jueves, 30 de septiembre de 2010

Abrir caminos al futuro

A riesgo de resultar pesado, no quiero dejar de pasar la oportunidad de ofrecer una noticia sustanciosa que hoy nos aportan algunos medios de comunicación. A finales de septiembre, con el cambio de estación, se hacen las mediciones definitivas del espesor y las dimensiones de la capa de hielo en el Ártico. Este año vuelve a reducirse la extensión, poco sí, pero se reduce, confirmando la tendencia de los últimos 10 años. Pero lo peor es el grosor de esa capa, tan fino que permite a los barcos la navegación casi normal. Ahora bien, lo que es noticia para nuestros medios de comunicación es que el deshielo permitirá en 10 años la navegación normal de barcos de transporte que conecten los continentes de forma más rápida, reduciendo los costes del mismo y que, además, se podrá acceder a los grandes recursos naturales que hay en el fondo marino: el 30% del gas natural que queda por descubrir y el 13% del petróleo. Como se ve, son oportunidades de negocio importantes, ahora que estamos en crisis, y grandes inversiones geoestratégicas. Los países en disputa: Rusia, USA, Canadá, Dinamarca y Noruega, han llegado a un principio de acuerdo para repartirse el pastel energético y de otro tipo que pueda existir. Los países que tienen grandes inversiones en tecnología, también hacen sus cuentas y las empresas de transporte marítimo lo mismo. Todos hacen cuentas y piensan en los beneficios futuros, pero nadie parece pensar en los riesgos que se van a ampliar.
Por se sucintos diremos que hay tres grandes peligros, amén del mismo provocado por el deshielo. El primero es la enorme contaminación que inundará el Ártico, contaminación del transporte, de la extracción de los recursos y de la acción humana en el territorio. Por otro lado, hemos de tener presente que esos hidrocarburos extraídos acabarán en la atmósfera en forma de CO2, precisamente lo que ha causado el deshielo, en un bucle autoalimentado de calentamiento del planeta sin fin. Por último, pero no menos importante, está el peligro añadido de enfrentamientos estratégicos derivados de la disminución de los recursos y la necesidad de potencias emergentes de acceder a ellos. China y Japón no querrán quedarse fuera del juego y los choques con una Rusia necesitada de alimentar a más población pueden llevarnos a una situación de guerra fría en el futuro.
A mi modo de ver, lo más lamentable de todo esto es que en la agenda de los medios de comunicación y en la de la sociedad en general, estos temas han quedado arrinconados por los más apremiantes de la crisis. Sería bueno que se abriera un debate sosegado sobre las verdaderas causas de la crisis y las futuras consecuencias de este modo de vida que poco puede durar ya. Nada que siga en la línea actual de crecimiento desaforado puede realmente sacarnos de la crisis, porque esta se debe al deseo salvaje de consumo y riqueza. Sólo una verdadera política de decrecimiento económico y austeridad global puede salvarnos de un futuro muy difícil. Deberíamos ser conscientes de esto y así poder llegar a otra forma de organizar nuestro mundo para abrir caminos al futuro, no al comercio.

lunes, 27 de septiembre de 2010

La Doctrina Social de la Iglesia y la huelga


La Doctrina Social de la Iglesia no es ajena a la realidad del trabajo, todo lo contrario, nació en el siglo XIX como el intento de la Iglesia por ponerse al día en una cuestión básica como era la cuestión obrera. Rerum Novarum fue la primera encíclica que se hacía cargo de esta cuestión y es por todos reconocido que suponía un avance importante respecto a la posición sesgada que la Iglesia había adoptado en favor de los empresarios y capitalistas. A partir de León XIII, se tenía presente la miseria en la que los obreros tenían que desarrollar su vida y se abogaba por una búsqueda de la justicia en las relaciones sociales, teniendo presente siempre el Bien Común. Esta y no otra debe ser la intención de la acción social y política: la búsqueda del Bien Común, porque de no ser así nos vemos ante situaciones de injusticia que llevarán a muchos al sufrimiento y de ahí a la violencia a muy poca distancia. Cuando las masas obreras reivindican sus derechos, derechos que siempre han sido arrancados al poder económico y político, no hacen otra cosa que trabajar por el Bien Común, de ahí que la Doctrina Social de la Iglesia reconozca el derecho que asiste a los trabajadores en la defensa de sus derechos laborales y sociales. El compendio de Doctrina Social dice, respecto a la huelga:
"La doctrina social reconoce la legitimidad de la huelga « cuando constituye un recurso inevitable, si no necesario para obtener un beneficio proporcionado », después de haber constatado la ineficacia de todas las demás modalidades para superar los conflictos. La huelga, una de las conquistas más costosas del movimiento sindical, se puede definir como el rechazo colectivo y concertado, por parte de los trabajadores, a seguir desarrollando sus actividades, con el fin de obtener, por medio de la presión así realizada sobre los patrones, sobre el Estado y sobre la opinión pública, mejoras en sus condiciones de trabajo y en su situación social."

