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miércoles, 20 de enero de 2021

Ordenación de mujeres en la Iglesia, ¿para cuándo?

Durante los primeros siglos hubo mujeres ocupándose de servicios estables en la Iglesia, es lo que conocemos como diaconado. Las diáconas tenían una función fundamental, pues una organización, del tipo que sea, no puede funcionar sin personas que se dediquen a tiempo completo y de forma estable, instituida. Así fue al principio y las Cartas de San Pablo así lo muestran. Después, la cercanía al Imperio fue generando unas estructuras de control eclesial radicadas en el sacerdocio ministerial ejercido exclusivamente por varones, lo que llevó a retorcer la estructura entonces tradicional y crear lo que ha llegado hasta hoy: para ordenar a un varón como sacerdote ministerial debe pasar por los estadios previos de las órdenes menores, el subdiaconado y el diaconado, convirtiendo estructuras de servicio en grados de ascenso al poder. De esta manera, la riqueza de servicios en la Iglesia queda acaparada por un modo de institucionalidad jerarquizada, patriarcal y, con el tiempo, gerontológica.

En el pontificado de Francisco se ha avivado el debate de la ordenación de las mujeres. El Sínodo sobre la familia estuvo marcado por este debate y el de la Amazonia por el debate de la ordenación de varones casados. En ambos casos no se dio ningún paso para cambiar el statu quo, pero ahora ha habido una pequeña modificación de éste: el Papa Francisco ha publicado el Motu proprio Spiritus domini para modificar el Código de Derecho Canónico, en su canon 230 § 1 con el fin de permitir la ordenación de mujeres para el lectorado y el acolitado, es decir, a lo que se llamaban órdenes menores. Esto podría parecer la apertura de la puerta al acceso al Orden sagrado, pero no es así. Lo que el Papa ha aprobado va más allá, en parte, y en parte se queda más acá, por eso ha defraudado a unos y a otros.

Lo interesante de este cambio está en la Carta que el Papa ha remitido al Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe,Cardenal Ladaria, explicando los motivos doctrinales que llevan a tomar tal decisión. Y aquí está la clave de todo: el Papa pretende modificar el derecho, pero también la doctrina. Este papado ha entendido que los ministerios en la Iglesia son servicios que tienen su asiento en el Bautismo, no en el Orden sacerdotal, y por tanto han de ser otorgados, mediante el procedimiento de ordenación habitual, a bautizados y bautizadas preparados para ello. La Iglesia ha estado perdida demasiados siglos, y sigue perdida en lo que afecta al diaconado, porque muchas mujeres en los primeros siglos, como vemos en las Cartas de San Pablo, fueron diáconas de las iglesias.

Ahora bien, este paso dado por el Papa deja a muchos, muchas, un mal sabor, porque lo que hace no es integrar a las mujeres en el Orden sagrado, sino sacar de este Orden los ministerios relegándolos a una función servil sin derecho alguno a remuneración, con la excusa de que nacen del Bautismo y son, por tanto, un derecho de todo bautizado o bautizada. El supuesto Orden sagrado sigue intacto, solo ha sido ‘depurado’. El paso que deberá dar la Iglesia en el futuro si quiere poner las cosas en el lugar donde deben estar es vincular el Orden sagrado al Bautismo.

lunes, 20 de enero de 2020

Política eclesial 2.0


Durante los siglos más negros del pontificado, siendo el gobierno de la Sede romana una cuestión de monarquía electiva, la única manera de desplazar de la cátedra de San Pedro a alguien era acortar el tiempo en el que se reuniera el sucesor de Pedro con el Padre celestial. Por aquellos días, las muertes repentinas formaban parte de la ‘política eclesial’. Hoy no se utilizan métodos tan expeditivos, pero quienes han visto peligrar su poder y privilegios desde que Francisco fuera elegido como obispo de Roma, no dejan de urdir planes entre bambalinas para intentar mover la silla de San Pedro mientras el Señor no tiene a bien llamar al Papa a su presencia.

