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lunes, 8 de enero de 2018

La riqueza es hija de la injusticia

Hay una frase del protagonista de la película Wall Street, Godon Gekko, que se ha hecho proverbial para entender el mundo de hoy: la codicia es buena. Sin codicia, el capitalismo no sería posible, porque su base es quererlo todo y quererlo ya, ir a la máxima velocidad a la hora de acaparar recursos y riquezas. Sin codicia, las personas no buscarían más de lo que necesitan, no querrían ser como dioses, sino que se conformarían con comer de los árboles permitidos. La codicia nace de las palabras de la serpiente en el Edén, palabras que resuenan en el corazón del hombre y que le llevan a buscar más de lo que necesita y a buscarlo sin parar en las consecuencias para otros o para el Planeta. La codicia es, por tanto, la base de la desigualdad, pues unos pocos, muy pocos, utilizan todos los medios a su alcance y su poder para obtener cada vez más parte de los recursos de nuestro planeta. Esto es lo que ha puesto de relieve el World Inequality Report 2018, un informe elaborado por varios expertos mundiales en economía y otras áreas del conocimiento. En 2017 hemos llegado a las máximas cotas mundiales de desigualdad en toda la historia de la humanidad. El uno por ciento de la población acapara más de la mitad de los recursos disponibles, mientras que el diez por ciento llega al noventa por ciento de los recursos y riquezas creadas. Es más, a medida que avanzan los años, el incremento de riqueza se queda en menos manos. Dicho con otras palabras, la tasa de desigualdad crece cada año, pues de lo que se produce cada vez más riqueza va a menos personas.

Podríamos entrar en disquisiciones filosóficas sobre la desigualdad natural o la necesidad social de la desigualdad, pero aquí no estamos hablando de un rango pequeño de desigualdad que siempre será inevitable y hasta necesaria. Pensemos que en los milenios previos a la creación de los grandes imperios de la antigüedad, la desigualdad nunca superó el 1 a 3, es decir, que el que más tenía triplicaba al que menos. Con la llegada de los imperios se dispara esta proporción: 1 a 30. Pero hoy hemos llegado a la cifra de 1 a 400. De esto es de lo que hablamos cuando hablamos de desigualdad. No tiene ningún sentido que un ser humano posea él solo tanta riqueza como mil millones de sus congéneres. Ni le beneficia a él ni beneficia a los demás. Se trata pura y simplemente de codicia, nada más. Este es el problema central de la desigualdad, que es producida por un mal, un pecado, que a su vez produce otros males. La desigualdad es la estructura del modelo de producción y desarrollo del capitalismo y eso es lo que lo hace un sistema económico y social perverso y pervertido, pues no busca la satisfacción de necesidades sino la creación de riqueza para unos cuantos a costa de lo que sea necesario, sin reparar en las consecuencias. Un sistema así es malo por naturaleza y debe ser eliminado como modo social cuanto antes.

jueves, 21 de abril de 2016

Un goteo que no cesa

El constante goteo de los medios nos hace creer que una falacia es una verdad como un templo. La técnica es tan vieja como los imperios y tan nueva como el fascismo. Si repites machaconamente una mentira, conseguirás que parezca verdad a los ojos de la gente. Una de estas mentiras repetidas hasta la extenuación, hasta el punto de que forma parte del sentido común de la sociedad actual, es que cuanto más dinero tengan los ricos y las grandes empresas, incluidos los bancos, más dinero fluirá por la economía creando empleo y más riqueza a todos los niveles. Tomando este axioma como base de la economía, se diseñan las políticas económicas de los países. Todo está en función de hacer más ricos a los ricos porque esto, por sí mismo, generará más riqueza para el resto de la población. Lo primero es bajar los impuestos a los que más tienen. Desde hace más de veinte años, los capitales apenas pagan impuestos, pues las SICAV son instrumentos creados para conseguir esto mismo. Tributan al 1%, lo que supone que de cada millón de euros que ganan, solo pagan a la hacienda común con la que luego se paga la sanidad 10.000 euros. Sin embargo, como esto aún les parece mucho, inventan triquiñuelas fiscales para tributar menos aún, pasando parte de sus beneficios por paraísos fiscales como Panamá.