domingo, 26 de septiembre de 2010

"Los ricos iracundos"

Publica hoy un diario de tirada nacional un artículo del economista y premio Nobel Paul Krugman, titulado "Los ricos iracundos". Al leerlo tiene uno la sensación de que desde 2001 la política de Estados Unidos y la española se parecen demasiado. Denuncia el profesor de Princeton que los ricos estadounidenses, que son de los más ricos del mundo, han puesto el grito en el cielo porque Obama quiere suspender el regalo en forma de bajada de impuestos que les hizo Bush. Estos acaudalados quejicas se han puesto de muy mala leche y con todos sus medios, que son muchos, han iniciado una campaña de acoso y derribo de su presidente. Lo comparan con Hitler o Stalin, aducen oscuros intereses del presidente "negro" con una supuesta venganza anticolonial nigeriana. Apuntan que la subida de impuestos para los ricos es semejante a la invasión de Polonia por los nazis. En fin, que en el colmo del despropósito, pintan al presidente como un discípulo del Marx y peligroso socialista dispuesto a repartir todo entre todos. Claro que cuando este mismo presidente repartía el dinero de todos los americanos entre los súper ricos que veían peligrar sus bancos o las cuentas suculentas en ellos, no decían que eso fuera socialismo. Les pareció muy bien a todos y lo que recomendaron es que nadie criticara, puesto que si las entidades financieras se hundían, todos lo sufrirían.

El gran problema en todo esto es que estos ricos iracundos y chulescos tienen razón: el capitalismo es así y no hay otra forma de actuación. Si queremos vivir dentro de los límites de la economía capitalista hemos de aceptar que su esencia es el robo sistemático de la riqueza de todos y por todos producida en beneficio único y exclusivo de los ricos. Este sistema económico, asesino y suicida, tiene en el lucro a cualquier precio para unos pocos, su marca de fábrica. Si queremos construir un mundo justo de verdad habremos de salir del capitalismo. Hemos de iniciar un éxodo hacia modelos diferentes donde lo que prime sea el desarrollo integral de la persona y de los pueblos, en respeto absoluto al medio ambiente y donde se penalice la avaricia y el acaparamiento de riqueza.

Los ricos de España también han aprendido de sus próceres imperiales y están poniendo toda la carne en el asador para que el gobierno "socialista" aplique el credo ultraliberal que el presidente de nuestro gobierno recibió tras subir a su peculiar Sinaí en Mayo y bajar con las nuevas tablas de la ley global. Estas nuevas tablas contienen pocos mandamientos, pero sencillos: "extraerás todo lo que puedas a las clases bajas y lo darás a los ricos", "desregularás el mercado laboral para que las empresas no tengan impedimentos para utilizar a los seres humanos como carne de cañón productiva", "no tocarás los dineros de los paraísos fiscales, ni codiciarás el dinero negro, ni desearás la riqueza ya adquirida por cualquier medio", "utilizarás los recursos sociales para subvencionar las rentas altas". Con este nuevo credo, nuestros ricos iracundos y chulescos, no tienen prisa en cambiar de caballo, porque saben que este caballo tiene ascendencia troyana y les puede ser muy útil aún durante los dos años que faltan para el cambio de montura en la carrera por aumentar sus beneficios.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Sic semper tyrannis

