jueves, 9 de septiembre de 2010

Los límites de la democracia


He tenido, en las últimas semanas, la oportunidad de vivir los límites de la democracia. Ha sido una experiencia interesante de aprendizaje, a la vez, de los límites del ser humano. No hace mucho estuve presente en una reunión donde se tenían que tomar unas decisiones que nos afectaban a todos por igual y nadie podía decidir por sí mismo. La lógica era de un hombre, un voto. La reunión comenzó con la exposición por parte de varios miembros de las dificultades económicas que hacían necesario reducir ciertos gastos. Entonces se empezó con el debate sobre cuáles de los gastos a reducir eran menos necesarios. Tras una larga discusión, donde hay que decir que hubo más volumen que ideas, la decisión final adoptada por la mayoría de un 80% fue eliminar el mantenimiento de un bien común que afecta a todos. La mayoría no atendió ni a las razones esgrimidas por la minoría, ni al sentido común. De hecho, el bien eliminado generará más gastos en el futuro, pero ahora sí supone un ahorro. Resumiendo, la mayoría decidió hacer un recorte presente, aunque existe el riesgo cierto de un mayor gasto futuro. Ahora, todos hemos de hacer frente a la decisión tomada, también los que estábamos en contra. Cuando ese bien se deteriore, todos habremos de pagar las consecuencias. He aquí el límite de la democracia de mayoría, que esa mayoría puede tomar decisiones que son claramente perjudiciales.

También recientemente, he podido vivir una situación diferente. Un grupo que debía tomar una decisión que afecta a todos se dejó llevar por la opinión que más poder jerárquico ostentaba, sin debatir y sin llegar a emitir votos. Fue una decisión tácita que todos aceptaron. Con el tiempo, esa decisión tuvo consecuencias negativas, pero el grupo no terminó de aprender que el debate es imprescindible a la hora de tomar decisiones que afectan a todos porque es la única manera de que cada cual haga suya la decisión. El debate es hacer común lo individual, el debate es la comunidad. O dicho en términos cristianos, el debate es el brillo del Espíritu Santo en medio de los hombres.

Estas dos situaciones me han hecho pensar que la democracia es un bien muy apreciado al que despreciamos constantemente. Sea porque reducimos la democracia al mero ejercicio del voto periódico, sea porque delegamos nuestra responsabilidad en el jerarca de turno porque es más cómodo o porque eso me puede ayudar a medrar. Sea como sea, la democracia pierde y si pierde la democracia, perdemos todos. La verdadera democracia supone la asunción por parte de todos de la responsabilidad de decidir. Se trata de una decisión informada y debatida, donde la verdad, como diría Habermas, nace como fruto maduro del diálogo y el consenso. No se trata de reducirlo a una simple cuestión de mayorías, las mayorías se pueden equivocar, ni tampoco de una cuestión de poder de convicción, se trata del diálogo que hace fuertes las decisiones.

Estoy pensando en las Juntas de Buen Gobierno que los zapatistas pusieron en funcionamiento en Chiapas y que tan buenos resultados están dando en aquella zona tan oprimida. Las decisiones se toman tras un largo periodo de debate y reflexión comunitaria. Es cierto que es un proceso muy lento, pero eso asegura que la decisión es comunitaria y no impuesta. A veces, ciertas ONGs se exasperan de lo difícil que es decidir en las JBGs, pero cuando la comunidad decide algo, todos lo cumplen y lo llevan hasta el final. De esta manera, Chiapas empieza a ver la luz, una luz sólo apagada por la militarización del gobierno mexicano.

5 comentarios:

Martín dijo...

Interesante reflexión la tuya. A mi entender has dicho dos palabras clave para que una democracia pueda superar sus límites: diálogo y consenso. Consenso que solo es posible tras un largo y razonado diálogo, en el que hay información veraz y objetiva. El ideal de la democracia no es la imposición de las mayorías, sino el asumir las razones, necesidades e inquietudes de la minoria y lograr así el mayor consenso posible. Cuando se trata de mayorías en las que se gana por un voto, la división está asegurada desde el principio y la guerra está en germen. Ya comprendo que una cosa es la democracia política y otra la democracia de nuestros grupos, instituciones, etc. Incluídas sobre todas las eclesiales. Ahí es posible una democracia en la que el diálogo y el consenso sean ejes directrices, en la que el objetivo sea la verdad y el bien común. En política es otra cosa, aunque hay que admitir que la democracia es el menos malo de los sistemas. Saludos.

María. dijo...

