos. Mantenemos un contacto esporádico, pero siempre estamos presentes. René Cea Valencia, de cuando en cuando, me envía sus reflexiones, reflexiones de un creyente en medio de un mundo extraño. Dejo aquí su última misiva. Son temas que en este espacio he tratado y con los que me identifico. Sobre todo me interesa su mirada desde la otredad de Europa, desde la otredad del mundo enriquecido, desde el "reverso del ser", como diría Moreno Villa en la línea de Dussel.

Reflexión sobre el trabajo infantil. Inspirado en la película “la Librería” de Isabel Coixet y en una zapatilla Nike.

Pienso que el trabajo humano surge como expresión de su espíritu, en el sentido que este le permite relacionarse, realizarse, ubicarse, sostenerse, concretarse como ser con y dentro de su mundo. Bajo esta perspectiva optimista y “humana” del trabajo, bien podría aceptarse que un niño incursionara en actividades laborales y que colaborara tempranamente por ejemplo en obtener los recursos para el funcionamiento de su familia.

Pero es probable que la realidad actual sea otra. El trabajo más bien aparece como una guerra contra las personas.  Cito a Santiago Alba rico:   
El capitalismo no es, como pretenden sus economistas, un régimen de intercambio generalizado sino un sistema de destrucción generalizada; consiste en una guerra ininterrumpida al mismo tiempo contra los hombres y contra las cosas. A la guerra contra los hombres la llaman trabajo, a la guerra contra las cosas la llaman mercado; y lo que llamamos convencionalmente “guerra” – con sus bombardeos, sus incendios, sus víctimas mutiladas y sus escombros- no es más que una forma rutinaria de ajustar el trabajo y el mercado”.

Es en este escenario que me surgen dos hipótesis para intentar entender el juicio que en nuestro medio recae sobre el trabajo infantil.  La primera es que la crítica al trabajo infantil aflora producto de una dignidad desafiada al extremo; si los adultos son inevitablemente víctimas de esta despiadada guerra, por favor, al menos, no ataquen a nuestros niños. La segunda es que existen intereses espurios forjando la crítica, y al levantar el juicio al trabajo infantil y condenarlo, se busca en el fondo legitimar la propuesta capitalista del trabajo, la destrucción generalizada del ser humano, formalizando una normalidad impuesta e impidiendo así su crítica profunda, tal como la espeluznante crítica al nazismo* permite hoy en día al ciudadano alemán asumir las inmigraciones africanas dentro de una normalidad multicultural que anula definitivamente la crítica a la cruda y así encubierta guerra contra las diferencias. En este contexto es tan brutal discriminar a un negro o hacer trabajar a un niño que, al juzgarlo y condenarlo, pareciera desaparecer o anular cualquier posibilidad de racismo o esclavitud.
Pienso que tal vez haya algo de las dos hipótesis. En definitiva, poco espíritu en nuestras labores. Tal como Florence Green, habrá que esmerarse en no asumir la normalidad y reclamar dignidad, para que al fin los niños puedan seguir trabajando. 


*(Pienso que el nazismo es una guerra, de cierta forma, a favor de las diferencias. El pos-nazismo posmoderno, por decirlo de alguna manera, es una guerra contra de las diferencias. Tras ver las barbaries cometidas, habrá que negar la otredad, ahora somos todos iguales; eso es la guerra contra las diferencias. De una forma u otra, el problema no son las diferencias, lo que sobra es la guerra. Tras ver las barbaries cometidas, concluimos que las diferencias existen y hay que asumirlas con respeto.) 

jueves, 26 de julio de 2018

La banalidad de la corrupción


En la era de la postverdad no es cuestión menor definir los términos de un debate, pues así evitaremos que se pretenda una resignificación que vacíe de contenido la crítica que podamos hacer[1]. Hemos definido la corrupción en otro lugar siguiendo a la Real Academia de la Lengua y a Transparencia Internacional como “el abuso de poder otorgado para obtener un beneficio privado” y “en las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores” (La corrupción no se perdona, Madrid 2017, 23). Ampliando ahora esta definición para abundar en el sentido de bien común privatizado, nos acercamos a su etimología. Si analizamos la palabra en latín es corruptio, término compuesto de un prefijo, com, asimilado a cor, que significa conjunto, global, común; una raíz, rumpere, que significa destruir, hacer saltar o romper; y un sufijo, tio, que significa acción o efecto de. Si lo unimos todo, el significado preciso es la acción de romper lo común, o, en otros términos, la corrupción es la destrucción del bien común, por supuesto, en beneficio de un lucro privado.

