jueves, 31 de octubre de 2013

De muerte morirás

El libro del Génesis ha sido uno de los más controvertidos a lo largo de la historia para su interpretación. Desde que se acabara el tiempo de las traducciones literales y comenzáramos a entender que la metáfora, la alegoría y el resto de recursos literarios son muy adecuados para comprender el sentido de los textos bíblicos se han abierto una pléyade de interpretaciones que no siempre están de acuerdo con el sentido que podríamos entender como el original del texto. Suele caerse en lecturas moralizantes que no aportan mucho y se pierden tanto como las literalistas superadas. Creo que ya va quedando poca gente que entienda que el relato de Gn 1-3 tiene algo que ver con la historia efectiva de la humanidad. No hace falta caer en las pueriles preguntas de cómo ha salido la humanidad de una sola pareja o si Dios puso a la serpiente para que pecaran. Lo verdaderamente interesante del relato está en la concepción de la especie humana como una más entre las especies animales, aunque con un rango superior debido a su capacidad de juicio moral y a la libertad de acción. Por tanto, lo que los redactores de este texto querían explicar es el motivo de los males y sufrimientos de la humanidad siendo como es el mundo un lugar creado por Dios para el bien de todos. En el fondo subyace la cuestión de la teodicea, cuestión que el pueblo hebreo se planteo principalmente a partir del exilio en Babilonia, lugar donde se redacta el texto definitivo de Gn 1-3.

El capítulo 2 del Génesis nos muestra qué significa ser hombre. Ser hombre es estar ubicado en medio de un núcleo de relaciones. Dios pone un jardín, es decir, una estructura natural que permite a los hombres sobrevivir. Les da, además, una tarea, cuidar y proteger el jardín, pero les da algo más, algo sin lo cual no serían seres humanos: la libertad y sus límites:

"como complemento necesario de la tarea, Dios le da al hombre la característica esencial del mismo, la libertad, “de cualquier árbol del jardín puedes comer” (Gen 2, 16). La afirmación tiene un carácter absoluto. Todos los árboles están a disposición del ser humano, es decir, la constitución natural del jardín es para que el hombre la pueda usar y disfrutar. Ahora bien, en relación estrecha con la tarea asignada, esta libertad debe ejercerse con responsabilidad: “pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás”. Toda libertad implica unos límites para que se real, toda libertad está situada. En la naturaleza todo puede ser utilizado, pero no es conveniente su utilización irrestricta, porque la consecuencia es la pérdida del equilibrio entre el hombre y el mundo circundante, lo que equivale a la dejación de la función de custodia del medio al hombre otorgado. El ser humano no es un añadido postizo en el mundo natural, ni tampoco su señor soberano con poderes absolutos. El hombre es el jardinero que mima las flores. Porque el jardín le aporta al hombre todo lo que necesita, todo lo que resulta “deleitoso a la vista y bueno para comer” (Gen 2, 9). No se trata únicamente de crear un mundo que permita la existencia física del hombre, también debe proporcionar belleza estética y concreción moral. Por eso, no deberá abusar de lo que tiene, la consecuencia sería la muerte: “el día que comas de él, morirás sin remedio” (Gen 2, 17). No se trata, como se interpreta tradicionalmente, que Dios prohíba y castigue la trasgresión. Si se analiza bien no se ve relación causa efecto entre una cosa y otra. Sí es la consecuencia directa de los actos del hombre. Dios le advierte de las consecuencias que tienen los actos. El hombre es libre, y su libertad no puede tener restricciones físicas, sólo morales. Es bueno que todo esté a su disposición, pero también que sepa usar con responsabilidad lo que tiene"*.


Este texto, que forma parte de mi último libro, deberá ser modificado en futuras ediciones. Sigue siendo válido que la libertad debe tener el límite de la responsabilidad moral y de lo contrario el hombre se hace acreedor de la "muerte", espiritual y/o física, pero es conveniente hacer una pequeña reforma en cuanto al sentido de Gn 2, 17. La traducción castellana de todas las biblias que he consultado tiene el mismo sentido, que es el que yo consideré en el texto: si comes morirás. Mientras tradicionalmente se consideró un castigo, yo lo interpreté como una advertencia. Ahora bien, si vamos al texto hebreo original tenemos una traducción alternativa mucho más acorde con el resto del capítulo y, paradójicamente, más cercano a mi interpretación. Le debo esta nueva visión a Emmanuel Falque (Pasar Getsemaní. Angustia, sufrimiento y muerte. Lectura existencia y fenomenológica, Sígueme, Salamanca 2013, 55-57), uno de los más grandes, si no el mayor, teólogo del actual siglo.

