domingo, 31 de mayo de 2026

El umbral del abismo. Occidente y la lógica suicida de la preguerra nuclear

 




"Crean un desierto y lo llaman paz." — Tácito, Agrícola




Vuelvo a este blog después de años de estar a medias en él. No porque me hayan faltado las palabras, sino porque el mundo se ha acelerado tanto que cualquier cosa escrita quedaba vieja antes de llegar al lector. Pero hay momentos en que el silencio se vuelve cómplice, y este es uno de ellos. La situación a la que estamos llegando en la confrontación entre Occidente y Rusia no admite ya la indiferencia ni el aplazamiento. Hay que nombrarlo: estamos ante el umbral de una guerra nuclear, y lo estamos cruzando con los ojos bien abiertos y sin que nadie nos haya preguntado si queríamos hacerlo.

Llevo años escribiendo sobre geopolítica, sobre la lógica imperial anglosajona, sobre el heartland de Mackinder y su influencia en la política exterior norteamericana, sobre los Acuerdos de Minsk traicionados, sobre el Maidán y Victoria Nuland, sobre el informe RAND de 2019 que preveía con escalofriante claridad lo que iba a suceder. Todo eso sigue siendo cierto. Pero ahora hay algo más, algo que ya no pertenece al análisis geopolítico sino a la moral más elemental: estamos jugando con el fin del mundo, y lo estamos haciendo con una frivolidad que aterra.

La doctrina que nadie quiere leer

La doctrina nuclear rusa no es un secreto. Está publicada, actualizada y disponible en su versión de 2024. Dice, con una claridad que solo puede calificarse de brutal, que Rusia empleará sus armas nucleares si su existencia como Estado soberano está en peligro. No dice si pierde una batalla, ni si retrocede en el Donbás, ni si sufre humillaciones diplomáticas. Dice: si Rusia como entidad histórica y política está en riesgo de desaparición. Y añade, desde la revisión de noviembre de 2024, que el apoyo de una potencia no nuclear a un ataque sobre Rusia se considerará un acto de coautoría. Es decir: que si Ucrania ataca territorio ruso con misiles suministrados por la OTAN, los países de la OTAN que los suministraron son beligerantes.

Esto no es propaganda rusa. Es la doctrina militar oficial de la primera potencia nuclear del planeta. Y en Occidente se comenta, si se comenta, como si fuera un farol.

Permítaseme el contraste. Cuando en 1962 la Unión Soviética colocó misiles en Cuba, Estados Unidos consideró aquello una amenaza existencial que justificaba la guerra. Kennedy estableció un bloqueo naval y el mundo estuvo literalmente al borde del fin durante trece días. Hoy, misiles de la OTAN con capacidad de alcanzar Moscú en minutos están a disposición de Ucrania, Rusia tiene misiles nucleares hipersónicos que ningún sistema de defensa occidental puede interceptar, y estamos aquí hablando de enviar más tanques. La asimetría entre lo que se tomó en serio en 1962 y lo que se trivializa en 2025 es la medida exacta de nuestra irresponsabilidad histórica.

El suicidio europeo y la agenda anglosajona

He escrito en repetidas ocasiones sobre la doctrina del heartland y sobre cómo la política exterior anglosajona, desde Mackinder hasta hoy, ha tenido como objetivo estratégico impedir que Europa continental y Rusia forjen una alianza que haga innecesario el papel hegemónico del poder marítimo angloamericano. El Brexit, leído desde esta clave, adquiere una coherencia que va más allá de las mentiras sobre los millones semanales para el NHS. Gran Bretaña necesitaba salir de la UE para poder usar a la UE, dirigiéndola desde el eje Londres-Varsovia-Kiev, sin quedar atrapada en sus consecuencias.

Lo que no termino de entender, y lo escribo con la misma perplejidad que hace dos años, es la Europa que acepta este papel. Alemania, que construyó durante décadas su liderazgo económico sobre el gas barato ruso, ha visto volar su ventaja competitiva por los aires, literalmente: los oleoductos del Nord Stream fueron destruidos en una de las operaciones de sabotaje más audaces de la historia reciente, y las investigaciones apuntan con creciente consistencia hacia los aliados que se supone debían protegerla. La industria alemana se desplaza a Estados Unidos atraída por la energía subvencionada del plan IRA. El euro pierde posiciones. Y los gobiernos europeos aplauden.

Europa está pagando la guerra que otros han diseñado. Los muertos, ucranianos y rusos, los pone el este de Europa. El dinero, los contribuyentes europeos. Los beneficios estratégicos, Washington y Londres. El riesgo nuclear, todos. No hay ninguna lógica en esto que favorezca a Europa como proyecto civilizatorio. Hay, sí, una lógica imperial que la usa y que contaba con que no lo advertiría. O que, advirtiéndolo, no tendría la autonomía política para actuar de otro modo.

La escalada que nadie controla

La mecánica de la escalada tiene su propia lógica, independiente de la voluntad de los actores. Cada paso que parece prudente en relación al anterior acaba siendo insuficiente y exige el siguiente. Primero se dijeron que no se darían cascos, luego antitanques, luego sistemas de artillería de largo alcance, luego tanques, luego misiles de crucero, luego permiso para atacar territorio ruso. En cada momento, los mismos que hoy piden el paso siguiente aseguraban que el paso anterior era el límite rojo que no se cruzaría. Esa es la lógica de la escalada: no la dirige nadie porque la dirigen todos, nadie la controla porque cada uno confía en que otro pondrá el freno.