Esta última semana hemos asistido a uno de estos intentos por parte de uno de los cardenales que dirigen la oposición a Francisco, una oposición que ya no es ni oculta ni silenciada, sino que se pavonea abiertamente sin perder ocasión para mostrar su escasa fuerza más allá de algunos despachos purpurados o reservados de famosos restaurantes romanos. El Cardenal Sarah, parece que con la inestimable ayuda del editor, anuncia un libro (Desde lo profundo de nuestros corazones) escrito, dice, a cuatro manos con el Papa emérito Benedicto XVI, en el que se muestra una feroz oposición a que el Papa Francisco abra la puerta a la ordenación sacerdotal de varones casados, como ha solicitado el reciente sínodo de la Amazonia. Según las noticias, en el libro se llega a afirmar que "hay un vínculo ontológico-sacramental entre el sacerdocio y el celibato", como si la separación entre el uno y el otro llevara a la pérdida de ambos. Esto, dicho así ya nos hace sospechar que el Papa emérito no tiene nada que ver en este libro, porque, como gran teólogo que ha sido y es, sabe con nitidez que el celibato no se vincula al sacerdocio ministerial hasta San Agustín y no se exige definitivamente hasta Trento, siendo de aplicación muy laxa hasta no hace tantos años.

lunes, 16 de abril de 2018

Lo que queda de la Iglesia hoy



Les Éditions du Cerf lleva muchos años nutriendo el pensamiento cristiano y ofreciendo una teología en contacto con la tradición pero siempre novedosa, para que la teología avance en la exposición de la fe, atendiendo a los problemas que el mundo suscita a la reflexión teológica. Como editorial vinculada a los padres dominicos, tiene la pretensión de difundir el pensamiento que brota del evangelio y de predicar por todo el mundo la Palabra de Dios. Libros como este que tenemos ante nosotros son un claro ejemplo de todo esto: es un libro que profundiza en la Tradición creyente que nace en la Biblia para, desde ahí, iluminar los problemas del presente en una Iglesia que necesita de claridad ante retos cada vez más exigentes. Con el gran biblista, y experto en Antiguo Testamento, Walter Vogels, podemos arrojar luz sobre uno de los acontecimientos que más perplejidad supone entre muchos creyentes en estos momentos: el vaciamiento de las iglesias y la desafección de una buena parte de los fieles en Occidente.

El autor no se anda con paños calientes. Si bien el número de católicos y cristianos en general aumenta en el mundo, por causa de los países empobrecidos, en el mundo occidental la reducción de las personas que se dicen cristianas ha entrado en barrena. Los datos son incontestables. En Europa occidental se llaman creyentes apenas un 43% de las personas encuestadas. En Francia, por poner un claro ejemplo del proceso, se ha pasado de más de un 80% en los años ochenta a menos de un 40%. Y los estudios sobre la juventud no proporcionan datos alentadores para el futuro. Lo más probable es que en unas décadas, la manifestación de creencia en Europa sea testimonial. Ante esta situación de secularización progresiva de las sociedades occidentales, un experto como Vogels, se dirige directamente a la Biblia para buscar una respuesta. La Biblia, como siempre lo hizo, puede iluminar la comprensión del mundo en que vivimos, de hecho, la Biblia es un libro que refleja la comprensión del mundo a lo largo de la historia del pueblo hebreo y la misma Iglesia.

Vogels ve tres posibles respuestas. La primera es la de los profetas de desgracias: Esta situación no tiene remedio y solo podrá empeorar. En el otro extremo están los profetas de la gracia: la Iglesia pierde fuerza en Occidente, pero en el conjunto del mundo aumenta, tanto en África como en América y Asia. En medio de estas dos posturas extremas están los que se dicen verdaderos profetas: esta situación da la oportunidad a la Iglesia para volver a los orígenes de humildad y pequeñez, para ser el grano de trigo, la sal o la levadura. El cristianismo o la Iglesia no están en riesgo de desaparecer, como afirmarían unos, ni tampoco está en plenitud, como creen otros. La actual situación es un cambio de forma de la Iglesia que le puede permitir, paradójicamente, superar las dificultades y ser más fiel a su origen. Vogels afirma taxativamente: “me parece que esto que le pasa a la Iglesia puede ser esclarecido por el tema bíblico del ‘resto’, presente en multitud de textos” (31). La obra es la puesta en práctica de este esclarecimiento.

lunes, 18 de diciembre de 2017

La Tradición: una receta de pan.

