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lunes, 21 de mayo de 2018

¿Podemos ser incoherentes?

La pregunta que lanzo es la siguiente: ¿aquellas personas que creemos en otra forma de organizar el mundo, de vivir, de entender las relaciones personales fuera del capitalismo y de su visión economicista, mercantilista, materalista y hedonista de la vida, podemos ser incoherentes, es decir, podemos hacer cosas distintas a las que manifestamos, deseamos y anhelamos? La respuesta es rotunda: debemos ser incoherentes, no nos queda otra. Pues, mientras no vivamos en una sociedad organizada para que las personas no tengan que vender su fuerza laboral, establecer relaciones de dominio o anhelar bienes innecesarios, no nos queda más remedio que vivir de forma distinta a como pensamos y manifestamos. Por poner tres ejemplos. Aunque creemos que el trabajo debe ser un medio para relacionarnos con los demás y con la naturaleza, respetando el medio natural y sabiendo que los otros son siempre fines y no solo medios, no tenemos más remedio que experimentar la cosificación de las relaciones laborales, donde las estructuras de extracción de riqueza priman sobre las relaciones personales. Aunque creemos en la necesidad humana y medioambiental de un transporte colectivo, ecológico y universal, tenemos que vivir en una sociedad que ha sido organizada para el uso de medios privados de transporte, menos eficientes, más caros y menos humanos. Aunque afirmamos la necesidad de un uso común de la propiedad que permita a todos cubrir sus necesidades de vivienda o de desarrollo personal, vivimos en una sociedad organizada sobre la base de la propiedad privada de los medios de reproducción de la vida humana.

Estos tres ejemplos sirven para todo lo demás. Lo que podemos hacer es intentar minimizar el coste personal, social y medioambiental de tener que transigir que el mundo capitalista. Por ejemplo, reduciendo el uso de las cosas que en esta sociedad son necesarias para vivir: ropa, alimento, vehículos, aparatos eléctricos, etc. Aun así, siempre habrá, y yo lo he tenido que padecer bastante, quien no se sienta satisfecho con que no dispongamos de una vivienda de lujo o de una segunda vivienda, o de que usemos los aparatos que esta sociedad impone para poder vivir en ella, como ordenadores o móviles. Siempre hay que exige más pureza, habitualmente sin aplicársela a sí mismo. La única opción que te dan suele ser irte al bosque a vivir fuera de la civilización, con lo cual consiguen lo que pretenden: que no seas un contra ejemplo. No deja de ser curioso tener que justificar ante alguien que usa coche y móvil que tú los uses. Soy muy consciente de la parte alícuota de pecado de este mundo que me toca por usar un ordenador o un móvil que tienen componentes fruto de la guerra en el Congo. Eso me debe hacer más consciente de la necesidad de la transformación social, pero no puedo dejar de utilizar esos medios dentro de los parámetros de esta sociedad. En mi caso ha sido una decisión muy dura que me llevó mucha lucha interna, pero que no me quedó más remedio que arrostrar con el pecado que implica ser cómplice del crimen de este mundo. Soy consciente de mi pecado y hago lo posible porque no se reproduzca. He estado tentado de abandonar todo e irme al bosque, como dicen algunos, vivir de la agricultura, reducir al máximo mi exposición a este mundo, salir de él. Pero, creo que soy más útil si me quedo e intento cambiarlo que si huyo y me dedico a una pureza que nunca transformará el mundo.

miércoles, 16 de agosto de 2017

La verdad libera, pero no salva.

La verdad del mundo se muestra en medio del sufrimiento. Como entendiera San Pablo, en la cruz de Jesús se hace patente aquello en lo que los hombres han convertido el mundo: un lugar de sufrimiento injusto para quienes se proponen vivir la plenitud que Dios quiso para todos los seres humanos. Pues, mientras unos pocos viven en medio de los lujos más obscenos, millones, miles de millones han de sufrir las carencias más lacerantes; estas carencias son el reverso dialéctico imprescindible para aquellos lujos. El lujo eterno de unos pocos, del que habla Lipovetsky, es la imagen especular invertida de la miseria infinita de la mayoría. Por este motivo, y solo por este motivo, la cruz es el camino de salvación. La verdad, nos dice Pablo, libera, pero no salva, nos salva la cruz, porque en ella comprendemos la verdad, que es la mentira de este mundo construido por los seres humanos, porque ahí se expresa el amor más profundo que el ser humano puede experimentar: el amor comprometido hasta la entrega suprema de la propia existencia.