El capital es una parte de los ingresos de los más ricos, pero no lo es todo. Otra parte de su riqueza es el patrimonio, que en España alcanza los 2 billones de euros para el 10% de la población. Un verdadero impuesto sobre el patrimonio debería tener una intención redistributiva de la riqueza y suponer una moderación del proceso de desigualdad. Sin embargo, desde hace veinte años, desde que se acelera el proceso neoliberal, el impuesto del patrimonio y sucesiones se ha visto reducido significativamente, hasta el punto de que en muchas comunidades autónomas es nulo, pues la normativa estatal es que están exentos los dos primeros millones de euros y en algunas comunidades se bonifica el 100% de la cuota. Esto les interesa mucho a los ricos porque el patrimonio es algo que por definición no se pueden llevar fácilmente a otro lugar, como hacen con el capital. De esta forma, los ricos apenas pagan nada por su capital y casi nada por su patrimonio.

viernes, 22 de enero de 2016

Greed is good

En el film Wall Street, Gekko, el personaje que encarna Michael Douglas, dice una frase que se ha hecho proverbial en el capitalismo de los últimos años: greed is good, la codicia es buena. No solo es como un mantra para los adalidades de este sistema económico, sino que lo han puesto en práctica, de modo que han conseguido lo que persiguen. Hoy, el 1% de la población más rica del planeta, 72 millones de personas, posees más que el resto del planeta junto, 7200 millones. El informe de Oxfam lo deja bien claro y no permite dudas al respecto. En España es más acusado el incremento de la desigualdad. En los últimos cinco años los 20 más ricos de España han aumentado su riqueza un 15%, justo el mismo porcentaje que ha disminuido la riqueza del resto de la población. Es muy curioso que estos datos no lleven a la conclusión que lleva a Oxfam: estamos ante una economía al servicio del 1%, no del 100% de la población. Es decir, no vivimos en una economía basada en el bien común, sino en el bien privado de unos pocos.

Lo más grave de esta situación es que el lema de Gekko se ha extendido, de modo que desde los medios de comunicación se extiende la bondad de la codicia. Incluso entre gentes que se llaman católicos. Hemos podido escuchar a directores de medios decir que la desigualdad genera riqueza y crecimiento y se amparan en los datos macroeconómicos que son los que todas las agencias internacionales toman. Efectivamente, en España crece la economía al 3% este año, pero el crecimiento va a parar exclusivamente a ese 1% más rico, que cada vez es más rico a costa del debilitamiento del resto de la población. Pero es un discurso que cala entre el público. El pensionista cree que si no crecemos no podrán pagarle la pensión. El parado piensa que si no crecemos no tendrá empleo en el futuro. El que tiene trabajo piensa que si no crecemos podrá perder el empleo. Los pobres piensan que si no crecemos nunca dejarán de ser pobres. Es un discurso falaz que la gente ha comprado casi en masa, como demuestran los resultados de las últimas elecciones. Pero la realidad no es así.

miércoles, 14 de octubre de 2015

La desigualdad va viento en popa

Los datos que anualmente publica Credit Suisse confirman lo que ya sabemos y nos temíamos, que la distancia entre los más ricos y el resto de la población se agranda, hasta el punto de que ya es casi un abismo. Los datos son claros: el 1% de la población adulta posee más del 50% de la riqueza. Es un dato frío, visto así, pero si nos paramos a pensar lo que supone, entonces toma carne ese dato y lo que parece como algo muy alejado de nosotros se convierte en una realidad que nos toca muy de cerca. Si apenas 40 millones de personas adultas, un número inferior a todos los habitantes de España, poseen la mitad de toda la riqueza, eso supone que ese mismo número son responsables de la mitad de la responsabilidad de destrucción medioambiental, de la mitad de la contaminación y de la mitad del consumo mundial. Digo que son responsables, no que ellos mismo lo hagan. Porque, para vivir a ese nivel de vida hay que generar muchos recursos para un grupo tan selecto. Mientras, el 71% de la población adulta apenas dispone del 3% de la riqueza mundial.

Dicho con otras palabras, más de 3300 millones de adultos, 5000 millones si sumamos los niños, disponen de menos de 10.000 dólares al año, cantidad insuficiente para asegurar unos niveles de vida adecuados. Y esto se da a la vez que esos 40 millones de que decíamos arriba atesoran más de 1 millón de dólares, que es la cifra que se toma para considerar la riqueza, pero en realidad son muchos millones más. Basta hacer una simple cuenta: si 40 millones tienen la mitad de la riqueza y 3300 millones el 3%, repartamos aquella riqueza entre estos e igualemos los niveles. Si hacemos esto, desaparecen los súper ricos, pero también los muy pobres y el mundo sería más justo. Pero, claro, para conseguir esto habría que cambiar el modelo que sigue permitiendo que los ricos se hagan cada vez más ricos y que los pobres aumenten. Y no es así. Nada nos permite cambiar el modelo. Al contrario. La supuesta crisis que vivimos desde 2008 ha ayudado a profundizar en el modelo de injusticia y de desigualdad. Lo explica muy bien Piketty en su último libro, El capital en el siglo XXI: La desigualdad está en el ADN del modelo social y económico. Hay que cambiar el modelo económico para dar un giro radical a esta realidad.
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