miércoles, 16 de agosto de 2017

La verdad libera, pero no salva.

La verdad del mundo se muestra en medio del sufrimiento. Como entendiera San Pablo, en la cruz de Jesús se hace patente aquello en lo que los hombres han convertido el mundo: un lugar de sufrimiento injusto para quienes se proponen vivir la plenitud que Dios quiso para todos los seres humanos. Pues, mientras unos pocos viven en medio de los lujos más obscenos, millones, miles de millones han de sufrir las carencias más lacerantes; estas carencias son el reverso dialéctico imprescindible para aquellos lujos. El lujo eterno de unos pocos, del que habla Lipovetsky, es la imagen especular invertida de la miseria infinita de la mayoría. Por este motivo, y solo por este motivo, la cruz es el camino de salvación. La verdad, nos dice Pablo, libera, pero no salva, nos salva la cruz, porque en ella comprendemos la verdad, que es la mentira de este mundo construido por los seres humanos, porque ahí se expresa el amor más profundo que el ser humano puede experimentar: el amor comprometido hasta la entrega suprema de la propia existencia.

Ahora bien, ¿qué significa la salvación y qué significa la entrega suprema? Para los seguidores de Jesús de Nazaret, la salvación es lo que Jesús vivió. Nos salva su experiencia extendida a través del tiempo por sus seguidores en cualquier lugar del mundo. En Jesús, los primeros seguidores y las comunidades creadas después por ellos, experimentaron la respuesta de Dios ante lo que tipificaron como el pecado de este mundo. Se trata de lo que hoy llamamos la injusticia. El pecado del mundo es que pudiendo vivir todos en fraternidad universal, lo hacemos en lucha constante por el dominio. La sociedad se estructura mediante una ruptura entre una élite que se apropia de la mayoría de los bienes sociales y el resto que ha de pelear por obtener una parte mínima. Esto lleva a una violencia estructural que genera la injusticia y, como advirtiera Pablo, encubre la mentira, pues la mentira es el recurso estructural del orden injusto para legitimarse ante los seres humanos.

La salvación que experimentamos en Jesús, siguiendo la tradición hebrea, es que el orden del mundo puede guiarse por una fraternidad global. Ser salvo es estar en comunión con un orden social y natural fraterno; es no caer en la lucha por el dominio o, como se diría hoy, por la hegemonía; es vivir la plenitud de la existencia en armonía con la naturaleza y en paz social, pero una paz que, como dice la Escritura, brota de la justicia, no de la imposición, como es la pax romana que padeció Jesús y en cuyo altar fue crucificado. De esta manera, la cruz es la patentización suprema de la injusticia estructural que somete por la violencia a la mayoría de las personas y a la naturaleza para que unos pocos que rigen los destinos humanos pueden vivir según sus apetencias, no según la fraternidad universal.

miércoles, 28 de junio de 2017

Tohu wa vohu. Caos y desolación.

La acción política está determinada por las circunstancias. Se suele decir que la política es el arte de lo posible, no de lo que nos gustaría o de lo que desearíamos; deseos y gustos no pueden determinar la política, pues esta implica demasiados actores y demasiadas situaciones que escapan a la subjetividad de los implicados en la acción política. Esto ha sido así desde siempre, la política no está determinada, por desgracia, por la ética, por ninguna ética. Maquiavelo invitaba al príncipe que quisiera fundar un Estado a no tener ningún miramiento con deseos personales, a no ser que fueran los suyos propios, pues, dice, la naturaleza perversa de los hombres es el verdadero impedimento para la existencia de un Estado como tal. Desde esta concepción, la sociedad política solo puede existir si se aplacan los deseos individuales y si se someten las voluntades. De esta manera, lo que no sería sino un gran caos, se convierte en un Estado ordenado donde los hombres pueden vivir en paz. Así lo dicen Maquiavelo y Hobbes, pero también todos sus sucesores, aun hoy día. 