Uno de los conceptos más importantes en cualquier religión es el de Tradición, con mayúscula. Es imposible, como nos enseñaron Berger y Luckmann en 1968, que nada humano pueda permanecer si no se institucionaliza, ahora bien, la mera y simple institucionalización no asegura que permanezca una realidad originaria, pues la tendencia de toda institución es a su perpetuación y al control de sus miembros, creando redes clientelares que den apariencia a la institución de eternidad. Para evitar este mal inherente a toda institución está la Tradición. La Tradición nos enseña qué se hizo y cómo se hizo para saber qué hacer y cómo hacerlo. La Tradición es el alma de la institución, sin ella no sería otra cosa que una mera estructura de poder en manos de unos pocos. Por eso es tan importante la Tradición en cualquier religión, pero más importante aún en el cristianismo.

Sin la Tradición, el cristianismo degenera en lo mismo que llevó a una institución tan venerable en el pueblo judío como el Templo a instigar el ajusticiamiento de Jesús, porque toda institución, aun siendo necesaria para dar estabilidad a las relaciones sociales, tiene como estructura básica la permanencia, lo que le lleva a expulsar todo lo que la ponga en riesgo. La actitud profética, como la de Jesús, pone en riesgo la institución y esta tiende a expulsarla. La Tradición, en nombre de la que habla siempre la actitud profética, asegura que la institución está al servicio de algo superior a ella, al servicio de la sociedad, su estructura moral y su continuidad. Es como una receta de pan. Quien hace el pan necesita saber los ingredientes, sus proporciones, y el modo de elaboración para hacer un determinado pan. Necesita saber qué cantidad de agua y qué proporción de creciente necesita, así como la sal. También requiere el conocimiento, explicitado en la receta, del procedimiento, del modo y tiempo de masado, de los tiempos de espera de fermentación y de la temperatura y tiempo de cocción. Una buena receta permite hacer pan a cualquiera, aunque no sea panadero; permite, con un poco de práctica, hacer el mismo pan que hicieron los antepasados, pues lo que se requiere es conocer las cantidades y el procedimiento. La Tradición nos da las cantidades y el procedimiento para que la sociedad viva de acuerdo a los antepasados, presuponiendo que aquellos sabían cómo vivir en sociedad. En el caso del judeocristianismo, la Tradición nos da los parámetros que permitieron crear una estructura social de justicia y misericordia.

martes, 7 de febrero de 2017

La corrupción no se perdona

Son demasiados los casos de corrupción que se destapan a diario en los últimos años en España y no parece que la corrupción pueda atribuirse a simples prácticas individuales, por mucho que la calidad humana de las personas influya en los episodios de corrupción. Cuando una persona corrompe o se corrompe pueden influir muchos elementos en su decisión, entre los que no son menos importantes un cierto asentimiento social al hecho en sí, la educación recibida o la falta de controles legales o administrativos. En todos estos casos estamos hablando de una estructura que permite, avala, consiente o, hasta instiga, la corrupción. Es evidente que si una persona es íntegra, nada de eso le llevará a cometer la corrupción, pero cuando se ponen todos los medios para que la corrupción sea producida hablamos de un mal sistémico y estructural. Esto es lo que me propuse investigar en el libro que acabo de publicar en PPC: La corrupción no se perdona. El pecadoestructural en la Iglesia y en el mundo, Madrid 2017, 122 pp.

Para llevar a término el propósito del libro, divido la obra en cuatro capítulos. En el primero pretendo ver qué piensa la Biblia sobre la corrupción, diferenciando entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Me centro en los textos legislativos del Éxodo y Levítico, que pretenden legislar para evitar la injusticia, para pasar a profetas como Amós, Miqueas o Ezequiel que realizan una crítica a los gobernantes que conculcan el derecho y la justicia como elemento de corrupción, y terminar con la visión serena de Qohelet, quien asume la injusticia del mundo en que vive y constata la corrupción existente.

martes, 8 de diciembre de 2015

Las tentaciones de la Iglesia: Stendhal y el papa Francisco.