Sea cierto o no que esta frase la pronunciara Bruto al hundir su daga hasta las coyunturas del alma de César, sí que es cierto que ese debería ser el fin de todos los tiranos de este mundo. El problema estriba en determinar cuáles son los tiranos y cuáles sus crímenes. Para mí es cierto que los peores tiranos de hoy día no son aquellos que lo parecen y que suelen salir como tales en los medios de comunicación. Los verdaderos tiranos y mayores criminales "visten de Prada" y cenan en la avenida 42, usan jet privado y cuidan de su salud en playas paradisíacas donde el dinero es más abundante que la arena y más negro que sus corazones de tinieblas.
Uno de los que nos ayudan a desenmascarar a los tiranos es Jean Ziegler, relator de Naciones Unidas para el hambre. El día 23 fue entrevistado en el programa Asuntos propios que dirige Toni Garrido. En la sección que presenta Vicente Romero, Ziegler (escuchar entrevista) pudo explicar cómo los tiburones de Wall Street comenten sus crímenes con toda impunidad a la luz del día; cómo, sus decisiones de inversión, matan a tantos seres humanos de hambre; porqué cuando un niño muere de hambre no sólo es una injusticia, es también un asesinato, por que ha sido premeditado por todos esos que necesitan millones para que sus jets vuelen, sus mansiones estén limpias y sus cuentas no mengüen. Todos esos criminales deberían, según Ziegler, ser sometidos a juicio sumarísimo, como los criminales nazis en Nüremberg y, digo yo, de ser declarados culpables, ajusticiados en sesión pública, como durante la revolución francesa, con mujeres haciendo calceta. Porque, igual que sus crímenes se han cometido con premeditación, alevosía y diurnidad, así debe ser su condena y ejecución. Al menos, pido yo, una ejecución simulada, para que todos puedan ver qué consecuencias tiene matar de hambre a un niño cada cinco segundos.
"En estos días inciertos donde vivir es un arte", como decían los Celtas Cortos, hay que tener más claro que nunca que se está cometiendo un crimen y que la violencia estructural contra los pobres exige una respuesta proporcional para defender la vida de tantos inocentes. Me gustaría ver a esos defensores de la vida preocupados por todos estos niños que han sido condenados a muerte en el mes de septiembre en Wall Street mediante simples decisiones de compra de acciones bursátiles y de futuros sobre los cereales. En poco tiempo veremos las consecuencias y diremos aquello de "qué puedo hacer yo". Pues al menos indignarse y como mínimo comprometerse con las decisiones que van a cambiar este modelo criminal de sociedad. No colaborar ya es deslegitimar el crimen y no participar en él, aunque sea por un día, ya sería todo un logro. Espero que cuando llegue el momento no nos pille en mala situación: que si tengo que ir a no sé dónde, que si tengo que pagar no sé qué, que si me puede pasar no sé qué otra cosa. Todo son excusas ante un mal tan grande como el que se está cometiendo. Ya no vale la simple indiferencia, hay que actuar.

*Gracias a Iñaky por estar al quite.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