Sin embargo, en los últimos treinta años estamos asistiendo a la inversión del proyecto, al menos del proyecto nominal. En lugar de pretender crear un orden a partir del caos primordial humano, lo que constatamos es el empeño de crear un caos constante en el orden mundial con el fin último de que uno, y solo uno de los Estados perviva. No se trata ya de luchar contra la perversión natural del ser humano, sino de evitar que el anhelo de paz y armonía de otros Estados no perturbe la paz propia. No se trata de ir a la guerra para conseguir más recursos o riquezas, o bien para evitar un conflicto mayor, se trata de generar un estado de guerra constante que impida que otros consigan el estatus político que el imperio actual ha conseguido. Es decir, evitar que otros países tengan Estados que protejan a sus ciudadanos y sus recursos. Estados Unidos, como representante del Imperio Global Posmoderno, ha llegado a la conclusión de que solo puede subsistir si crea un espacio de caos social que impida que otros accedan a los recursos y se postulen como Estados con los mismos derechos que el Imperio. Para ello, lo primero era destruir el orden mundial instituido en Westfalia en 1648.

La Paz de Westfalia supuso el comienzo del orden mundial que ha regido hasta el 11 de septiembre de 2001. Aquel orden se inspiraba en cuatro principios: 1. Soberanía absoluto de los Estados-Nación; 2. Igualdad jurídica de estos Estados; 3. Cumplimiento de los tratados; y 4. No injerencia. Estos principios, aunque hayan sido violados de forma encubierta, han regido los destinos políticos de Occidente desde 1648 y han permitido la proliferación de Estados-Nación soberanos que respetan formalmente a otros Estados y no se inmiscuyen públicamente en sus asuntos internos. Este orden mundial se quedó muy pequeño a Estados Unidos, de ahí que el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano de los Neocons americanos proyectara remover todo lo que impedía a EE.UU ser la gran potencia que debía ser. Lo primero que había que remover es el mismo orden internacional y para eso fue necesaria su demolición controlada el 11 de septiembre de 2001. Mediante un atentado con bandera falsa, EE.UU se vio legitimado para saltarse ese orden internacional de más de trescientos años y atacar en invadir dos países que ni le habían atacado ni eran responsables de los hechos imputados. Estados Unidos se erigió en fiscal, juez y verdugo de los que él mismo determinó como sus enemigos. Roto este orden internacional podía permitirse crear uno nuevo, un orden unipolar con una realidad imperial en solitario que impusiera al resto del planeta lo que debía hacer. Pero este orden no tiene otra finalidad que el caos organizado.

lunes, 19 de junio de 2017

El nuevo (des)orden mundial

El big-bang day del nuevo (des)orden mundial debe ser considerado con total exactitud el 11 de septiembre de 2001. Los casi dieciséis años que han pasado nos permiten una perspectiva suficiente para poder atribuir a aquel evento el comienzo de un nuevo orden mundial que las élites extractivas globales dieron comienzo, que venía gestándose desde el 9 de noviembre de 1989, pero que tuvo su verdadero comienzo en 1947 cuando Hayek creó la Sociedad Mont Pelerin, nombre puesto en honor al monte suizo donde, desde entonces, se reúnen. Si ponemos todos estos acontecimientos en orden obtenemos un flecha que apunta directamente al orden mundial que se está gestando y que acabará, irremediablemente, en la destrucción de la humanidad tal y como le hemos conocido en los últimos quinientos años. ¿Cuál es la necesidad de este proceso en sentido hegeliano? Lo vemos en tres pasos.

En primer lugar, cuando Hayek reúne a los más importantes economistas liberales para "liberar" al mundo del keynesianismo, lo hace guiado por altas ideales, sí, pero también financiado muy bien por las corporaciones que ven como sus beneficios van a parar en buena parte al Estado que los utiliza para inversiones públicas y gasto social con el fin de paliar los males del crakc de 1929. La idea es ir creando un nuevo consenso económico y social alrededor de la ideología liberal, lo que después sería el neoliberalismo, sobre la escuela económica de Chicago. Desde esta universidad americana y los satélites que se crearán en otras a lo largo del mundo, como la facultad de economía de la Universidad Católica de Chile, se va a extender la ideología neoliberal que tiene tres puntales de apoyo. El primero es que lo público es malo, hay que privatizar tanto como se pueda. Lo segundo es que las leyes constriñen el desarrollo económico, hay que desregular la economía y, en general, la sociedad. Sin leyes, la riqueza fluye mejor. Y tercero, hay que reducir el Estado al máximo, por tanto, es necesario eliminar el empleo público y las funciones administrativas. Este proyecto se impuso como consenso económico y social en las décadas de los sesenta y setenta, hasta que se aplicó de forma sistemática desde la década de los noventa en el mundo entero.