Como vemos, la corrupción es, en esencia, la privatización o apropiación privada o privativa de los bienes comunes, sociales, colectivos o públicos. Esta apropiación se puede llevar a cabo de muchas maneras, ya sea mediante el robo, el fraude y la estafa, o mediante el soborno o el clientelismo. Pero, la forma sistémica con que se ha llevado a cabo por el neoliberalismo en las supuestas democracias liberales nos lleva a una estructura corrupta que ha puesto los bienes comunes al servicio del lucro privado de las élites, las corporaciones y las oligarquías, destruyendo a su paso las estructuras políticas y jurídicas que permitían hablar de bien común en las democracias liberales. No es casual, como reconoce Labaqui (2003: 2) que “durante los ’90 se produjo una verdadera irrupción de la corrupción. Tanto en países en desarrollo como industrializados…”. Sin embargo, este autor no saca las consecuencias del hecho de que los noventa sean los años de implementación del neoliberalismo y achaca la corrupción al subdesarrollo de la libertad económica. Por otra parte, Sui, Feng y Chang (2017) analizan la corrupción en 107 países entre 2002 y 2013 y llegan a la conclusión de que hay una correlación, un contagio dicen ellos, de la corrupción entre países que están en la misma zona geográfica e, incluso, que tienen el mismo PIB. Esto nos dice, claramente creemos, que la corrupción depende del modelo económico aplicado. La revisión de este trabajo citado nos permite ver que los países donde se extiende la corrupción coinciden en el modelo económico y difieren en cultura, tradición y costumbres. No podemos estar de acuerdo con el magnífico texto de Warren (2005), cuando afirma que la extensión de la democracia y el control de la sociedad civil son el antídoto contra la corrupción, que, según él, sería “el mal comportamiento de la política”. No es así, la corrupción depende de las estructuras ideadas por el neoliberalismo y que ha infiltrado la democracia. No puede ser la misma democracia quien elimine la corrupción cuando ella es corrupta. Los datos de España que aporta González Sanz (2013) apunta en la misma dirección que nosotros estamos proponiendo. La corrupción aumenta en España a partir de la aplicación de las políticas neoliberales más duras, es decir, desde 1996 en adelante, cuando España genera la burbuja de la construcción que debilitará las políticas sociales y creará en la ciudadanía el humus necesario para aceptar la corrupción como una forma natural de acción política y social. Ahora bien, debemos analizar cómo llegamos a esto.

domingo, 17 de junio de 2018

La era de Aquarius

"Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia", dice San Pablo (Rom 5, 20). Donde los Estados europeos actúan con criminal indecencia, las organizaciones de la sociedad civil aportan la misericordia y justicia que nos permite seguir reconociéndonos como miembros de la humanidad. Esta nueva Italia, la del neofascismo, ha demostrado ser capaz de dejar a su suerte a 629 personas recogidas por una organización humanitaria en medio del Mediterráneo. Decidió cerrar sus puertos al barco salvador para dar una imagen de fortaleza ante los votantes que han aupado a partidos demagógicos, pues saben bien que incumplen el derecho internacional negando la asistencia a personas recogidas de un naufragio. No pueden hacerlo, pero dan la imagen de fuerza ante los débiles, que es justo lo que les aporta votos. La demagogia, que no populismo, es la estrategia de estos partidos, pues bajo mano cumplen sus obligaciones, pero vociferan exabruptos contra los emigrantes. Son los mismos que aquí en España hablan del tan manido "efecto llamada", una indecencia moral que no son capaces de sostener en privado, pero que airean en público para arañar votos entre los incautos afectos a causa tan peregrina como cerrar las fronteras al sufrimiento y al hambre, es decir, poner puertas al campo o diques al océano.

Doy gracias a estas organizaciones que se esfuerzan por sostener la humanidad de una Europa que ha perdido sus referencias morales más profundas, ancladas en la Iglesia católica y la Socialdemocracia alemana, pilares intelectuales fundadores de la Unión Europea tras la Segunda Guerra Mundial. Son las personas, no los Estados, las que toman como obligación poner en práctica los valores que han conformado este territorio con milenaria tradición y cuna de grandes culturas que aún hoy configuran nuestro mundo. Los Estados se han plegado a los intereses del capital transnacional que está en guerra contra el Planeta y contra la humanidad. Las personas debemos tomar la bandera de la civilización contra la barbarie de los intereses mezquinos de las grandes empresas y las élites globales. Por eso, estamos de enhorabuena cuando un gobierno como el actual español rompe la lógica que impera en los Estados europeos y da acogida a un grupo de seres humanos necesitados. Importa poco la motivación, importa que esa decisión ha cambiado el tablero de juego, ha forzado a Italia a aportar dos barcos para transportar y Francia ha ofrecido su colaboración para acoger personas del Aquarius, nombre con reminiscencias hippies del barco salvador.
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