A hombros de gigantes

En el siglo XII lo expresaba con meridiana claridad Bernardo de Chartres: "no somos sino enanos a hombros de gigantes". Lo que el ser humano es hoy lo es por causa de tantos que le han precedido y que han permitido que hoy podamos saber tanto y vivir tan bien como vivimos. Es, por tanto, necesario que nos corresponsabilicemos de esa herencia que nos han legado en tantos aspectos. El teólogo de Chartres lo decía en relación a los Santos Padres que le precedieron y a tantos que pusieron los pilares de la fe cristiana, pero hoy lo podemos decir de cualquier otra realidad. La misma frase fue adoptada por Newton para referirse al saber científico, pero también lo podemos aplicar a los avances sociales y al bienestar que disfrutamos.
El problema está en que muchos "herederos" no son conscientes de los esfuerzos realizados para llegar a esta situación en que se hallan. El sistema sanitario universal, la educación pública y gratuita, el sistema público de pensiones, el marco de asistencia social a los necesitados, son realidades que no han surgido de la nada, sino que son el resultado de varios siglos de esfuerzos, denuedos, luchas y sufrimientos por parte de tantos que han dejado sus vidas para que ahora nosotros podamos disfrutar de todo ello. Bastaría un simple ejercicio mental para comprender cómo viviríamos sin esas realidades. Imaginemos por un momento que un ciudadano medio hubiera de hacer frente a un seguro sanitario que cubriera sus necesidades, ese seguro, para ser homologable al sistema público, debería costar entre 5.000 y 10.000 euros por persona. Para hacer frente a una educación similar, debería pagar entre 3.000 y 6.000 euros por niño en primaria y secundaria y más de 40.000 para unos estudios universitarios. Si quiere ese ciudadano tener asegurada una pensión, deberá suscribir un plan de pensiones de más de 10.000 euros al año durante más de 30 años. Todos estos gastos, para una familia tipo de cuatro miembros suma la friolera de 50.000 de media. A eso hay que sumar la vida diaria, con lo que el total a ingresar por esa familia debería superar los 80.000 euros para vivir morigeradamente. En España, sólo una de cada cinco familias podría vivir así, el resto vivirían en la precariedad vital más absoluta. Pero, no es necesario imaginarlo, así es como viven en USA.
Si en Europa cualquier persona puede tener acceso a servicios que no puede pagar en su coste real es porque nos hemos dotado de un modelo de sociedad basado en la solidaridad y la justicia y donde los que tienen más deben compartir con los que menos tiene para que todos podamos vivir con dignidad. Este modelo ha sido el resultado de las luchas de los movimientos obreros, de los grupos alternativos y de los visionarios, muchos de ellos cristianos, que buscaron una sociedad mejor. Gracias a este modelo, los ricos, aún siendo muy ricos, no lo son de forma escandalosa, porque una parte de sus rentas van a parar a los demás. Y los pobres, aún no saliendo de pobres, no caen en la miseria. Es un pacto que se acerca al máximo posible de justicia en este mundo marcado por la injusticia. También es un modelo que tiene muchos fallos, pero es, realmente, el menos malo de todos los posibles.
Ahora, aprovechando esta crisis del capital, nos están haciendo tragar una amarga medicina. Las rentas del capital toman asiento de sus fueros y exigen todo el pastel, no se conforman con el 60% que tenían hasta ahora. Su avaricia no es compatible con este modelo social y por eso han empezado a desmontarlo. Han empezado por la legislación laboral, que prácticamente convierte al trabajador en un mero utensilio del empresario. Después vendrá el sistema público de pensiones, que supone un gasto de 60.000 millones de euros, un bocado suculento. Seguidamente vendrá el sistema sanitario, para cuyo desmantelamiento tienen ejemplo en varias comunidades autónomas. Desmantelado el Estado de Bienestar, correrán a imponer un Estado de Excepción, como único medio de defender las riquezas así obtenidas. Las convulsiones y revueltas sociales se tornarán cada vez menos conscientes y más impulsivas. Los movimientos sociales organizados en el siglo XX serán incapaces de suscitar la unidad social contra el modelo de saqueo de lo público y el caos estará garantizado.
Somos enanos, que subidos a hombros de gigantes, pueden ver más allá que por sus propios medios. Somos responsables de la herencia, ante nuestros hijos, a los que queremos dejar un mundo digno y humano, y ante nuestros abuelos, que tanto dieron de ellos mismos para legarnos una sociedad algo más justa que la que ellos recibieron. Por solidaridad, por justicia, por coherencia y por dignidad, hemos de defender un mundo que aún es humano y extenderlo al resto del mundo.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Habrá un día...

Hoy se reúnen los líderes mundiales en Naciones Unidas para evaluar el grado de (in)cumplimiento de los objetivos del milenio. Estos objetivos, ocho en total, fueron la última expresión de la utopía ilustrada ante tanta miseria que el modelo de desarrollo capitalista ha provocado desde que se impuso en el mundo entero, especialmente desde que la trágica pareja Reagan-Thatcher impusieran su zafia mirada sobre las conciencias de sus súbditos. La sociedad no existe, decía la ínclita señora; el estado es el enemigo, gritaba el otrora vaquero de Holliwood. Con estos mimbres se construyó un mundo donde sólo los que poseen los medios de producción y de comunicación pueden vivir y las inmensas mayorías son excluidas del principio básico de la vida. Al cabo de veinte años de gobierno del mundo ultraliberal, en el simbólico año 2000, los líderes mundiales decidieron que el mundo no podía seguir así y que en cuestión de pocos años había que remediar todo lo que estaba al alcance de la ciencia y de la economía: reducir en 2015 el número de hambrientos a la mitad, acabar con el analfabetismo, la falta de sanidad, el sida y cuidar el medio ambiente, eran todos fines loables y, además, posibles. Hubieran bastado el 0,7% de los recursos de los ricos o el 20% del presupuesto de defensa, para acabar con tal lacerante situación. Por eso, aquellos líderes, que aún habían vivido las ilusiones de la ilustración, que creían en el hombre, se propusieron el último grito de la utopía decimonónica: acabemos con la miseria extrema en el mundo. Eso sí, sin reducir ni un ápice la riqueza de las naciones enriquecidas tras siglos de expolios y crímenes contra la humanidad. Pero aquello era bueno, estaba bien planteado y sólo se trataba de ponerlo en funcionamiento.