Una vez implantado el proyecto en los departamentos de economía de Occidente y financiadas suficientes campañas de desprestigio del proyecto keynesiano, se hacía imprescindible un segundo paso. La tasa de ganancia, a pesar de revertir parte de lo público hacia las ganancias del capital, seguía en descenso y eso solo puede compensarse con la inclusión mercantil de una parte del mundo que estaba excluida de la rapiña capitalista: el bloque soviético. Tras quince años de embestidas y una nefasta gestión económica por parte de los gobernantes soviéticos, la experiencia del Socialismo Real se hunde y varios cientos de millones de personas y una enorme cantidad de recursos naturales quedan dispuestos para la explotación capitalista. Durante diez años se integró todo el bloque soviético en la economía capitalista, mientas que China, que aprendió en cabeza ajena, inició el camino al capitalismo por sus propios medios. Ahora sí que el capitalismo tenía todo el mundo a su disposición y la forma más rápida de crear beneficios y apropiarse de todo es mediante la especulación y las burbujas de todo tipo, que se sucedieron entre 1987 y 2001. Sin embargo, los recursos dieron muestras de sus límites y los beneficios también. Con una población de 6.000 millones a comienzos del siglo XXI y una perspectiva de 10.000 millones en 2050, el mundo está determinado hacia una carestía de recursos o una destrucción de la población. Aquí llega el tercer momento.

martes, 23 de mayo de 2017

La Caridad bien entendida

Se repite de forma cíclica la situación de hambrunas en África. Es como si hubiera caído una maldición sobre aquella tierra que le impide salir de la miseria y reiteradamente cae en los peores sufrimientos que puede soportar la humanidad. Lo vimos en 1984, en Etiopía, cuando millones de personas cayeron en la mayor hambruna que asoló la Tierra. Lo hemos visto en los noventa y ahora, en 2017 cuatro hambrunas amenazan con llevarse por delante a 20 millones de seres humanos. Son muertes, todas, evitables, porque no son causadas por una circunstancia sobrevenida (inundaciones, terremotos, etc.), lo son por circunstancias que desde hace una año viene denunciando UNICEF y otras ONG que trabajan en la zona. África no es un continente pobre, es un continente empobrecido. Es el continente más rico en recursos naturales, tanto del subsuelo como en la cobertura forestal. Posee las mayores reservas de oro, piedras preciosas y metales raros de todo el mundo. En África están los mayores bosques originarios y cuenta con las tierras más fértiles del Planeta, junto con abundante agua dulce. Entonces, ¿cuál es el motivo de estas hambrunas reiteradas? El motivo es, paradójicamente, su riqueza.

África ha sido un continente deseado y expoliado desde el siglo XV. El comercio primero fue el de esclavos, que hizo a Inglaterra la más poderosa nación de la Tierra. Después vino la colonización directa, aprovechando tanto los recursos naturales como la fuerza de mano de obra autóctona. Tras la descolonización vino la neocolonización. Las empresas transnacionales y los países enriquecidos se han apropiado de todo lo que tenga algún valor en África. Para que las riquezas africanas puedan ser saqueadas hay que evitar la constitución de estructuras políticas estables, de ahí que se incentiven guerras, golpes de estado e inestabilidad por doquier. Mediante la corrupción se controla a los políticos de los países formalmente democráticos y donde no se puede corromper a los políticos se monta una guerrilla "rebelde" que crea una guerra que impide el desarrollo del país. Otro motivo para destruir África es que si África se desarrollara al nivel de Europa, y eso sería algo sencillo pues poseen cien veces más recursos y son una población joven y relativamente escasa, África consumiría sus propios recursos y no podrían ser expoliados. Cuando un país posee grandes recursos, la forma de obtenerlos es destruir las estructuras políticas.

