"Crean un desierto y lo llaman paz." — Tácito, Agrícola
Vuelvo a este blog después
de años de estar a medias en él. No porque me hayan faltado las palabras, sino porque el
mundo se ha acelerado tanto que cualquier cosa escrita quedaba vieja antes de
llegar al lector. Pero hay momentos en que el silencio se vuelve cómplice, y
este es uno de ellos. La situación a la que estamos llegando en la
confrontación entre Occidente y Rusia no admite ya la indiferencia ni el
aplazamiento. Hay que nombrarlo: estamos ante el umbral de una guerra nuclear,
y lo estamos cruzando con los ojos bien abiertos y sin que nadie nos haya
preguntado si queríamos hacerlo.
Llevo años escribiendo
sobre geopolítica, sobre la lógica imperial anglosajona, sobre el heartland de
Mackinder y su influencia en la política exterior norteamericana, sobre los
Acuerdos de Minsk traicionados, sobre el Maidán y Victoria Nuland, sobre el
informe RAND de 2019 que preveía con escalofriante claridad lo que iba a
suceder. Todo eso sigue siendo cierto. Pero ahora hay algo más, algo que ya no
pertenece al análisis geopolítico sino a la moral más elemental: estamos
jugando con el fin del mundo, y lo estamos haciendo con una frivolidad que
aterra.
La
doctrina que nadie quiere leer
La doctrina nuclear rusa
no es un secreto. Está publicada, actualizada y disponible en su versión de
2024. Dice, con una claridad que solo puede calificarse de brutal, que Rusia
empleará sus armas nucleares si su existencia como Estado soberano está en
peligro. No dice si pierde una batalla, ni si retrocede en el Donbás, ni si
sufre humillaciones diplomáticas. Dice: si Rusia como entidad histórica y
política está en riesgo de desaparición. Y añade, desde la revisión de
noviembre de 2024, que el apoyo de una potencia no nuclear a un ataque sobre
Rusia se considerará un acto de coautoría. Es decir: que si Ucrania ataca
territorio ruso con misiles suministrados por la OTAN, los países de la OTAN
que los suministraron son beligerantes.
Esto no es propaganda
rusa. Es la doctrina militar oficial de la primera potencia nuclear del
planeta. Y en Occidente se comenta, si se comenta, como si fuera un farol.
Permítaseme el contraste.
Cuando en 1962 la Unión Soviética colocó misiles en Cuba, Estados Unidos
consideró aquello una amenaza existencial que justificaba la guerra. Kennedy
estableció un bloqueo naval y el mundo estuvo literalmente al borde del fin
durante trece días. Hoy, misiles de la OTAN con capacidad de alcanzar Moscú en
minutos están a disposición de Ucrania, Rusia tiene misiles nucleares
hipersónicos que ningún sistema de defensa occidental puede interceptar, y
estamos aquí hablando de enviar más tanques. La asimetría entre lo que se tomó
en serio en 1962 y lo que se trivializa en 2025 es la medida exacta de nuestra
irresponsabilidad histórica.
El
suicidio europeo y la agenda anglosajona
He escrito en repetidas
ocasiones sobre la doctrina del heartland y sobre cómo la política exterior
anglosajona, desde Mackinder hasta hoy, ha tenido como objetivo estratégico
impedir que Europa continental y Rusia forjen una alianza que haga innecesario
el papel hegemónico del poder marítimo angloamericano. El Brexit, leído desde
esta clave, adquiere una coherencia que va más allá de las mentiras sobre los
millones semanales para el NHS. Gran Bretaña necesitaba salir de la UE para
poder usar a la UE, dirigiéndola desde el eje Londres-Varsovia-Kiev, sin quedar
atrapada en sus consecuencias.
Lo que no termino de
entender, y lo escribo con la misma perplejidad que hace dos años, es la Europa
que acepta este papel. Alemania, que construyó durante décadas su liderazgo
económico sobre el gas barato ruso, ha visto volar su ventaja competitiva por
los aires, literalmente: los oleoductos del Nord Stream fueron destruidos en
una de las operaciones de sabotaje más audaces de la historia reciente, y las
investigaciones apuntan con creciente consistencia hacia los aliados que se
supone debían protegerla. La industria alemana se desplaza a Estados Unidos
atraída por la energía subvencionada del plan IRA. El euro pierde posiciones. Y
los gobiernos europeos aplauden.
Europa está pagando la guerra
que otros han diseñado. Los muertos, ucranianos y rusos, los pone el este de
Europa. El dinero, los contribuyentes europeos. Los beneficios estratégicos,
Washington y Londres. El riesgo nuclear, todos. No hay ninguna lógica en esto
que favorezca a Europa como proyecto civilizatorio. Hay, sí, una lógica
imperial que la usa y que contaba con que no lo advertiría. O que,
advirtiéndolo, no tendría la autonomía política para actuar de otro modo.
La
escalada que nadie controla
La mecánica de la escalada
tiene su propia lógica, independiente de la voluntad de los actores. Cada paso
que parece prudente en relación al anterior acaba siendo insuficiente y exige
el siguiente. Primero se dijeron que no se darían cascos, luego antitanques,
luego sistemas de artillería de largo alcance, luego tanques, luego misiles de
crucero, luego permiso para atacar territorio ruso. En cada momento, los mismos
que hoy piden el paso siguiente aseguraban que el paso anterior era el límite
rojo que no se cruzaría. Esa es la lógica de la escalada: no la dirige nadie
porque la dirigen todos, nadie la controla porque cada uno confía en que otro
pondrá el freno.