La democracia ha impulsado el control de masas dejando a un lado una sociedad que pudo estar en comunión, gracias al uso responsable de esta, aunque nunca hemos estado preparados para gobernarnos, ya sea por el tipo de sociedad, la incultura, la indolencia, etc. nunca hemos podido decidir lo mejor para todos. Si es cierto que con el bi-unipartidismo imperante es complicado, pero con una idea pura de democracia, de lo que nos conviene a todos, de formación, diálogo, tolerancia y de un poco de sacrificio por el otro, se podría llegar a romper con esta oligarquía actual.
Aunque… en fin, es mucho pedir.

Desiderio dijo...

Yo creo que para que una democracia funcione debe darse en un ámbito social adecuado, que no es otro, como comentas, que el de respeto, libertad, diálogo, consenso,… en definitiva, un ámbito en el que la gente piense, opine, participe y pretenda construir algo. Si no es así, entiendo que la democracia se desvirtúa para convertirse en una pantomima, en una competición en la que lo que importa es ganar, conseguir el poder, a costa de lo que sea: promesas incumplidas, manipulaciones, chantajes, acusaciones más o menos fundadas, descalificaciones,… En este sentido, creo que la democracia actual está minando desde la raíz aquellas condiciones que la posibilitan, como es ayudar a las personas a crecer como tales y a vivir en auténtica libertad. Para que la gente se pueda comprometer de forma activa, antes debe ser algo como persona, o mejor dicho, antes debe ser persona, para tener así algo que ofrecer a la sociedad, y este es –me temo- nuestro drama, y a lo mejor el de cualquier época: que ese ciudadano escasea (y no sé yo si al Estado le interesa ciudadanos que “piensen”, pues le complican la existencia). Es más fácil y más cómodo votar cada x años, y que los políticos se encarguen de llevar la sociedad que para eso cobran.

Winibal dijo...

He seguido siempre de cerca el pensamiento de Adela Cortina. Yo creo que aporta luz teórica en este punto. Tengo recogido en mis fichas una glosa en torna a ella de "no se quien" que viene a decir lo siguiente:

"Una concepción actual de la democracia debe cumplir algunos requisitos:

1. No puede contar con una noción compartida de bien común, sino con una sociedad pluralista, en la cual compitan distintas concepciones de "vida buena". No puede señalar, por ejemplo, sin equívocos, ni discriminaciones ni autoritarismo, en qué consiste la felicidad.

2. No puede, por tanto, constituirse como una "democracia sustantiva" (que tendría en cuenta un concepto específico de felicidad), sino como una "democracia procedimental", en la cual las decisiones legítimas son las tomadas según procedimientos racionales.

3. Sin embargo, el criterio para medir la legitimidad de las decisiones no es idéntico al que mide su justicia (ésta tiene que ver con una noción compartida de "bien común")

4. Que una democracia sea procedimental y posibilite distintas formas de vida, no significa que sus procedimientos sean neutrales y den cabida a cualquier forma de vida: las hay indeseables.

5. Una noción de ser humano autónomo que se sabe inserto en una comunidad: su autonomía es imposible sin su solidaridad. Esta solidaridad se abre a comunidades transnacionales porque sus principios son universalistas. El nacionalismo no se adecua a la imparcialidad.

6. Aunque el sujeto se desvanezca en mecanismos estratégicos sin sujeto, es de los sujetos de quienes se espera la radicalización de la democracia. Por tanto, se trata de confiar en una conversión moral. No basta, pues, una ética de la responsabilidad para la cual importa sólo que "lo bueno acontezca". La "conversión del corazón" es condición necesaria. Ello significa simplemente que no hay democracia radical sin .sujetos morales, afirmación grave, dice Cortina, en épocas de fuerte crítica a la categoría de sujeto."

Un saludo.

Bernardo Pérez Andreo dijo...

Gracias por traer a Cortina por aquí, Winibal. yo había hecho un guiño a la acción comunicativa con la cita a Habermas, aunque difiero de su postura moral de mínimos. Creo que los mínimos tienen una función reguladora del individualismo en el capitalismo y no buscan la consecución del Bien Común, sin el que ninguna forma de gobierno puede justificarse.
Hace tiempo me atreví a proponer una especie de ética de óptimos. Algo así como una mediación entre la ética de mínimos y la de máximos. Una política de máximos acaba siendo una tiranía; una ética de mínimos genera una humanidad minimizada. Lo óptimo el justo medio entre una política de mínimos y una ética de máximos.

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