Ecce Homo. Cúpula del Duomo, Florencia.
Hay un síndrome que es conocido por el nombre de un famoso literato. Él mismo nos cuenta que al salir de la Basílica de Santa Croce sintió que el corazón se le salía y que la vida estaba agotada en él, tras contemplar la enorme belleza de aquel lugar. Fue una experiencia amplia que incluía la belleza de la ciudad de Florencia al completo, pero el efecto de vértigo, temblor, confusión y palpitaciones ante la contemplación de las obras de arte lo sufrió en Santa Croce. Estos efectos, que seguro que todos hemos experimentado en alguna ocasión, al menos por separado, se conocen como síndrome de Stendhal y se aplican a esas experiencias que se pueden vivir con la contemplación de la belleza, un éxtasis emocional que lleva a elevar la propia vida más allá de las consideraciones normales en que nos tenemos que debatir en el día a día. Pero, este cuadro sintomático puede extenderse más allá de la experiencia artística y, mutatis mutandis, aplicarlo a otras experiencias humanas, como es el caso de la vivencia de la fe en la Iglesia.

No sé si es exagerado, pero la experiencia del Papa Francisco que algunos vivimos es muy similar a un síndrome de Stendhal en algunos de sus efectos. Desde que fue elegido nos ha dejado anonadados con sus gestos y con sus palabras. Ante él quedamos alucinados y semi confusos, pues no nos esperábamos que estas cosas tan cercanas al Evangelio fueran propuestas, ni más ni menos que por un papa. No me refiero simplemente a lo exterior, como no utilizar los símbolos del poder papal o presentarse como obispo de Roma tras su elección. Tampoco que abandonara la residencia pontificia. Esas cosas son importantes, pero las que verdaderamente son esenciales son las que han llevado a poner a la Iglesia en el camino de los valores evangélicos: pobreza, humildad, alegría y compromiso con la justicia. Muchos amigos de cierta edad no dejan de entonar el nunc dimitis, pues ya no creían que pudieran ver esto en la Iglesia. Un papa que no sólo proclama, sino que vive la pobreza y la extiende a toda la Iglesia. Que no quiere una Iglesia poderosa, un poder en medio de los poderes de este mundo. Que prefiere, en fin, un cristianismo de mediación y no de presencia, como así se instigó desde los años ochenta. Aquella Iglesia, 'obsesionada por la propia gloria, la propia dignidad, la propia influencia' (Discurso en Florencia, 10 de noviembre de 2015) dio como frutos los males que aquejan hoy a la Iglesia, males que tienen que ver con las dos tentaciones que el papa ha pedido evitar a la Iglesia Italiana porque ella los ejemplifica de forma perfecta en los últimos 30 años: la tentación pelagiana y la gnóstica.

lunes, 19 de octubre de 2015

Reparar la Iglesia II

Estamos en la segunda semana efectiva de clases de Eclesiología pneumatológica, tras la festividad del Pilar que coincidió con las sesiones del clase. Hasta ahora sólo hemos hecho una larga introducción que nos ha puesto ante los hechos más relevantes del tratado sobre la Iglesia. En primer lugar, he dejado claro que mi guía en las clases es la eclesiología del Concilio Vaticano II, en su documento principal sobre el tema Lumen Gentium. He planteado que este documento, en realidad todo el Concilio, supone el cierre de la división milenaria entre dos concepciones de Iglesia: la apologético-jurídica del primer milenio y la sacramental y mistérica del segundo. Se trata de la tesis de Pie-Ninot, aunque es cierto que no la comparto del todo, pues creo que el Vaticano II, al menos su espíritu va mucho más allá, eliminando la concepción apologética y relegando lo jurídico a lo meramente instrumental. Pero, creo que como tesis para los alumnos es buena, permite integrar los dos milenios de historia sin abrir muchas grietas en su percepción. Es decir,se trata de una tesis escolar que académicamente no comparto, pero enseño como válida mientras no conseguimos una mejor unificación de los conceptos.