Ahora bien, ¿qué significa la salvación y qué significa la entrega suprema? Para los seguidores de Jesús de Nazaret, la salvación es lo que Jesús vivió. Nos salva su experiencia extendida a través del tiempo por sus seguidores en cualquier lugar del mundo. En Jesús, los primeros seguidores y las comunidades creadas después por ellos, experimentaron la respuesta de Dios ante lo que tipificaron como el pecado de este mundo. Se trata de lo que hoy llamamos la injusticia. El pecado del mundo es que pudiendo vivir todos en fraternidad universal, lo hacemos en lucha constante por el dominio. La sociedad se estructura mediante una ruptura entre una élite que se apropia de la mayoría de los bienes sociales y el resto que ha de pelear por obtener una parte mínima. Esto lleva a una violencia estructural que genera la injusticia y, como advirtiera Pablo, encubre la mentira, pues la mentira es el recurso estructural del orden injusto para legitimarse ante los seres humanos.

La salvación que experimentamos en Jesús, siguiendo la tradición hebrea, es que el orden del mundo puede guiarse por una fraternidad global. Ser salvo es estar en comunión con un orden social y natural fraterno; es no caer en la lucha por el dominio o, como se diría hoy, por la hegemonía; es vivir la plenitud de la existencia en armonía con la naturaleza y en paz social, pero una paz que, como dice la Escritura, brota de la justicia, no de la imposición, como es la pax romana que padeció Jesús y en cuyo altar fue crucificado. De esta manera, la cruz es la patentización suprema de la injusticia estructural que somete por la violencia a la mayoría de las personas y a la naturaleza para que unos pocos que rigen los destinos humanos pueden vivir según sus apetencias, no según la fraternidad universal.

martes, 5 de abril de 2016

Requiem por los que van a morir

Hay una escena en la película Requiem por los que va a morir (Mike Hodges,1987) que resulta muy interesante para analizar lo que sucede con Europa en estos tiempos, especialmente con los europeos. Si el lector no recuerda la película se la refresco: Martin Fallon (Michey Rourke), abandona el IRA tras un atentado en el que mueren los niños de un autobús a cuyo paso estalla la bomba preparada para un camión de soldados. Sin embargo, sus antiguos correligionarios lo persiguen para acabar con su vida. En su huida debe cometer un asesinato más para un mafioso, pero un sacerdote es testigo de este crimen e intenta taparle la boca bajo secreto de confesión. En la escena de su muerte, Fallon debe saltar desde lo alto de la Iglesia en reformas y se abraza a un crucifijo del que resbala y cae, cayéndole encima el crucifijo y muriendo. En su desesperación recure a Cristo, pero sus pecados son tantos que el crucifijo no puede sostenerlo y muere aplastado por la cruz.

Fallon es un hombre con remordimientos que busca algún tipo de consuelo moral, pero una vida demasiado marcada por el crimen no puede reconvertirse gratuitamente, necesita de un largo proceso de conversión del que Fallon no quiere saber nada. De alguna manera es lo que podemos ver en esta Europa. Llevamos muchos siglos de barbarie contra otros pueblos y culturas. Desde el Renacimiento nos hemos dedicado a expoliar, oprimir y sojuzgar continentes enteros. Todo lo hemos hecho con la excusa de la fe y la civilización, pero en realidad no ha sido más que rapiña y barbarie. Desde la esclavitud de los africanos para cultivar en América, pasando por el exterminio de poblaciones aborígenes y la extracción sistemática de las riquezas inmensas de las tierras dominadas, Europa ha amasado una ingente riqueza que solo tiene parangón en su enorme pecado. Hasta el punto ha llegado este pecado que hay que llamarlo estructural, pues es un modo de vida que se ha extendido a otros. Estados Unidos, Japón, China o Sudáfrica han repetido este mismo sistema de relación con otras poblaciones. Este pecado estructural tiene tres pilares fundamentales: el primero es el capitalismo como forma de organizar la economía, el segundo es el paradigma tecnocrático que rige la sociedad y por último el relativismo práctico que sustenta la moral posmoderna. Estos tres pilares, analizados por el Papa Francisco en Laudato Si' son la base de un mundo donde gobierna la avaricia, el lucro y el desarrollismo a toda costa. Europa es la impulsora de este modelo social y ella deberá ser quien haga la penitencia.

jueves, 14 de enero de 2016

Spain is different?

