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miércoles, 29 de agosto de 2018

La sociedad de 'descartes'

Pronto comenzará el curso y volveré a impartir la Historia de la Filosofía Moderna, una de las que imparto con más gozo, pues me permite repasar de forma periódica los pilares de este mundo en que vivimos, que sigue siendo moderno aunque sea con el prefijo que lo determina, el tan manido post. Y, además, me da un privilegio inmerecido. Puedo influir en la formación de unas mentes que están empezando a transitar por los vericuetos de la filosofía como modo de preparación a la teología, de ahí que mi docencia siempre tenga presente que la filosofía tiene una función ancilar, sea para la teología o sea para la misma vida, aplicando la máxima latina, primum vivere, deinde philosophari. O, como me gusta insistir, compartiendo la idea de Hume, la razón, en este caso la filosofía, debe estar al servicio del ser humano completo. Filosofar siempre es un momento segundo, lo primero es vivir.

En la asignatura hay un momento nuclear que es el pensador francés René Descartes. Para mí es, además, el anclaje para una crítica de la Modernidad en lo que tiene de construcción de un mundo donde el ser humano es capaz de destruirse a sí mismo y al medio que le rodea. Con Descartes tenemos el surgimiento del hombre moderno, el hombre que se construye a sí mismo y que es el creador de la otredad desde la mismidad. Hasta Descartes, el ser humano se sabe en deuda con lo otro de sí: con el mundo natural, con los otros y, principalmente, con Dios. Sabe que su ser es debido, sea un don o una deuda, pero no se lo debe a sí mismo. El ser humano previo a Descartes no puede entenderse sin lo otro. Ni Galileo ni Newton fueron capaces de salir de esa 'deuda' de todo ser humano con lo otro. Sin embargo, Descartes sí es capaz de fundar su existencia en sí mismo, sin necesidad de nada fuera de él. Es más, su existencia tiene una dimensión puramente intelectiva (Je suis une chose qui pense), la materialidad no es más que fuente de confusión. Lo sentidos le engañan, la realidad es más una ilusión, pues un genio maligno puede haber producido todo eso para que él crea que existe y sin embargo no ser real. Es decir, Dios puede haber creado una especie de ficción virtual para que tú creas que es real y que vives. Para salir de todo este marasmo solipsista, Descartes recurre a su conciencia: yo que dudo, pienso, si pienso existo. el cogito se asienta sobre el dubito. He aquí el fundamento del pensamiento cartesiano sobre sí mismo y la realidad. Las consecuencias son de tal gravedad que se extienden como un seísmo por toda la Modernidad. Hay una página magistral, que siempre leo a mis alumnos, donde Descartes saca las consecuencias de la autogeneración del cogito. Cuando ve gente pasar por la calle desde su ventana, él no sabe si son personas o no lo son. Ve capas, gorros, guantes, pero no ve personas. Solo son personas en el momento en que él hace un acto  de afirmación de su personeidad. Es decir, son personas cuando y porque él lo decide. Podrían ser autómatas, llega a decir, pues no sabe, sus sentidos le pueden engañar, el genio le puede engañar. Es solo el acto de afirmación del cogito el que crea a los otros como seres humanos. Dicho de otra manera, la otredad queda constituida desde la mismidad y no al revés, como había sido hasta Descartes y como indica el sentido común.

lunes, 5 de marzo de 2018

El nacimiento del Imperio Global Posmoderno (IGP)

1933, incendio del Reichstag / 2011, destrucción de WTC
(...Continúa)
Tras la caída de Roma y su continuación en Bizancio hasta 1453, no tenemos propiamente un nuevo imperio. Solo la pérdida del poder de Bizancio podrá abrir el camino a nuevos imperios. Son los imperios modernos porque surgen en un nuevo tiempo. Mientras existió la sociedad estamental se hizo imposible el nacimiento de una nueva realidad imperial en Europa, pues la realidad imperial tiene su fundamento en un tipo de burocracia funcionarial que sostiene la patrimonialización del Imperio. Cuando surgen las ciudades y una nueva clase social en ellas es cuando puede nacer de nuevo la realidad imperial en Europa. España, Holanda y Gran Bretaña serán los jalones más representativos de este proceso. Estos imperios modernos, de forma progresiva, se van a constituir mediante estructuras económicas capitalistas que culminarán con el advenimiento de la Reforma como espíritu del capitalismo, según la feliz expresión de Weber.