jueves, 18 de mayo de 2017

El silencio eterno de los espacios infinitos

Blaise Pascal, uno de los hombres más inteligentes de su época, ante la contemplación de la bastedad del Universo que apenas comenzaba a vislumbrarse, dijo aquella frase que ha tenido bastante éxito, por el hecho de ser pronunciada por un creyente: "me aterra el silencio eterno de esos espacios infinitos". Esta frase puede tener dos lecturas. La primera es la lectura escéptica: el silencio del Universo equivale al vacío divino. La Creación no habla de un Creador, sino todo lo contrario, nada hay en ella que nos permita afirmar la existencia de un sentido, de un proyecto, mucho menos de un Ser que lo haya proyectado. Dios no existe, sería la conclusión de esta primera lectura. Y esto, viniendo de un creyente, sería una paradoja, aunque una paradoja explicable en el pensamiento pascaliano, pues de ahí surgiría su famosa "apuesta". Hemos de apostar por la existencia de Dios porque no es evidente. Sin embargo, la segunda lectura creo que es la más adecuada al pensamiento de Pascal, porque no es un escéptico y porque su pensamiento intenta que los datos de la ciencia y la propuesta de la fe entren en diálogo. 

El silencio eterno de los espacios infinitos hace referencia al silencio de Dios ante las necesidades humanas. Dios no interviene en las cuitas de los hombres y ante el sufrimiento, por muy atroz que sea, permanece en silencio. No es un simple deísmo que niega la capacidad de Dios para intervenir, no es Voltaire, es otra cosa. Pascal indaga el misterio de Dios que ha creado un Universo en el que se ha negado la capacidad de intervenir. Esto es fundamental para entender hoy lo que significa la fe. Una fe madura, no infantil, debe enfrentar esta realidad: Dios no interviene. Si Dios interviniera o pudiera hacerlo, inmediatamente caería sobre Él la acusación de Epicuro: si puede evitar el mal y no la hace, es malo, lo cual, añade el filósofo griego, no es propio de Dios. Entonces caemos en la siguiente acusación epicúrea: si no puede evitar el mal, tampoco es Dios. Epicuro está atrapado en la cuestión de los atributos divinos: omnipotencia, omnisciencia y benevolencia. Hemos de salir de ahí para entenderlo.

La ciencia actual nos dice que el Universo tuvo un comienzo y tendrá un fin muy determinado. Dentro de varios miles de millones de años, el Universo será un lugar inmenso, frío e inhóspito. Las estrellas habrán consumido su combustible y el Universo no albergará la vida que hoy pulula por doquier. Un Universo frío e inmenso es un Universo muerto. Lo cual nos lleva a la idea de una Creación para la Nada. Todo va hacia la Nada, hacia la muerte definitiva. Aunque es cierto que no hará falta esperar miles de millones de años. En un tiempo más corto aún, en apenas mil millones de años, la catorceava parte de la existencia actual del Universo, las estrellas estarán tan lejos unas de otras que posibles civilizaciones futuras no tendrán ningún conocimiento de lo que fue un día el Universo. Hoy habitamos el Universo en forma que es cognoscible, pero eso durará poco tiempo en escala astronómica. Si consideramos la vida en el planeta Tierra, la única que por ahora sabemos que existe, en apenas 100 millones de años ya no habrá condiciones para ella aquí. El alejamiento de la luna romperá el equilibrio del eje terrestre, lo que llevará a una inestabilidad que dificultará la existencia de seres complejos. Unido esto al acercamiento progresivo al sol y a la dilatación de éste, la Tierra será un lugar muy parecido al actual Venus.

jueves, 11 de mayo de 2017

Quousque tandem abutere patientia nostra?

Vi una conversación emitida por El Mundo entre Joaquín Sabina y Pérez Reverte* en la que éste último decía que era pesimista sobre la situación de España porque todo el que ha leído la historia de España lo debe ser. España, añadía, no ha dejado de repetir su historia y vuelve a hacerlo. Sin embargo, si abrimos el foco y leemos la historia universal, no solo la española, creo que hay motivos para la esperanza, a pesar de coincidir, muy a mi pesar, con el diagnóstico del cartagenero. La historia de la humanidad es un relato que puede ser contado desde muchos puntos de vista, pero da la sensación que a la barbarie de unos contra otros podemos unir los momentos de enaltecimiento de lo verdaderamente humano. Desde que los grandes imperios empezaron a moldear nuestro mundo, todos ellos han convertido este lugar minúsculo del Universo en un lodazal de muerte e injusticia para que una pequeña parte de la población pueda permitirse una vida que por exceso no es humana, se trata de una vida determinada por la extralimitación, por la hybris, por el pecado. Ahora bien, han sido también muchos los momentos en los que ha habido una erupción de las experiencias antropológicas marcadas por la justicia y la misericordia. No puedo olvidar que hace 3200 años, en un rincón de un gran imperio, un grupo de esclavos decidió que aquella vida no merecía la pena ser vivida y huyó, se marchó, para fundar una realidad nueva. En nuestra tradición cristiana lo conocemos como el Éxodo. Desde entonces, los movimientos emancipatorios no han dejado de repetirse, junto a los anhelos de la humanidad de crecer.

lunes, 10 de abril de 2017

Paraísos fiscales, infiernos sociales.