El principio rector de esta tesis es la sacramentalidad de la Iglesia, entendida en su triple aspecto de signo externo (sacramentum tantum), la Iglesia como sociedad. Signo interno (res et sacramentum), la Iglesia como comunidad. Y la realidad última (res tantum), filiación y fraternidad en Cristo. De esta manera integramos tanto el aspecto exterior, formal y visible de la Iglesia, como la realidad interna, íntima diríamos, que es ser una comunidad de hijos y por ser hijos, hermanos todos. Esta realidad sacramental lo es por tener su ser, no en sí misma, sino en la misión que Dios le ha encomendado. La Iglesia debe ser el germen del Reino y por tanto su vida es su misión y su misión le obliga a ser testigo del amor de Dios. La misión de la Iglesia le lleva a vivir la diaconía como modo de ser. El servicio es la categoría esencial que sustenta a la Iglesia. Christoph Theobald lo ha expresado con nitidez en su último artículo en Revue Théologique de Louvain, la Iglesia tiene en la misión su ser último, por venir directamente de Dios, pero la misión debe llevarle a una reforma constante para adaptarse a ella. Esta es la lectura que el gran teólogo francés hace de la propuesta de Evangelii Gaudium, y que vamos a suscribir en este curso por completo.

domingo, 4 de octubre de 2015

Reparar la Iglesia

El día 5 de octubre comienzo las clases de Eclesiología pneumatológica en el Instituto Teológico de Murcia. Es una asignatura que imparto desde el curso 2009-2010 y la que más alegrías me ha proporcionado en mi docencia universitaria. Creo que es la asignatura más actual de toda la teología, especialmente con la llegada de Francisco al solio pontificio. Ya se dijo que el siglo XX fue el siglo de la Iglesia, pero con más razón se puede decir del XXI. Estamos, así lo creo, ante una perspectiva de transformación radical del mundo y de la Iglesia, ante esto sólo podemos plantearnos hacer un profundo análisis de lo que es la Iglesia y de su relación con el mundo, como ya hizo el Concilio Vaticano II en sus dos más prominentes textos: Lumen Gentium y Gaudium et Spes. Se trata de analizar pormenorizadamente qué es esencial al ser eclesial y qué no lo es, de modo que esto último podamos sacudírnoslo para poder realizar mejor, no ya una adaptación al mundo, no se trata de esto, sino una mejor aplicación de nuestra misión en el mundo. La misión de la Iglesia depende de su ser y su ser no es otro que manifestar a Dios mismo en el mundo. Esta manifestación de Dios en el mundo debe ser identificada con el Reino de Dios, del cual la Iglesia es germen e inicio, pero no presencia absoluta. La Iglesia no es el Reino de Dios, como se afirma en los manuales preconciliares, sino que la Iglesia es el sacramento de la presencia del Reino de Dios.

Intentaré hacer comprender a los alumnos que es falsa la dicotomía progresismo-conservadurismo. No se trata ni de mantener prietas las filas ante los supuestos ataques de la posmodernidad, ni vendernos a una actualización que sancione un mundo de injusticia y sufrimiento. Se trata de un falso dilema para la Iglesia. La Iglesia no puede ser otra cosa que lo que es desde la experiencia de los primeros cristianos vivida en Jesús de Nazaret y las primeras comunidades, así como los tiempos apostólicos y los Santos Padres. Somos, en buena medida, lo que hemos sido, pero también somos lo que estamos llamados a ser. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, es la continuación temporal del cuerpo real de Cristo. Con San Pablo, sabemos que Cristo es la cabeza del cuerpo y que una cabeza no vive sin cuerpo, ni un cuerpo sin cabeza. Esta unión entre Cristo y la Iglesia es fundadora de su ser en el mundo. Pero, sin la presencia del Espíritu Santo, sería imposible vivir esto como novedad. Cristo es la persona trinitaria que asume la historia, que se encarna, que asume lo humano hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte. Pero, sin la presencia del Espíritu, Cristo habría muerto y todo acabaría ahí. La Resurrección es la acción del Espíritu Santo que abre la historia hacia el eschaton, hacia la novedad absoluta. El Reino de Dios es el futuro de la humanidad por la acción del Espíritu en la Iglesia. Cristo lo inauguró, el Espíritu le da cumplimiento en el mundo por medio de la Iglesia, y también por otros medios.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Por sus frutos los conoceréis: populismo y Evangelio.

