domingo, 13 de septiembre de 2009

El hombre parásito

Me ha producido un enorme impacto que alguien que está en los antípodas de mi pensamiento coincida con el mío de una forma tan perfecta. El análisis de Carlos Castrodeza en "La darwinización del mundo" (Barcelona 2009) es inquietante por la propuesta, decidídamente nihilista, que nos ofrece en su extenso pero intenso texto que me ha tenido embargado unos días sin poder dejar de sorprenderme a cada párrafo. Es insuperable la justificación darwiniana de una metafísica centrada en la "accidentalidad", así le llama, de la existencia humana. No olvida en su argumentación a ninguno de los filósofos o científicos que han tenido y siguen teniendo algo que decir en el momento "evolutivo" actual de la humanidad. Por no dejar, no deja títere con cabeza ni en la ciencia, ni en la teología, ni en la filosofía, ni tan siquiera en la política. Secillamente brutal. No tengo otra descripción para su lectura.

La "accidentalidad" se opone a la metafísica esencialista al uso que podría rastrearse desde los presocráticos hasta el mismo Heidegger, quiéralo él o no. Que el ser humano es un mero accidente evolutivo es algo que hasta los más decididos teístas comparten, sólo que estos últimos le llaman a eso providencia, teleología o, simplemente, progreso; pero el hombre, quiérase o no es un accidente, un ser no adaptado evolutivamente al medio con lo cual rompe la supuesta máxima de la selección natural. La susodicha selección no sería otra cosa que un eufemismo de la divinidad con el que el propio Darwin habría querido salvaguardar a Dios de los males que la propia naturaleza comete con sus hijos. Tan despiadada con los seres vivos como es la naturaleza, no puede serlo el Dios benevolente en el que Darwin aún quería creer, al menos antes de publicar su obra definitiva sobre el Origen del hombre.


Según Castrodeza, tomarnos en serio la "accidentalidad" implicaría dejar de creer, no ya en Dios, sino en cualquier tipo de privilegio epistémico, aleteico, ontológico y moral, de modo que ya no quedarían ningún tipo de referentes, a lo sumo un mero estar en el mundo como medio de satisfacer la única necesidad de los seres vivos: permanecer. De aquí se deriva una posición nihilista de corte cínico que dejaría al hombre riéndose de sí mismo y de todo aquello que pueda algún día llegar a hacer, una posición que el autor expone no sin cierta ironía, ironía que nos suena un tanto a sarcasmo autodestructivo que el que suscribe no podría nunca aceptar. Ahora bien, coincido con el autor, y aquí viene el impacto antes nombrado, en que el hombre postilustrado, dígase postmoderno, de las sociedades occidentales y occidentalizadas, ha devenido un parásito de el resto de seres humanos que deben trabajar y apenas subsistir para que él pueda gozar de todos los caprichos de este mundo que se ha creado a imagen y semejanza de tal garrapata humana. El grave problema que acarrea este parásito es que no deja que el huésped viva sino que chupa su ser hasta que muere de pura inanición o infectado completamente por los residuos de su propia existencia. Este ser humano, pulgón inextinguible que diría Nietzsche, es el hombre opulento que ha creado el mundo capitalista en descomposición, pero esto no puede decirlo el señor Castrodeza, quizá porque está demasiado inmiscuido en su reproducción o en la trasmisión genética de la que tanto gustan los darwinianos como criterio epistémico para explicar lo que no es sino puro egoísmo y avaricia.


Comparto la idea del hombre postmoderno como un parásito, pero no puedo aceptar que eso deba ser el resultado de un proceso evolutivo que es intocable en sus consecuencias. No soy optimista respecto a la naturaleza humana, aunque sí creo con Hume que esa misma naturaleza nos empuja a ser mejores, llegando incluso a un modelo de ser social que, más allá del altruismo recíproco (egoísmo calculado llaman los darwinistas puros) es capaz de llagar a la misericordia, el don gratuito y la entrega heroica. El hombre es un producto de la naturaleza, pero no es la consecuencia de una mera lucha atroz de todos contra todos, es el resultado de una interacción comunional con el medio en el que vive, debiendo llamarse a este medio "mundo" y siendo su ser un ser-en-el-mundo para plenificarlo. Soy decididamente pesimista, pero no por lo natural sino por lo social, por las consecuencias históricas de nuestros actos; pero a la vez estoy cargado de esperanza, por lo natural no por lo social, porque cuando veo la sonrisa cargada de futuro de mis hijos comprendo que sí hay esperanza para el hombre en el mundo.

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