Ahora que andamos con los pasos de la Pasión viene bien recordar que no todos los juicios son iguales. A Jesús lo prendieron, juzgaron, condenaron y ejecutaron en menos de veinticuatro horas. Sus ejecutores tenían claro el delito y la pena que le debía caer por tal delito: la muerte. Fue considerado un subversivo, un hombre peligroso. La autoridad imperial, con la connivencia de los jefes de los judíos, lo llevaron a la cruz. No hizo falta fiscal, ni pruebas, bastó con la conciencia de que era un peligro para el poder instituido y éste no dudó un segundo. En España sucede exactamente igual. El poder, como siempre, actúa en función de sus necesidades. Cuando se pone en tela de juicio la estabilidad del sistema, el poder actúa inmediatamente, deteniendo y juzgando con máxima celeridad aparentes minucias que pasan de ser meros chistes, literalmente, al lado de situaciones verdaderamente lacerantes. Es el caso de los evasores fiscales que fueron denunciados por la famosa lista Falciani.

En 2010, Francia entregó a España la lista que el informático suizo Falcani había puesto en conocimiento. En ella había una larga lista de evasores fiscales españoles que había puesto el dinero en Suiza a cubierto de la fiscalidad española. Eran delitos cometidos en 2007 y según la ley española, los delitos de evasión de impuestos caducan a los cinco años. No deja de ser muy curioso que la Audiencia Nacional, sí, esa que ha juzgado unos chistes a la velocidad del rayo, necesitara el tiempo justo para que los delitos prescribieran, exactamente un día después. La Audiencia Nacional, para oprobio de todos los españoles, abrió diligencias cinco años y un día después de cometidos los delitos. Por un día, esos delitos estaban prescritos y los evasores quedan impunes. Imagino que no había nadie en la Audiencia Nacional que pudiera haber previsto abrir diligencias un día antes para que no prescribieran. O bien, que no había nadie que fuera capaz de mover las estructuras judiciales para poder recaudar unos cuantos millones de euros que vienen muy bien a las arcas públicas y a la moral de los ciudadanos. No lo hubo. Por un solo día, por un puñetero día, esos delincuentes quedan libres y los dineros defraudados a su criterio, sin que el fisco español pueda hacer nada mientras les hacen pedorretas en las narices.

jueves, 30 de marzo de 2017

La victoria de la ideología

La ideología puede ser definida como una imagen falsa de la realidad. En sí es el conjunto de ideas sobre el mundo, la sociedad o la vida. Este conjunto de ideas representa los intereses de aquellos que lo expresan e intentan imponer a la sociedad esta visión, de modo que sus intereses se vean reflejados en la asunción social de los mismos. La ideología es, así, una imagen falsificada de la realidad en función de los intereses del grupo que la impone. Mediante la extensión de la ideología, la clase dominante de cada sociedad, extiende su visión del mundo y, por tanto, sus intereses, consiguiendo que otras clases sociales adopten su visión, ideológica, del mundo. Así nos encontramos con la frase más popular de la ideología adoptada por cierto ámbito social: "deben gobernar los ricos porque así darán dinero a los pobres". Esto ha funcionado perfectamente en EE.UU, donde los trabajadores han votado a un empresario para que, supuestamente, les dé trabajo. Se trata de un reflejo de la ideología de la clase dominante que propone su riqueza como extensible a la sociedad siempre que sean ellos quienes gobiernen, cuando esa riqueza ha sido producida por la apropiación, siempre indebida, de los bienes sociales; toda riqueza es, por definición, un bien social.