Los lectores asiduos de la Biblia y los cristianos que asisten regularmente a la Eucaristía saben perfectamente de qué se habla cuando se cita el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, especialmente los versículos que siguen al 31. Se trata de un texto incontrovertible, pero del que se han hecho innumerables lecturas conciliadoras con el orden social existente en cada época histórica. Sin embargo, su lectura no deja muchas dudas de qué quiere decir el evangelista por boca de Jesús mismo. El texto es conocido como 'El juicio final' o 'El juicio de las naciones'. En su parusía, o segunda venida, Jesús, el Hijo del Hombre, pondrá ante sí a todos los pueblos, a todas las gentes y los separará: unos a su izquierda y otros a su derecha. Entonces, dirá a los de su derecha (de aquí se han hecho lecturas ideológicas que no vienen al caso) 'Venid a mí, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, sed y me disteis de beber, fui extranjero y me acogisteis', etc. Estos preguntarán cuándo hicieron tales cosas y el Hijo del Hombre les dirá que cuando lo hicieron con los sus hermanos más pequeños, con Él lo hicieron. Es evidente que el juicio se establece sobre cómo se ha actuado con los que sufren desgracias. El juicio no se establece sobre criterio morales abstractos, sino sobre actos concretos. Cuando se ayuda al que lo necesita, se está ayudando al mismo Dios, y en esa ayuda o negación de la misma está el juicio de cada uno.

En ningún caso dice el texto que la ayuda esté condicionada: a los familiares, amigos, correligionarios, etc. Se trata de una ayuda desinteresada y casi a ciegas. Se ayuda porque duele la situación del otro que sufre, porque te duele el alma. O, como dice el propio Evangelio, se revuelven las entrañas y tienes que actuar. Esto es lo que sucede hoy con la ingente cantidad de personas que huyen de una guerra de la que no son culpables, buscando para sus familias un lugar seguro donde no vivan el horror de la barbarie que Europa ha ayudado a crear con sus políticas militares y estratégicas. Sin embargo, Europa, tan presta a apoyar bombardeos aéreos y vender armas a las partes en conflicto, apenas es capaz de responder ante una crisis humana que ella misma ha ayudado a generar. Los gobiernos europeos se pasan la patata caliente y dejan tirados en la cuneta, sin ningún tipo de asistencia, a los extranjeros que llaman a nuestra puerta pidiendo auxilio. Gracias a Dios, son los pueblos los que reaccionan. Las penurias de estas gentes son menos debido a la solidaridad espontánea de miles de ciudadanos que han acudido a la llamada de los que tienen hambre, sed y necesidad de cobijo. Pero, no es suficiente. Hace falta que los gobiernos se impliquen.

miércoles, 7 de enero de 2015

El discurso del papa

Son muchas y muy buenas todas las noticias que llegan desde el Vaticano desde que Bergoglio fue elegido obispo de la Ciudad Eterna y tomó el nombre de uno de los más grandes revolucionarios de la historia. Ya decía Chesterton que con media docena de Franciscos bastaba para que el mundo se transformara radicalmente; de momento hemos tenido dos, quizás veamos pronto otros franciscos en este mundo, pero con el que tenemos hoy como papa nos basta y nos sobra para empezar a ver que aquello que tanto hemos anhelado y algunos escrito y publicado, se está haciendo realidad y con creces. El papa Francisco está poniendo las bases para que la Iglesia se asiente en el Evangelio y en el prístina tradición de los orígenes, justo antes de la caída en una estructura de poder y dominio aliada con los poderosos de este mundo.

Uno de los pasos más importantes fue romper con la sacralización precedente del papado y situar la cuestión central del poder en el servicio y la caridad. El papa es un siervo, el siervo de los siervos de Dios, no un emperador o un rey. El papa tiene la misión de unir a la Iglesia en el amor y eso implica modificar radicalmente el modo de ejercer el ministerio petrino. De esta manera, con el ejemplo, obliga al resto de servidores: obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas o responsables de comunidades, a hacer exactamente lo mismo en su lugar de misión, sea la diócesis, sea la parroquia o cualquier grupo cristiano en el que se encuentren. Esto está trayendo muchos problemas. No son pocos los pastores y responsables eclesiales que hacen oídos sordos a lo que el papa pide y ejemplifica. Lo extraño en estos tiempos es que son esos mismos que bajo otros pontificados se empeñaban en hacer comulgar con ruedas de molino a todo el mundo. Estos tales dan la callada por respuesta, siguen como si nada hubiera cambiado en la Iglesia y dejan pasar el tiempo, a ver si la biología soluciona el problema y el Señor tiene a bien llevarse a un bendito más a su lado.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Juan y Francisco

