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jueves, 14 de enero de 2016

Spain is different?

Spain is different fue una frase acuñada durante la dictadura para que los turistas se acostumbraran a que existía un país que era en esencia igual al resto de Europa, pero con una leve diferencia, el jefe del Estado era un dictador. Esto en sí mismo ya es un acto de corrupción, pues aceptar como normal una dictadura, que es la corrupción de la política en estado puro, es transigir con un mal en sí mismo. Como todos los regímenes dictatoriales, España vivió una época en que el clientelismo, el amiguismo, el nepotismo, el abuso de discrecionalidad estaban a la orden del día. Las leyes existían, pero su aplicación se restringía a lo que la autoridad considerara. Fruto de aquello se produjo una concentración de la riqueza en una clase social gozante, como diría Miguel Espinosa[1], que había crecido al calor de la dictadura y amasado enormes fortunas. Toda la economía patria se puso al servicio del enriquecimiento de esta clase social afecta al régimen.

A partir de la Transición, España se abre al capital internacional de forma plena, y entran en juego otros intereses. Durante cuarenta años se había creado una economía de semi-autarquía que permitió tener un sector industrial importante, pero la entrada en la escena económica internacional hizo reconvertir la industria, especialmente tras la entrada en la Comunidad Económica Europea en 1986. La reconversión fue brutal y España pasó a integrarse en la división internacional del trabajo; turismo y servicios serían de ahora en adelante los pilares de la economía española. Aquella clase gozante se adaptó a esta nueva circunstancia y empezó a gestionar la política de modo que sus intereses se vieran favorecidos. Aprovechando la gran crisis de principios de los noventa, se empezó a desmantelar el potente sector público: comenzaron las nacionalizaciones de la banca, los sectores energéticos y comunicaciones así como todo lo que pudiera ser rentable. Estas nacionalizaciones se concluyeron a finales de los noventa y, de forma sistemática, las empresas otrora públicas pasaron a manos de los amigos de los gestores políticos, en un acto claro de corrupción institucionalizada.

jueves, 14 de mayo de 2015

Cáritas y la recuperación de la política

Desde hace 30 años, desde que se impusieron las medidas neoliberales en todo el planeta, vivimos un desprestigio de la política auspiciado desde las mismas instancias políticas. Es lo que se conoce como pospolítica, una situación en la que las decisiones que gobiernan los Estados no son tomadas por las instancias legítimas según el orden social nacido de las revoluciones burguesas, sino que se aplican al modo de gestión de las empresas. Especialmente sucede esto en el ámbito económico, donde existe un consenso muy extendido por el que la economía sería una ciencia seperada del orden social, autónoma; sólo un pequeño grupo de expertos puede tomar medidas que se ajustan a esa ciencia, presentada casi como si se tratara de una simple deducción axiomática. Hay paro y crisis, pues aplíquense reformas estructurales que abaraten el despido y desregulen el mercado laboral. Desde esa perspectiva, los eventos económicos son casi acontecimientos meteorológicos; hay que aceptarlos tal como vienen y sufrir las consecuencias. La política nada tiene que decir en estos casos. Es más, cuando los políticos meten sus manos en los asuntos económicos es para peor, el ejemplo que nos ponen es el de las Cajas de ahorro. Sin embargo, resulta curioso que hablen así los mismos responsables políticos de su destrucción. Ha sido desde una ideología muy concreta y en lugares muy específicos, Madrid, el Levante español, desde donde se ha saqueado a espuertas los público y luego se ha utilizado ese saqueo para justificar su privatización. Así ha sucedido en las Cajas de ahorro, pero también en la Sanidad y ahora en la Educación.

Todo esto es causa de la ideología neoliberal que propugna la pospolítica. Nos ha convencido de que dejar a los criterios del mercado privado lo público es la única opción. Si hay errores, siempre serán menores que los que cometan los políticos. Curiosamente, los peores de los políticos pertenecen a esa misma ideología neoliberal, sea en su facción liberal-conservadora o social-liberal. De una u otra forma, los principales partidos de este país han adoptado esa ideología y la han aplicado sistemáticamente desde hace 22 años; de aquellos polvos... Sí, son esas mismas políticas que no creen en lo público las que han asaltado las administraciones para llevarse a manos llenas cuanto han podido, sea con mordidas, con contratos amañados, con externalizaciones o con privatizaciones. Tras el saqueo venía la justificación de la ineptitud de lo público y la consiguiente deslegitimación de los bienes comunes, que son los únicos que pueden construir una sociedad. Resulta lacerante que se destruya lo social en nombre de un supuesto bien común que no es más que el latrocinio sistemático de una élite social y sus subalternos. Sin embargo, ha sido la Iglesia católica la que ha mantenido en alto el pabellón de lo público, de los bienes comunes, de la política.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Civilización moderna: ¿muerte y resurrección?

Mesa redonda: En las postrimerías de la Civilización Moderna. Proceso decivilizatorio, ética y religión.
Instituto Teológico de Murcia, 8 de noviembre 2013. 18:30 horas.

Ahora que nos cuentan el relato de la salida de lo que ha sido la más profunda recesión económica del modelo capitalista de desarrollo no está de más profundizar en las causas y consecuencias de este evento que no puede quedar reducido a una cuestión meramente económica, mucho menos financiera. La crisis de la civilización occidental es una realidad de largo aliento que podemos rastrear en la obra y vida de Nietzsche y en sus epígonos posmodernos tras la quiebra heideggeriana. Se trata de un modelo de civilización el que está en crisis, un modelo de civilización que ha tenido en la infraestructura económica su razón de ser, de ahí que los síntomas de la enfermedad mortal de occidente se vean en primer lugar en la economía. Pero las causas hay que buscarlas en las mismas raíces de esta civilización, raíces profundas que habría que rastrear dos milenios atrás, pero que tienen su manifestación más precisa desde la constitución de un mundo globalizado efectivo.

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