Spain is different fue una frase acuñada durante la dictadura para que los turistas se acostumbraran a que existía un país que era en esencia igual al resto de Europa, pero con una leve diferencia, el jefe del Estado era un dictador. Esto en sí mismo ya es un acto de corrupción, pues aceptar como normal una dictadura, que es la corrupción de la política en estado puro, es transigir con un mal en sí mismo. Como todos los regímenes dictatoriales, España vivió una época en que el clientelismo, el amiguismo, el nepotismo, el abuso de discrecionalidad estaban a la orden del día. Las leyes existían, pero su aplicación se restringía a lo que la autoridad considerara. Fruto de aquello se produjo una concentración de la riqueza en una clase social gozante, como diría Miguel Espinosa[1], que había crecido al calor de la dictadura y amasado enormes fortunas. Toda la economía patria se puso al servicio del enriquecimiento de esta clase social afecta al régimen.

A partir de la Transición, España se abre al capital internacional de forma plena, y entran en juego otros intereses. Durante cuarenta años se había creado una economía de semi-autarquía que permitió tener un sector industrial importante, pero la entrada en la escena económica internacional hizo reconvertir la industria, especialmente tras la entrada en la Comunidad Económica Europea en 1986. La reconversión fue brutal y España pasó a integrarse en la división internacional del trabajo; turismo y servicios serían de ahora en adelante los pilares de la economía española. Aquella clase gozante se adaptó a esta nueva circunstancia y empezó a gestionar la política de modo que sus intereses se vieran favorecidos. Aprovechando la gran crisis de principios de los noventa, se empezó a desmantelar el potente sector público: comenzaron las nacionalizaciones de la banca, los sectores energéticos y comunicaciones así como todo lo que pudiera ser rentable. Estas nacionalizaciones se concluyeron a finales de los noventa y, de forma sistemática, las empresas otrora públicas pasaron a manos de los amigos de los gestores políticos, en un acto claro de corrupción institucionalizada.

viernes, 11 de junio de 2010

"Terrorismo humanitario"


En alguna otra ocasión hemos comentado en este espacio que el pecado que no puede ser perdonado, el pecado contra el Espíritu Santo, lo es porque se trata de "con-fundir", en sentido literal, el mal y el bien; o dicho de otra manera, llamar mal al bien y viceversa. Cuando esto se hace, la posibilidad del perdón queda impedida por esencia. Si el pecador no es capaz de ver su pecado, difícil será que pida el perdón y se le otorgue. Pero es que, además, es el peor de los males que pueden dominar a un individuo y a una sociedad. Si este mal domina a un individuo, su acción estará conducida por la mera casualidad o gobernada por fuerzas ajenas a él; si domina a una sociedad, lo más probable es que termine como la Alemania nazi o la postmodernidad agonizante.


Me hacía estas reflexiones a propósito de la llamada "flotilla de la libertad" que intentaba llevar ayuda al mayor campo de concentración de la historia, Gaza. Este pequeña isla de tierra palestina vive rodeada por Israel, Egipto y el Mar Mediterráneo. Sus habitantes no pueden salir, ni entrar nada que Israel, con la colaboración de Egipto, permita. Estrictamente hablando es un inmenso campo de concentración de una población sufrida, perseguida y masacrada constantemente por la mayor fuerza militar que se haya conocido jamás. Porque al poder militar de Israel se une la inmensa ayuda del Amigo Americano. Sobre Gaza se han realizado en los últimos años los experimentos con drones, aviones teledirigidos, que han permitido perfeccionar esta tecnología hasta el punto de ser completamente fiable. Aviones de este tipo son utilizados para: vigilar, grabar, seleccionar, asesinar e intimidar a la población. Todo ello se realiza con la anuencia de la comunidad internacional y con el visto bueno de la ONU.
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