Todo en el Universo está sometido a un ciclo de creación-destrucción-creación. Los materiales que hoy componen la Tierra nacieron todos de la muerte de estrellas tras agotar su combustible y explosionar como supernovas. Este proceso permite que el Universo evolucione, de forma que de los átomos más simples de hidrógeno puedan surgir, por reacciones nucleares en el interior de las estrellas, nuevos átomos más complejos, en un proceso que dio origen a todo el oxígenos, carbono o hierro que hay hoy en el Universo, y que aún se sigue dando. Por eso nuestra estrella, el Sol, también participa de este proceso. Su vida se estima en unos 5000 millones de años, en los que ha consumido más o menos la mitad de su combustible. Aún le pueden quedar otros tantos millones de años antes de morir como estrella. Sin embargo, sabemos que a medida que gaste combustible, las capas externas del Sol se expandirán, de modo que su diámetro llegará hasta prácticamente la órbita de la Tierra. Engullirá primero a Mercurio, luego a Venus y también nuestro planeta. Cuando, al final, no quede más combustible, colapsará sobre sí mismo y generará una enorme explosión conocida como supernova. Tras esto, el Sol será poco más grande que la Tierra, con una luz muy disminuida, será una Enana blanca, o bien podría convertirse en un Agujero negro que lo engulle todo a su entorno.
Existen ciertas similitudes entre este proceso de una estrella como el Sol y nuestro sistema económico y social, el capitalismo. Mientras tiene combustible, es decir, materias primas, trabajo asalariado y mercados donde vender los productos, se expande de forma incontrolable, llegando a abarcar el planeta completo. Nada queda fuera de su alcance, sean océanos o bosques, o bien sean seres humanos y sus procesos reproductivos. A medida que crece necesita más y más espacio, llegando el momento en el que no queda sitio para nada más que un proceso infinito de creación-destrucción. Así lo demuestra la historia del capitalismo. En su primera fase, hasta mediados del siglo XX, conquistó todos los territorios posibles y creó un mercado mundial en el ámbito de dominio de las potencias capitalistas. Hacia los años sesenta se vio claro que el capitalismo estaba llegando a sus límites físicos, como bien lo predijo el Club de Roma y su informe sobre Los límites del crecimiento, de ahí que comenzara una guerra para incluir aquella parte del mundo que aún se le resistía: La Unión Soviética y su órbita, China, y algunos lugares de Asia y África. Esta segunda fase concluye con la creación de un capitalismo global que no deja resquicio para nada que no sean relaciones de mercado, productivismo, consumismo y destrucción generalizada. La tercera fase comienza en 2001, cuando se hace evidente que la energía necesaria para mover esta monstruosa máquina de demolición escasea y que pronto será imposible sostener un sistema basado en el despilfarro de energía. En esta fase hay dos elementos sustanciales: uno es la financiarización del capitalismo, que se había iniciado tímidamente en los noventa, el otro el establecimiento de una guerra constante por los recursos. Con la financiarización se consigue la ficción de la creación de plusvalía sin necesidad de una producción material, con la guerra se destruyen los territorios ricos en recursos para, de un lado poder extraerlos con facilidad y, de otro, evitar que sus legítimos propietarios los consuman. Las guerras de Irak, Libia o Siria se producen dentro de esta lógica.