En los tiempos de Juan XXIII, del que el próximo 25 de noviembre se cumple el aniversario de su nacimiento en 1881, la minoría ultraconservadora que había intentado impedir el Concilio, primero, sabotearlo después y por fin anularlo, no se escondía para afirmar su deseo de la desaparición del papa. Sólo vivió 5 años, pero fue un lustro de pura revolución del evangelio en la Iglesia. Su elección como papa, nos cuentan algunos expertos, se debió a la división en el colegio cardenalicio. Unos querían una apertura de la Iglesia, otros mantener la línea de los papas Píos. Al no llegar a un acuerdo se llegó a un compromiso: elegir un papa de consenso que fuera mayor para dar tiempo a buscar otro. Pero Roncalli supo recoger los signos de los tiempos e inició un ambicioso programa de reformas en la Iglesia: convocó un Concilio y un Sínodo de Roma con el fin de transformar las viejas y caducas estructuras. El Concilio se llevó todas las fuerzas del papa y el Sínodo hubo de esperar. Ahí fue donde se hizo fuerte la curia para oponerse a los cambios que trajo el Concilio. Esa curia y la vieja estructura eclesial romana se encargaron de frenar el Concilio y dar marcha atrás, hasta que pasados dos papas, uno de ellos efímero, pudo volver a "poner las cosas en su sitio".

Las instituciones tienden a defenderse de los cambios, son enemigas por definición del cambio y tras 20 años ya habían conseguido congelar la primera eclesial impulsada por Juan XXIII y que ni Pablo VI ni, por supuesto, Juan Pablo I pudieron llevar a cabo. La fuerza de oposición era sobrehumana. Es imposible hacer un cambio institucional con los mismos miembros que han forjado una forma de ser Iglesia clerical, jerarquizada, dogmática y a la defensiva. Para poder llevar a cabo un cambio efectivo en la Iglesia hay que eliminar todas las trabas de los que se oponen al cambio y transformar las estructuras cerradas y clericales en lugares de intercambio de ideas y toma de decisiones compartidas. Si Juan XXIII, con la autoridad que le da la infalibilidad que los ultraconservadores otorgaron a la figura del papa, hubiera cambiado de un plumazo a todos los miembros de la curia, sin pretender llegar a ningún tipo de acuerdo con ellos, otro gallo cantaría a la Iglesia. Pero los de siempre, aferrados al poder, rezaban cada día a Dios para que se llevara al papa a su lado; "el papa pasa, la curia queda", era su lema. Por eso, cualquier reforma en la Iglesia debe empezar por barrer esa curia y esas viejas estructuras tan acostumbradas a gobernar sin rendir cuentas a nadie.

viernes, 30 de mayo de 2014

"Non possumus"

Los Hechos de los Apóstoles relatan cómo aquellos hombres que habían seguido a Jesús, cuando fueron intimados para que dejaran de hablar de lo que habían visto y vivido con Jesús, respondieron: "no podemos dejar de hablar de lo que vimos y oímos" (Hech 4, 20). Los cristianos, entonces y hoy, no podemos dejar de hablar de lo que vemos y oímos con Jesús, de Jesús, por Jesús. Eso nos tiene que poner en guardia y no ceder ante la amenaza, la injuria o la descalificación. Yo he visto y he vivido que con Jesús es posible el amor y la paz, que en Jesús se encuentra la justicia y la misericordia, que por Jesús los hombres somos capaces del compromiso hasta la muerte. Y esto es lo que me empuja a clarificar ante los hombres, mis hermanos, mis posiciones respecto a cómo se ha de organizar la sociedad. En ningún caso pretendo poseer la verdad, bien sé, con Benedicto XVI (Ecclesia in Medio Oriente 27) que la verdad es un proceso de encuentro con el otro, con los otros, que es un don que hemos de poner en práctica todos juntos y que eso es lo que nos llevará, por el camino del Evangelio, a la salvación. Dios, amor erótico, filial y agápico, nos empuja a buscar el Reino y su justicia y dejarlo todo por él, pues en el Reino todos somos hijos y por tanto hermanos. La búsqueda del Reino es lo que nos hace a todos los hombres ser hijos, pues el Hijo no vino a ser servido, sino a servir, y en el servicio está la médula esencial del proceso encarnatorio divino. Servir, Amar y Construir el Reino son los fundamentos de la filiación adoptiva por la que somos hijos en el Hijo que dio su vida en la cruz del imperio romano para la salvación de los hombres, crucificados hoy por el Imperio Global Posmoderno. Así lo vivo, con total honradez, sin juzgar a otros, comprometiéndome con ello hasta el extremo y buscando que la Iglesia, comunidad de los que siguen a Jesús en el Camino de la cruz contra todas las cruces, ponga el Reino de Dios y su justicia como centro absoluto de su acción. Por eso, no puedo callar, ¡ay de mí si lo hiciera!, ante el camino hacia el abismo que ha tomado este mundo amado de Dios, este país al que amo profundamente, esta humanidad que gime con dolores sin saber si son de parto o los estertores de la muerte.

