miércoles, 15 de diciembre de 2010

El olvido del olvido

La anosognosia es la enfermedad neurológica que consiste en no saber que se padece la enfermedad. No se trata de un simple desconocimiento, sino de la negación de la enfermedad. El enfermo niega padecer la enfermedad y por ello mismo está imposibilitado para la curación. Algo de esto es lo que sucede con el mundo postmoderno: se ve incapacitado para reconocer su propia enfermedad (mortal diría Kierkegaard). Esta enfermedad viene siendo diagnosticada desde hace tiempo. Heidegger, el gran neurólogo del alma occidental, acusó al paciente de haber olvidado el ser en beneficio del ente, es más, el alma platónica había devenido impulsos eléctricos de un mecano autómata y había olvidado el propio olvido del ser. El alma de occidente se había suicidado con la cicuta de Sócrates.
Inmanuel Kant dio un gran impulso a la famélica alma occidental con su empujón luminoso: Sapere Aude! El hombre moderno volvía a tomar sobre sí el valor de ser hombre, la valentía de pensar por sí mismo, la audacia para construir su propia existencia, la arrogancia de plantearse su futuro y generar una esperanza. Las preguntas de Kant funcionaban como motores de la creación del hombre en un mundo justo: ¿qué podemos saber?, ¿qué debemos hacer? y ¿qué nos está permitido esperar? son los interrogantes que mueven a la humanidad. En definitiva, qué es el hombre. Pues el hombre es un ser capaz de conocer y conocerse, actuar en el mundo y junto a sus semejantes y esperar la ..., sí, la salvación. Pero, al final de la modernidad, las preguntas ya no están tan claras, se han enturbiado. La misma conciencia de la humanidad ha "madurado" y senilmente ha decaído de nuevo en cierta barbarie. Blumenberg (La legibilidad del mundo) lo dice que la lucidez que queda tras los fulgores del siglo XX. Ahora las preguntas kantianas se formulan como intentos de recuerdo, como cierta anámnesis platónica de un mundo eidético ya perdido. Según el pseudoalemán, las preguntas son: ¿qué era lo que queríamos saber?, ¿qué nos estaba permitido esperar? y ¿qué era lo que debíamos hacer? En definitiva, ¿qué era el hombre y qué mundo creyó poder tener? Se trata del desencanto absoluto del mundo y del hombre en medio de él.

Hoy, más allá de Blumenberg, pero más acá aún de Kant, las preguntas no son interrogantes existenciales, sino meras constataciones de consternación ante lo ya incomprensible. Ahora suenan así: ¿y yo qué sé?, ¿qué más me da a mí? y ¿mañana? Las grandes preguntas de antaño son hogaño enormes estupefacciones. Ahora hemos olvidado el mismo olvido, nos hemos olvidado ser, hemos olvidado vivir. Ahora, en la sociedad ultramoderna, final ya del desaliento postmoderno, el hombre se ha olvidado.


Esta canción para quien quiera olvidar:

1 comentario:

Martín dijo...

Cierto: las grandes preguntas han sido sustituidas por las pequeñas preguntas, las preguntas por el placer y el tener. Por eso a veces he dicho que uno de los presupuestos de la fe es hacer preguntas y sobre todo hacer que la gente se haga preguntas. Saber suscitar preguntas para combatir lo que a veces he dicho que es el lema del hombre moderno y el lema que nuestros políticos fomentan: no piense, no hable, tan sólo diviértase.

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