La realidad imperial moderna europea será fragmentada en diversos imperios que pugnarán por la supremacía y que se irán sucediendo a lo largo de los cinco siglos que median entre el nacimiento de la modernidad y su transformación posmoderna. El culmen lo encontramos en el Imperio estadounidense en el siglo XX, que recoge todos los elementos de los imperios modernos y será el que dé asiento al Imperio Global Posmoderno actual. Como cabeza de la nueva Bestia, EE.UU representa todos los elementos de madurez de la modernidad[1] que dan paso a la posmodernidad y permiten hablar de una nueva realidad imperial, posmoderna y global. El primero de los elementos es el cultural. El posmodernismo, en arquitectura primero y en arte en general, supone un proceso de maduración crítica del modernismo, una cierta vuelta a la medida humana y un giro hacia la naturaleza. Antes incluso que las dos guerras mundiales, el posmodernismo ya avanzaba esta crítica que luego sería tematizada por el pensamiento crítico de la Escuela de Frankfurt y por la posmodernidad filosófica de raigambre francesa que se asienta en EE.UU como crítica literaria.

El segundo elemento de madurez será el proceso de secularización débil que podemos ver en EE.UU. Como bien lo han constatado Voas y Chaves (2016: 1548), el declive de la religión en Estados Unidos es constante desde comienzos del siglo XX, aunque mucho más lento que en el resto de países occidentales. Confirman Voas y Chaves un dato empírico irrebatible: las nuevas generaciones, de forma paulatina y progresiva, se van alejando de las prácticas religiosas. Esto vendría a rebatir la tesis del excepcionalismo americano, por el cual en EE.UU se viviría un proceso de desecularización. La diferencia, que podemos inferir, es que en EE.UU, por ser la cabeza del nuevo Imperio, se hace necesaria una experiencia religiosa que dé fundamento a la realidad imperial, de ahí que el proceso secularizador sea más lento, danto lugar a la aparición de una religión de sustitución. Esta sería la religión civil que tanta fuerza tiene en EE.UU y que tan bien ha estudiado Sánchez Bayón (2016). La religión civil americana es el sustento de la nueva realidad imperial, pero esta religión tiene las características propias de una religión de legitimación del poder.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Homo somnians

Una de las características de la sociedad posmoderna, que ya va tocando a su fin, es la transformación de las utopías de la modernidad en distopías sociales, o bien en banalidades de la sociedad de consumo. Los anhelos sociales que configuraron la modernidad como una época de progreso y transformación, animada por ideales como aquellos de la Revolución francesa, de los ilustrados de uno y otro lado del Atlántico, de los libertadores de las colonias, de los científicos y descubridores, permitieron crear una sociedad basada en tres principios fundantes: la fe en el progreso de la historia, la confianza ciega en la razón y el valor absoluto del sujeto creador de su propio mundo. Estos tres son los pilares de la modernidad, pilares que auparon a una burguesía hambrienta de riquezas y sedienta de conocimiento y poder, introducidos convenientemente en el incosnciente colectivo, hicieron tambalear el poder que aquella clase social admirada por Marx había construido. Los desarrapados, los humillados y ofendidos, vieron que esos mismos principios podían ser también instrumentos para transformar la realidad de injusticia en la que habían sido sumidos. Los aprovecharon bien y surgieron revoluciones sociales por doquier; ya no burguesas, sino proletarias y de todos los oprimidos por un orden social que los expulsaba al infierno de las industrias o la miseria social.

La clase social que había empujado la modernidad con sus ideales, también se había aprovechado para crear un injusticia lacerante que clamaba al cielo. Los excluidos se rebelaron y la burguesía empezó a transformar aquellos principios que crearon la modernidad. La razón se redujo a la mínima expresión de una práctica instrumental, se decretó el fin de la historia, la imposibilidad de una ulterior transformación social, y el hombre fue reducido a un mero y vil productor-consumidor, el consumptor, un ser híbrido incapacitado para el uso del logos que lo constituye como ser humano. Es la posmodernidad.
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