lunes, 3 de marzo de 2014

Comunidad de seres libres e iguales: Ekklesia.

El pan es el alimento de los pobres,
por eso es el epítome eucarístico
En la antigüedad griega, el conjunto de los varones libres con derecho a voto en una polis era designado como ekklesia, por tanto era el nombre asignado a una realidad que, obviando al resto de la humanidad de la polis, resultaba lo más parecido al ideal democrático actual, pues dentro del grupo no había ningún tipo de privilegio o escalafón que permitiera generar algún tipo de división. La ekklesia es el arquetipo de las relaciones paritarias entre iguales en el mundo griego y permitía organizar las polis en torno a unos valores de justicia, igualdad y derecho. Los así convocados (ek-kaleo), eran llamados a gestionar la cosa común con los mismos derechos y con las mismas responsabilidades. 

Dentro de la ekklesia de la polis podían existir distintas ekklesias en función de los comunes intereses que unían a los varones. Por ejemplo, existía la ekklesia de los plateros, donde estaban todos los varones libres que se dedicaban a la artesanía y la venta de los productos manufacturados con aquel metal o semejantes. Tomando esta misma idea de comunidad de iguales, Pablo habla de la Ekklesia tou Christou o Ekklesia tou Theou, es decir, aplica a las incipientes comunidades cristianas el modelo de organización civil del mundo de las polis griegas, con dos variantes. La primera, que estas comunidades no estaban formadas solo por varones libres, sino que las constituían familias enteras donde todos gozaban de un estatuto interno de igualdad. La segunda, que en las comunidades cristianas no había gentes solo de la élite social, de los pudientes, sino que estaban conformadas por los estratos bajos de la sociedad en primer lugar. Sin embargo, Pablo aplica el ideal de la ekklesia griega a estos nuevos grupos y esto tiene graves consecuencias.

domingo, 16 de junio de 2013

Las prostitutas y los indignados os guiarán al Reino

Jesús nunca quiso fundar una estructura que generara marginación y legitimara el orden inmoral de este mundo que segrega, excluye y expulsa a la mayor parte de la humanidad en aras de la productividad economicista, del lucro a cualquier precio y de la riqueza como signo de bondad de lo real. Jamás, ni en sus palabras ni en sus obras, pudo justificarse la creación de una institución que diera cobijo a los que destruyen al hombre y a la realidad natural, pues esos mismos fueron los que, en contubernio con el poder militar, político y económico, llevaron a Jesús al patíbulo, donde fue torturado y ejecutado públicamente, para que quedara constancia de que los poderes de este mundo se unen para evitar cualquier cambio en el statu quo vigente. Los poderosos, los que se aprovechan de un orden social que genera riqueza para unos pocos y miseria, muerte y destrucción para las inmensas mayorías de hijos de Dios, siempre estarán contra todo lo que suponga justicia, amor, solidaridad y bondad. Jesús, por eso, se pone en el lugar epistemológico adecuado para entender el mundo y transformarlo: los empobrecidos, marginados, excluidos y oprimidos. Desde allí lanzará su propuesta de revolución social, moral, personal y global que es el Reino de Dios. Por eso dirá aquellas palabras con profunda carga política y eclesial: las prostitutas y los publicanos os guiarán al Reino de Dios, pues es imposible servir a dos amos.
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