Y Rusia ha respondido siempre un escalón por debajo de lo que amenazaba responder. Lo cual, en Occidente, se ha interpretado como debilidad, como bluff, como evidencia de que se puede seguir empujando. Pero esta interpretación comete el error más elemental del análisis estratégico: confundir capacidad de respuesta con voluntad de respuesta. Rusia no ha respondido de manera nuclear no porque no pueda, sino porque, hasta ahora, la amenaza a su existencia no ha alcanzado el umbral que su propia doctrina establece. El problema es que ese umbral se está acercando, y nadie en los gobiernos occidentales parece tenerlo en cuenta de manera seria.

El Papa Francisco, que no era precisamente un analista geopolítico de la RAND Corporation pero que tenía, como su sucesor, acceso a información que la mayoría de nosotros no tiene, estuvo años advirtiendo de que vivimos en una guerra mundial a pedazos y que el mundo se hace pedazos ante nuestros ojos. Cuando Francisco dicía estas cosas, los comentaristas occidentales lo trataban como a un anciano bienintencionado pero naíf. Pues bien: hasta ahora, Francisco acertó en cada uno de sus diagnósticos mientras los estrategas occidentales fallaban en los suyos.

La paz que nadie quiere negociar

En la primavera de 2022, cuando la guerra llevaba apenas semanas, hubo negociaciones en Estambul que estuvieron a punto de producir un acuerdo. Ucrania renunciaba a la OTAN, Rusia retiraba sus tropas a las posiciones previas al 24 de febrero, y se establecía un mecanismo de garantías de seguridad. El acuerdo fracasó. Las razones exactas siguen siendo disputadas, pero los testimonios convergentes de mediadores turcos, exfuncionarios ucranianos y periodistas de investigación occidentales señalan que la presión angloestadounidense fue determinante para que Zelenski rechazara el acuerdo. Boris Johnson llegó a Kiev con un mensaje muy claro: la guerra puede ganarse, seguid luchando. Ese momento puede haber sido el más costoso de la historia reciente de Ucrania.

Hoy, la situación sobre el terreno es incomparablemente peor para Ucrania que en aquella primavera de 2022. Los territorios perdidos son mayores, las bajas son catastróficas, la infraestructura energética está destruida en gran parte, y la ventana para una paz negociada se ha ido cerrando. Y sin embargo, la alternativa que se ofrece desde Occidente sigue siendo más armas, más dinero, más escalada. Con el horizonte implícito de que en algún momento Rusia cederá, colapsará o se desintegrará. Ese horizonte no tiene ningún fundamento en la realidad de lo que está sucediendo sobre el terreno ni en la correlación de fuerzas.

La paz es posible. Lo era en 2022 y lo sigue siendo ahora, aunque en condiciones más duras para Ucrania. Pero la paz exige que alguien la quiera de verdad, que alguien tenga el coraje político de decir que una negociación que implique cesiones no es una capitulación sino un imperativo moral ante el riesgo de extinción que supone una guerra nuclear. Esa voz existe en algunos lugares de Europa, aunque se oiga poco. Existe en el Vaticano, que lleva años ofreciendo su mediación. Existe en sectores de la opinión pública que las encuestas muestran mayoritariamente favorables al diálogo. Lo que no existe, o existe muy poco, es esa voz en los centros de decisión donde se diseñan las políticas.

La responsabilidad de nombrar lo que hay

Tácito, de quien tomé el nombre de este blog, sabía que los tiempos felices son los raros, aquellos en que se puede sentir lo que se quiere y decir lo que se siente. Vivimos tiempos en que decir lo que se siente sobre esta guerra es arriesgado. Se te llama putinista, propagandista, colaboracionista. El mecanismo es conocido: la polarización hace imposible el análisis, porque cualquier matiz se convierte en sospecha de traición. Pero hay que correr ese riesgo, porque el silencio cómplice de los que saben y callan es parte del problema.

Lo que hay es esto: Occidente está llevando al mundo hacia una confrontación nuclear con Rusia siguiendo una lógica de escalada que nadie controla del todo, en nombre de valores que se defienden de manera selectiva y con consecuencias que recaen sobre los pueblos que no han sido consultados. Lo que hay es un pueblo ucraniano que lleva tres años muriendo en una guerra que otros diseñaron y que ahora deben sostener solos cuando conviene. Lo que hay es una Europa que ha renunciado a su autonomía estratégica en el peor momento histórico posible. Lo que hay es una doctrina nuclear rusa que no es un farol y que nadie en posición de poder parece leer en serio.

Y lo que hay, también, es la posibilidad de la paz. Siempre, en cualquier conflicto, existe esa posibilidad mientras haya seres humanos dispuestos a preferirla a la victoria. Como escribí hace ya años, terminando con palabras que hoy me parecen más urgentes que nunca: la guerra es el mal estructural, y en un mundo con capacidad nuclear es el mal definitivo. Tengo esperanza. Pero la esperanza, cuando el abismo está tan cerca, exige también la lucidez de nombrarlo. Es una esperanza realista, sí realista, porque sé que lo que nos viene nos hará ser más humanos o definitivamente desapareceremos como especie. 

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