El texto de Gn 2, 17 dice literalmente:
 (ומעץ  הדעת  טוב  ורע  לא  תאכל  ממנו  כי  ביום  אכלך  ממנו  מות  תמות)

La traducción más cercana al original sería así: porque el día que comieres del árbol de la ciencia del bien y del mal de muerte morirás.

Es curioso que la Vulgata respetaba esta traducción:  de ligno autem scientiae boni et mali ne comedas in quocumque enim die comederis ex eo morte morieris.

Y la traducción de los LXX también se ceñía a este significado: απ'αυτου θανατω αποθανεισθε.

El problema estriba en saber qué significa esta especie de juego lingüístico: de muerte morirás. De qué se va uno a morir si no. Es sabido que el hebreo, como idioma antiguo, posee menos palabras y expresiones que los idiomas modernos y que para expresar algo debe hacer uso de recursos estilísticos como esta reduplicación, morir de muerte. La sentencia no significa que morirás sin remedio, o tendrás que morir, que es la habitual hoy. Lo que significa es que una vez comido del árbol del conocimiento del bien y del mal serás consciente de tu mortalidad y por tanto sufrirás por el hecho de tener que morir. Estamos, no ante una amenaza, tampoco una advertencia, como yo mismo interpretaba, sino ante una constatación: el día que comen de ese árbol son plenamente humanos, pues son conscientes de su mortalidad. Es el paso a la muerte espiritual, la que de verdad nos constituye como humanos en plenitud.
La consecuencia del pecado no es la muerte física, sino la espiritual. Se aleja así la cercanía entre pecado y naturaleza creada y se acerca el pecado a lo que realmente es: la ruptura espiritual de los límites de lo humano. La muerte que vino con el pecado es la espiritual, no la biológica. De esta manera podemos arrojar definitivamente al infierno de la exégesis y la teología consecuente las interpretaciones que vinculan el pecado con la carnalidad, la naturaleza y la sexualidad y vincularlo con el abuso de la realidad creada. Pecar no es ser finito e imperfecto, pecar es negar la finitud y la imperfección, querer ser como dioses, justo las palabras de la serpiente.

Por tanto, el ser humano ha sido puesto, no arrojado, en el mundo con una tarea y una misión: cuidar, proteger y respetar los límites. Cuando no cumple con su misión y rebasa los límites cae en la absoluta depravación que le lleva a la muerte espiritual, causa del crimen y del pecado. Rotas las relaciones que lo constituyen, el hombre se torna un mero animal que sigue unos instintos que lo destruyen como tal. La muerte es algo natural, pero la conciencia de la muerte llega a partir de la superación de los límites, de su negación. Asumir la creaturalidad y sus consecuencias es el inicio de la salvación. Si tomar del árbol lleva a la conciencia de la mortalidad, cuidar, proteger y respetar conducen a la vida. Del cuidado viene el culto y del culto la cultura. Estas son nuestras tareas como humanos y en ellas estamos todos en comunión, en la comunión de los santos.


*Bernardo Pérez Andreo, No podéis servir a dos amos. Crisis del mundo, crisis en la Iglesia, RD/Herder, Barcelona 2013, 114-115.

1 comentario:

CECILIA GUILLEN PEREZ dijo...

Justamente aludía en la breve entrada de mi blog: "que mueran los muertos, para que puedan vivir los vivos".Hay demasiados zombies que jamás han entendido ni entenderán que vivir es alegría y es dolor, es una fruta ambigua, y como tal hay que aceptarla para poder estar vivo. La conciencia del bien y el mal supone la aceptación de estas muertes en vida, de estas frustraciones, de esa ciencia que se nos presenta como meta inalcanzable y utópica, pues sin su acicate, estaríamos muertos en vida.
En momentos de profunda tristeza, lo que más desearía sería no haber probado jamás esa manzana, no saber que soy, que sé y que estoy obligada como ser libre y responsable a ser y a saber más. Es entonces cuando envidio tremendamente a los ilusos.

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