Y Rusia ha respondido
siempre un escalón por debajo de lo que amenazaba responder. Lo cual, en
Occidente, se ha interpretado como debilidad, como bluff, como evidencia de que
se puede seguir empujando. Pero esta interpretación comete el error más
elemental del análisis estratégico: confundir capacidad de respuesta con
voluntad de respuesta. Rusia no ha respondido de manera nuclear no porque no
pueda, sino porque, hasta ahora, la amenaza a su existencia no ha alcanzado el
umbral que su propia doctrina establece. El problema es que ese umbral se está
acercando, y nadie en los gobiernos occidentales parece tenerlo en cuenta de
manera seria.
El Papa Francisco, que no
era precisamente un analista geopolítico de la RAND Corporation pero que tenía,
como su sucesor, acceso a información que la mayoría de nosotros no tiene,
estuvo años advirtiendo de que vivimos en una guerra mundial a pedazos y que el
mundo se hace pedazos ante nuestros ojos. Cuando Francisco dicía estas cosas,
los comentaristas occidentales lo trataban como a un anciano bienintencionado
pero naíf. Pues bien: hasta ahora, Francisco acertó en cada uno de sus
diagnósticos mientras los estrategas occidentales fallaban en los suyos.
La paz
que nadie quiere negociar
En la primavera de 2022,
cuando la guerra llevaba apenas semanas, hubo negociaciones en Estambul que
estuvieron a punto de producir un acuerdo. Ucrania renunciaba a la OTAN, Rusia
retiraba sus tropas a las posiciones previas al 24 de febrero, y se establecía
un mecanismo de garantías de seguridad. El acuerdo fracasó. Las razones exactas
siguen siendo disputadas, pero los testimonios convergentes de mediadores
turcos, exfuncionarios ucranianos y periodistas de investigación occidentales
señalan que la presión angloestadounidense fue determinante para que Zelenski
rechazara el acuerdo. Boris Johnson llegó a Kiev con un mensaje muy claro: la
guerra puede ganarse, seguid luchando. Ese momento puede haber sido el más
costoso de la historia reciente de Ucrania.
Hoy, la situación sobre el
terreno es incomparablemente peor para Ucrania que en aquella primavera de
2022. Los territorios perdidos son mayores, las bajas son catastróficas, la
infraestructura energética está destruida en gran parte, y la ventana para una
paz negociada se ha ido cerrando. Y sin embargo, la alternativa que se ofrece
desde Occidente sigue siendo más armas, más dinero, más escalada. Con el
horizonte implícito de que en algún momento Rusia cederá, colapsará o se
desintegrará. Ese horizonte no tiene ningún fundamento en la realidad de lo que
está sucediendo sobre el terreno ni en la correlación de fuerzas.
La paz es posible. Lo era
en 2022 y lo sigue siendo ahora, aunque en condiciones más duras para Ucrania.
Pero la paz exige que alguien la quiera de verdad, que alguien tenga el coraje
político de decir que una negociación que implique cesiones no es una
capitulación sino un imperativo moral ante el riesgo de extinción que supone una
guerra nuclear. Esa voz existe en algunos lugares de Europa, aunque se oiga
poco. Existe en el Vaticano, que lleva años ofreciendo su mediación. Existe en
sectores de la opinión pública que las encuestas muestran mayoritariamente
favorables al diálogo. Lo que no existe, o existe muy poco, es esa voz en los
centros de decisión donde se diseñan las políticas.
La
responsabilidad de nombrar lo que hay
Tácito, de quien tomé el
nombre de este blog, sabía que los tiempos felices son los raros, aquellos en
que se puede sentir lo que se quiere y decir lo que se siente. Vivimos tiempos
en que decir lo que se siente sobre esta guerra es arriesgado. Se te llama
putinista, propagandista, colaboracionista. El mecanismo es conocido: la
polarización hace imposible el análisis, porque cualquier matiz se convierte en
sospecha de traición. Pero hay que correr ese riesgo, porque el silencio
cómplice de los que saben y callan es parte del problema.
Lo que hay es esto:
Occidente está llevando al mundo hacia una confrontación nuclear con Rusia
siguiendo una lógica de escalada que nadie controla del todo, en nombre de
valores que se defienden de manera selectiva y con consecuencias que recaen
sobre los pueblos que no han sido consultados. Lo que hay es un pueblo
ucraniano que lleva tres años muriendo en una guerra que otros diseñaron y que
ahora deben sostener solos cuando conviene. Lo que hay es una Europa que ha
renunciado a su autonomía estratégica en el peor momento histórico posible. Lo
que hay es una doctrina nuclear rusa que no es un farol y que nadie en posición
de poder parece leer en serio.
Y lo que hay, también, es la posibilidad de la paz. Siempre, en cualquier conflicto, existe esa posibilidad mientras haya seres humanos dispuestos a preferirla a la victoria. Como escribí hace ya años, terminando con palabras que hoy me parecen más urgentes que nunca: la guerra es el mal estructural, y en un mundo con capacidad nuclear es el mal definitivo. Tengo esperanza. Pero la esperanza, cuando el abismo está tan cerca, exige también la lucidez de nombrarlo. Es una esperanza realista, sí realista, porque sé que lo que nos viene nos hará ser más humanos o definitivamente desapareceremos como especie.

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