domingo, 8 de julio de 2012

La Religión de la Globalización


La religión de la globalización responde al modo de producción social imperante: el mercado absoluto controlador de todos los ámbitos de la vida. Todo se rige por este nuevo dios que nos ha sido impuesto y al que debemos rendir culto. La nueva religión es la religión del mercado, del supermercado, del mercadeo constante y de la mercantilización absoluta de la existencia. Este cierre del ámbito humano y su clausura mercantilista es la causante de la pérdida de las transcendencias, pero a la vez lo es del auge de la religión. Cuando el hombre no tiene nada excelso por lo que vivir, necesita elevar a ese rango aquellas cosas que vive cotidianamente. Luckmann entiende que la religión, todas las religiones en la globalización, están empeñadas en pervivir sobre la base de dar a los miembros de esta sociedad aquellas transcendencias menores que gustan y entienden: la autonomía del propio yo y su sacralización.

La religión de la globalización es individualizadora y privatizada, pero ante todo posmoderna. Sabemos que el término dice mucho y también nada, de ahí que preferimos definirlo con Zygmunt Bauman, el padre de la reflexión sobre la licuefacción de la modernidad. Para Bauman, la posmodernidad es la modernidad líquida, donde todas las referencias sólidas se han perdido: el sujeto como constructor de la realidad, la razón como comprensión del mundo, los valores morales del esfuerzo, la dedicación o el altruismo como base para una sociedad fuerte, sólida. Todo se ha convertido en líquido, casi en gaseoso a base de ir redefiniendo los modos de vida para convertirlos en un vivir cada día, sin más pretensión que el goce y el pasar de largo de todo, sin que nada roce la piel, mucho menos que haga mella en el corazón. Con esta realidad delante se hace imposible una religión como la hemos entendido tradicionalmente.
Fiel a sí mismo, Bauman establece el proceso de licuefacción de la modernidad en el ámbito de la religión[1]. Tres son las estrategias utilizadas: 1) sometimiento de la muerte a la división del trabajo, perdiendo su carácter misterioso y privatizando su experiencia; 2) fragmentación de la experiencia de la muerte y múltiples amenazas sin rostro que amenazan al hombre cada día; y 3) la muerte de los seres cercanos se esconde, se privatiza, mientras que la muerte, en general, se vuelve cotidiana. Mediante una especie de nueva danza macabra de la posmodernidad, la muerte se vuelve cotidiana en los informativos, films y publicidad. Con estas tres estrategias se ha conseguido que la religión, que tiene su origen como vimos en la preocupación por las cuestiones sustanciales de la vida, siendo la muerte una fundamental, pierda su sentido y tenga que encontrar otro distinto en la sociedad posmoderna globalizada.
La religión globalizada ha elevado las experiencias cotidianas a rango de transcendencias. Se trata de una perspectiva complementaria, aunque inversa a la que propone Luckmann. Según Bauman, para acceder al hombre moderno, al que califica acertadamente de “recolector de sensaciones” hay que democratizar aquellas experiencias que estaban reservadas a los iniciados de las religiones tradicionales. Las experiencias otrora reservadas a una especie de élite iniciada: revelación, éxtasis, ruptura de límites y trascendencia total “ha sido puesta por la cultura posmoderna al alcance de todos, reconvertida en un objetivo realista y un perspectiva factible de la autoformación de cada individuo, y trasladada al producto de la vida dedicada al arte de la autoindulgencia del consumidor”[2].
El hombre globalizado posmoderno requiere una religión a la medida de sí mismo, pero su medida es la que la sociedad posmoderna globalizada le ha dado. Es lo que nosotros hemos denominado el hombre lleno de nada posmoderno. No es un hombre vacío y que busca con qué llenar ese vacío; el hombre moderno. No, es un hombre que no tiene sensación de pérdida alguna es un ser reconstituido una vez enucleado. Como dijimos en otro sitio, “una vez que el núcleo del ser humano, lo que le hace ser quien es, su dimensión de profundidad desde la que se construye, mejor o peor, una personalidad, ha sido quirúrgicamente extirpado, podemos remodelarlo y construir a nuestro antojo un ser como nos sea más necesario, en palabras de Lipovetsky un ser cool”[3]. Este individuo está incapacitado para una experiencia real que supere el marco de la sociedad de consumo, de ahí que todo lo que vive lo hace como una experiencia última. Esta ultimidad es la característica básica de la religión globalizada. Todo es fácil de experimentar, divertido, alucinante, total. Pero, esta experiencia totalizante del consumo supone la pérdida, ahora sí, total de la posibilidad de ser y configurar su mundo. Es el hombre nihilificado, el hombre incapaz de construir un mundo, menos aún de pensarlo.
La religión en la globalización ha acabado adaptándose al mundo en el que vive. Como dice Luhmann, es una expresión del mundo en que vive, cuya función es la individuación. Pero también se ha convertido en una realidad nueva, una religión privatizada posmoderna que alcanza al ámbito público en aquello que tiene que ver con la parafernalia de la sociedad global. Seguramente es el fútbol el lugar donde esto puede verse con más nitidez. El fútbol, como dice Robertson es la religión más clara del mundo globalizado. Conserva los dos aspectos que tiene la religión, el interior, un sentimiento o fe, y el exterior, un grupo con sus ritos, mitos y cultos[4]. Es la religión más extendida y transversal que hay hoy día, también la más fácil de seguir. La religión de la globalización son todas las religiones que se adaptan al molde global y acaban legitimándolo.
Sin embargo, gracias a Dios, también hay otra religión, como siempre la hubo, que se opone a la  realidad establecida y propone una alternativa. Esta religión sí puede ser un vector de paz, pero lo será a costa de más violencia, al menos la violencia que se cometerá contra ella. Lo veremos más adelante.


[1] Zygmunt Bauman, La posmodernidad y sus descontentos, Akal, Madrid 2001, 216-217.
[2] Ibidem 222.
[3] Bernardo Pérez Andreo, Un mundo en quiebra. De la globalización a otro mundo (im)posible, Catarata, Madrid 2011, 131-134.
[4] Roland Robertson y Richard Giulianotti, «Futbol, globalización y glocalización», Revista Internacional de Sociología 45 (2006) 9-35.

2 comentarios:

Daniel fernandez veiga dijo...

Me hubiese gustado ver mencionado en tu art. al compatriota Torres Queoiruga.

Bernardo Pérez Andreo dijo...

Estimado Daniel, el pensamiento de Andrés está en otro camino, complementario, pero distinto al mío. Lo respeto mucho, y he aprendido con sus libros, me he formado con buena parte de ellos, pero tengo diferencias. Eso no quiere decir que más adelante no lo utilice, siempre espolea Queiruga.

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