Como bien apreció el Papa Francisco en Evangelii Gaudium "esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante" (n. 54). Se refiere el Papa a la supuesta teoría del derrame por la cual si los ricos son cada vez más ricos, ayudarán a salir de la pobreza a los pobres. El Papa habla de "confianza burda e ingenua", que es lo mismo que decir ideología. Los pobres, las clases bajas y las clases medias, han adquirido el discurso del amo, el discurso de los ricos y la clase dominante, es decir, han asumido la ideología y esta es la gran victoria del "sistema imperante", que no hace falta aplicar medidas coercitivas porque el pensamiento dominante se ha hecho sentido común popular. Es el colmo del proceso ideológico que en todas épocas y sociedades se produce y que en la nuestra ha llegado al cénit de su implantación social.

Durante los años de la burbuja especulativa inmobiliaria y de deuda, los ciudadanos se creyeron la ilusión de riqueza que genera las burbujas especulativas. Mediante la inyección de crédito fácil desde 1997, en España se ha creado la ilusión de que cualquiera podía tener cualquier cosa sin apenas coste para él. Bastaba con tener un trabajo para solicitar un préstamo que te diera acceso a una vida de lujo o semi lujo muy parecida a la que la élite se permitía. El típico chascarrillo, falso como todos, era que un peón albañil podía conducir un BMW con su sueldo. Claro, nos dicen, esto no es normal, es normal, por supuesto, que el jefe lleve un Audi A8, pero un obrero, ¡venga, hombre! El dinero fácil hizo estragos entre la gente, no porque se hicieran ricos, sino porque tuvieron la ilusión de que lo eran. Pero, la realidad era muy distinta. Mientras los trabajadores se endeudaban hasta límites imposibles, la élite engordaba, con esas mismas deudas, sus cuentas bancarias en lugares offshore y adquirían la propiedad no hipotecada de las empresas y posesiones de este país. Es decir, la élite se hacía con la propiedad real de los medios de producción y con el control financiero del país, mientras que los trabajadores, las clases bajas y las medias, acrecentaban su deuda y permitían que la especulación se adueñara de todo, hasta de sus propias conciencias, fin último del proceso ideologizador.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Corrupción y postverdad

Este jueves 16 de marzo, a las 19:30 horas, en el Salón de Actos del Instituto Teológico de Murcia, presentamos La corrupción no se perdona, con Xabier Pikaza y Francisco Martínez Fresneda. Dejo aquí una definición de corrupción y cómo, en los tiempos de postverdad, quiere ser diluida entre un nominalismo fatuo.

El término corrupción puede ser definido según a quien acudamos para la definición aunque tienen sentidos comunes. Según la RAE, corrupción es la acción de corromper o corromperse, especialmente en los gestores públicos que usan los bienes públicos en beneficio propio o de otros[1]. Transparencia Internacional nos da una definición similar de corrupción: “el abuso de poder otorgado para obtener un beneficio privado”. Como vemos, el principal significado que tenemos de corrupción es la utilización de lo común para beneficio privado en detrimento del bien común. Pues bien, esta es la etimología precisamente del término corrupción. Del latín corruptio-onis, que proviene de la unión del prefijo Con-, por asimilación Cor-, que proviene de junto, globalmente, común (en griego Koiné), y la raíz rumpere, quebrar, partir, hacer estallar, romper. Se añade el sufijo –tio, acción de o efecto de, y tenemos el significado original de corrupción: acción de romper lo común, ruptura del bien común, quebranto en las cosas comunes en función de bienes privados o particulares[2].

Es importante que tengamos una correcta definición del término, pues de lo contrario nos podremos ver en la tesitura de no saber exactamente qué decimos cuando la usamos. Un corrupto es aquella persona que rompe el bien común para usarlo en beneficio privado, sea para ella o para otros, sean beneficios materiales, económicos o de otra índole, o bien sean beneficios sociales, como el estatus o la posición social. En todo caso, la corrupción implica una ruptura de lo que nos constituye como sociedad, de los vínculos que nos permiten ser personas en relación con otros seres humanos y hasta con el resto de seres vivos. La corrupción afecta a todo lo que destruya los bienes comunes que nos permiten ser sociedades estables, también los bienes naturales que son, por definición, comunes a todos. El bien común, elemento fundamental y fundante de toda sociedad, es el que se ve afectado por la acción corrupta. Todo acto, por tanto, de apropiación privada de bienes comunes, toda privatización de lo común, es un acto de corrupción, pues rompe lo común y lo convierte en privativo de una persona o un grupo. De ahí que la corrupción afecte estructuralmente a la sociedad y tenga efectos perniciosos sobre el conjunto social.

domingo, 12 de marzo de 2017

Sal de tu tierra... Y me acogisteis.

