domingo, 7 de febrero de 2010

Avaricia, usura y hurto.

El pasado 28 de Enero, con motivo de la festividad de Santo Tomás, fui invitado por la Familia Laical Dominicana de Murcia para hablar sobre la actualidad del pensamiento del santo doctor de la Iglesia. Para mí fue un enorme placer tener un auditorio tan distinguido y abundante, siendo el tema que es y las circunstancias en las que nos vemos. Mi intervención se centró en la luz que creo que puede aportar hoy el aquinate en el análisis de esta crítica situación mundial en que nos encontramos. Para el santo, la sociedad debe organizarse según el Bien Común y no el bien particular de algunos y aquí es donde creo yo que ha llegado el problema en que estamos. La avaricia, en tanto que deseo inmoderado de poseer riquezas, especialmente dinero, ha viciado, como dice la publicidad de un centro comercial, las relaciones humanas, tanto entre los propios seres humanos como con la naturaleza. Esta avaricia es un pecado capital, porque pudre el corazón humano que se ve arrastrado tras la posesión de cosas e incapacitado para amar a Dios. Por tanto, la avaricia estaría muy cerca del pecado que no puede ser perdonado: el pecado contra el Espíritu Santo.
La avaricia del sistema económico en que vivimos, llevó a este a la causa de todos los males financieros: la usura. Se hace necesario recordar que Santo Tomás prevenía con dureza contra ella. En la famosa cuestión 78 de la secunda secundae explica con absoluta claridad que cobrar una cosa y su uso, de ahí usura, es ilícito y pecado, por tanto debe ser devuelto. Cuando en el mundo de las finanzas se invierte dinero para obtener dinero, se está haciendo algo ilícito y pecaminoso en sí mismo. Como bien dice el aquinate, el que presta algo tiene derecho a que se le devuelva lo prestado, pero si alguien presta dinero y se le devuelve la suma prestada, los intereses que se exigen suponen el cobro de lo que no existe o bien el cobro por el uso, de modo que se habría cobrado dos veces lo mismo: una la cantidad prestada y otra vez el uso de esa cantidad, por ello es usura, ilícita y un pecado grave porque se asocia a la avaricia: deseo inmoderado de poseer riquezas.
El deseo de enriquecerse ha llevado al sistema al borde del abismo y a la población mundial a sufrir calamidades sin cuento, de ahí que sea necesario revisar el concepto de hurto. Cuando cuatro quintas partes de la humanidad sufren graves carencias de los recursos básicos para su subsistencia, mientras el quinto restante disfruta de enormes cantidades de bienes superfluos, puede que sea necesario aplicar aquellas sabias palabras del santo doctor: “el usar de la cosa ajena ocultamente sustraída en caso de extrema necesidad no tiene razón de hurto propiamente hablando, puesto que por tal necesidad se hace suyo lo que uno sustrae para sustentar su propia vida. […], en el caso de una necesidad semejante también puede uno tomar clandestinamente la cosa ajena para socorrer así al prójimo indigente. […] si los príncipes exigen a los súbditos lo que conforme a justicia se les debe para conservar el bien común, no cometen rapiña, aunque empleen la violencia”. Dicho con otras palabras: ante la situación criminal de la muerte inocente de millones de seres humanos y ante la más que probable destrucción del hábitat planetario, sería legítimo que los pobres tomaran lo que es suyo por derecho, o bien otros lo tomen para ellos, o bien una autoridad legitimada por la justicia impida a unos cuantos acumular el sustento de muchos millones, impidiendo a la vez la destrucción de nuestra casa común.

Inesperadamente, para algunos, el santo doctor puede ser una luz en estos momentos de desorientación sistemática. El gran pecado hoy puede ser no distinguir la verdad de que el sistema en sí es perverso, injusto y pecaminoso, y por ello no podemos colaborar con él.



* Summa Theologica II, II, q. 78: “Recibir interés por un préstamo monetario es injusto en sí mismo, porque implica la venta de lo que no existe, con lo que manifiestamente se produce una desigualdad que es contraria a la justicia. Para su evidencia, debe recordarse que hay ciertos objetos cuyo uso consiste en su propia consumición; así consumimos el vino utilizándolo para la bebida y el trigo al emplearlo para la comida. De ahí que en estos casos no deban computarse separadamente el uso de la cosa y la cosa misma, sino que a todo aquel a quien se concede el uso se le concede también la cosa misma. De ahí que, tratándose de tales objetos, el préstamo transfiere la propiedad de los mismos. Luego si alguien quisiera vender de una parte el vino y de otra el uso del vino, vendería dos veces la misma cosa o vendería lo que no existe; y por esta razón cometería manifiestamente un pecado de injusticia. Por igual motivo comete una injusticia el que presta vino o trigo y exige dos pagos: uno, la restitución del equivalente de la cosa, y otro, el precio de su uso, de donde el nombre de usura”

2 comentarios:

Martín dijo...

Enhorabuena a la Familia Dominicana de Murcia por tener a tan docto conferenciante. Entrando en tu reflexión, y estando de acuerdo con el fondo de la cuestión (lo sabes de sobra), me permito hacer de abogado del diablo y decir que si Sto. Tomás calificaba de pecado el préstamo con interés, no hay que olvidar la situación económica y social de su época. Hoy sabemos que el dinero tiene un precio y, por tanto, el pecado no serían los intereses como tales, sino los intereses abusivos. No me cabe la menor duda de que intereses abusivos es lo que, en bastantes ocasiones, cobran las naciones y las instituciones internacionales, así como la banca, por eso digo que estoy de acuerdo con el fondo de tu reflexión.

Bernardo Pérez Andreo dijo...

Muchas gracias, Martín, por tus amables palabras. La suerte la tengo yo de tener tan buenos amigos en la familia dominicana. Y entrando en la cuestión, Tomás no dice que algunos intereses puedan ser ilícitos, sino todos. Es lícito pedir la restitución de lo prestado, no más, porque se contraviene la justicia. El caso es que el interés siempre es cobrar dos veces, una por la cosa prestada y otra por el uso de la misma.
En la situación económica actual, sería lícito pedir la restitución del capital prestado, si este se ve menguado por la inflación, es justo pedir ese porcentage. Si la entidad vive de eso, es justo que cobre por ello una cantidad. En el estado actual de la economía tendríamos que sería justo cobrar el IPC anual de la cantidad devuelta, no de todo el dinero que se prestó, más un 0.75 %, que viene a ser el coste de explotación: salarios, locales y el legítimo beneficio. Sumado esto tenemos que el dinero le cuesta al banco 1% que es el precio oficial, si a eso sumamos lo dicho anteriormente, el precio de los préstamos legítimos estaría entorno al 2%, lo demás es usura.
El verdadero problema está en las entidades que hacen operaciones con capitales a corto plazo, con ánimo especulativo y por grandes cantidades de dinero. De ahí vino el problema que padecemos y eso sigue sin solucionarse.
Muchas gracias, Martín, de nuevo por tus participaciones en este espacio.

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