En la tradición judeocristiana hay una realidad que se repite sin cesar. Como leemos en el libro del Génesis, Dios quiere tomar un pueblo sacándolo de su realidad para llevarlo hacia un lugar distinto con el fin de crear una realidad nueva. El mandato a Abraham "Sal de tu tierra" es un mandato que se extiende a lo largo de la historia. Debemos, siempre, salir del lugar de confort en que estamos instalados para ir hacia la realidad nueva querida por Dios. Por eso, Jesús, en esta misma línea, dirá aquello de "Fui extranjero y me acogisteis". Se trata de uno de los criterios del juicio que Dios realizará a cada uno de nosotros el día del Juicio Final. La acogida del extranjero nos identifica como siervos de Dios. De ahí que esté presente de forma constante en la Biblia. La acogida del extranjero, del emigrante, del que está de paso, es algo esencial en la tradición semítica. Lo vemos perfectamente reflejado en los textos del Antiguo Testamento y con total claridad en el famoso pasaje de Mateo 25: “fui extranjero y me acogisteis”. La acogida del que no forma parte de nuestro pueblo o de nuestro entorno no era algo absolutamente usual en el mundo antiguo. El extranjero no tenía derechos y podía ser sometido a esclavitud, sin embargo, en la tradición hebrea, el extranjero se ha convertido en una especie de enviado del mismo Dios. Las palabras con las que se justifica en el Antiguo Testamento la necesidad de la acogida hacen referencia a la propia historia del pueblo de Israel: “recuerda que fuiste extranjero”. Abraham dejó su tierra y la casa de su padre para ir a un lugar distinto donde fue extranjero. Acoger al extranjero es, por tanto, una forma de recordar quiénes somos y de dónde venimos. El pueblo de Israel es hijo de un arameo errante que bajó a Egipto. Allí fue esclavizado, en lugar de recibir atención como un ser humano más. Pero Dios escuchó el lamento de su pueblo esclavizado en Egipto y bajó a liberarlo. Este es el núcleo del Antiguo Testamento que hemos heredado por medio de Jesús los cristianos. El pueblo hebreo y la tradición cristiana es consciente de este origen de la fe. Dios tomó a un grupo de nómadas semitas, extranjeros oprimidos en tierra extraña, para hacerlos su pueblo, constituir con ellos una realidad alternativa al orden mundial. El nacimiento de los grandes imperios en Mesopotamia y Egipto supone el auge de un mundo marcado por la injusticia y el pecado estructural. Como alternativa a este mundo de pecado, Dios toma el deshecho social, los descartados por el mundo, los extranjeros, para hacer de ellos su pueblo y constituir en medio del mundo una realidad distinta de gracia y misericordia.

Los textos del libro del Éxodo y del Levítico son muy claros: Dios toma un grupo de nómadas esclavizados, los saca de la esclavitud y los lleva a un lugar donde pueden vivir una situación radicalmente opuesta. Pueden crear una comunidad donde rijan la misericordia y la justicia. Así se intentó, pero pronto cayeron en el mismo pecado estructural del mundo de los imperios: corrupción, opresión, injusticia y muerte. De ahí que se dieran leyes como el Año Sabático y el Año Jubilar para que periódicamente se retornara a la situación de inicio, se repartieran las tierras y se librara a los esclavos por deudas, condonando las mismas. Los textos recuerdan constantemente que el pueblo fue extranjero, que la tierra pertenece a Dios y que ellos son usufructuarios de los bienes de este mundo. Los hombres somos, según esta concepción, como extranjeros en este mundo, somos, todos, peregrinos. Estamos de paso y todo lo que hagamos lo hacemos para vivir en plenitud no para poseer y acumular. El paradigma de la posesión lleva a considerar al otro como un extraño y a utilizarlo en mi propio beneficio. Mientras que el paradigma del éxodo considera al otro como prójimo y a la tierra como un don que nos ha sido dado para compartir y vivir en plenitud.
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