Ese mismo año quiebra la burbuja de las empresas de internet y deja al descubierto un enorme agujero en las cuentas de resultados de las grandes empresas que cotizan en Wall Street. Los responsables pensaron "a grandes males, grandes remedios". 11 de septiembre de 2001: tres edificios en el centro financiero mundial sepultan las ilusiones de paz y prosperidad y las pruebas del mayor delito financiero de la historia. Aquel inquietante atentado contra las conciencias de los felices habitantes del norte enriquecido permitirá emprender la mayor estrategia guerrera de la historia, con un despliegue financiero que llevará al mundo enriquecido a salir de su propio pozo, pero que enterrará definitivamente al mundo en el agujero de la guerra eterna. En 2003 ya estaba claro que nada había que hacer con los objetivos del milenio, porque la agenda ya era otra. Para entonces, los indicadores de pobreza y miseria se habían disparado y aún no nos habíamos enfrentado a la mayor de las mentiras que hemos sufrido: la crisis financiera mundial de 2007-2010. Ahora sí que tienen la excusa para no hacer nada de nada, y la pobreza aumenta en la misma proporción que la destrucción de medio ambiente.

En los próximos meses asistiremos a una nueva hambruna mundial provocada por el alza especulativa de los precios del trigo en la bolsa de Chicago. En dos meses su precio ha pasado de los 250 $ a 450$ y sigue en alza. La causa no ha sido la disminución de la producción ni el cierre de exportaciones de Rusia, como se ha dicho. No, nos encontramos ante la tercera mayor cosecha de la historia. La especulación ha sido producida porque la rentabilidad del dinero era escasa en la bolsa tradicional debido a la imposibilidad de seguir poniendo dinero en circulación. Pero también ha sido producida porque los especuladores acaparan los derechos de compran sobre el trigo en previsión de un demanda posterior, y no se equivocan, los seres humanos siempre necesitaremos comer.
Así es que aquí estamos, los líderes mundiales reunidos para constatar el fracaso de la utopía ilustrada y para decirnos a todos que debemos hacer mayores esfuerzos. Espero que sean muchos los que se acuerden que esos mismo líderes son los que han regalado a los bancos, es decir, a los ricos, o sea, a los que provocaron la crisis, 8 millones de millones de euros. Sin embargo, no hay 100.000 millones de euros para solucionar la pobreza. En fin, que seguro que el bueno de Labordeta seguirá cantando aquello de "habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad". Este buen hombre no fue nunca un iluso, bien sabía él que "esa hermosa mañana, ni tú, ni yo ni el otro la lleguemos a ver, pero habrá que forzarla para que pueda ser". Ya no estamos a tiempo de forzar nada y la pendiente hacia la catástrofe humana es empinada, pero aún estamos a tiempo de vivir esto con dignidad y la única manera de ser digno en esta situación es indignarse.

viernes, 17 de septiembre de 2010

El sol y la luna

Peter L. Beger y Thomas Luckmann publicaron en 1966 un libro que se ha convertido en todo un clásico: La construcción social de la realidad. Entre otras, una de sus joyas es que todo lo humano se institucionaliza para seguir siéndolo. Es decir, que las instituciones son el medio de reproducción de la cultura y la civilización, mediante ellas se construye socialmente la realidad. Por supuesto que no entro aquí en la consideración del constructivismo cognitivo, pues no nos interesa. Creo que los autores no defienden un relativismo de lo social, sino que reconocen que sin lo social, la realidad humana no existiría. Esto mismo debe ser aplicado también a la Iglesia. Me gusta decir en mis clases que la Iglesia, en tanto institución visible, es simplemente necesaria, pero no suficiente.
Todas las instituciones humanas han venido a la existencia con el fin de conservar una realidad necesaria para el mantenimiento de lo humano y tiene su base en una realidad de la naturaleza biológica del hombre. Para preservar la reproducción nace el matrimonio y la familia; para evitar la destrucción del grupo por la violencia, aparecen los consejos y tribunales; para preservar el conocimiento, surgen los mitos y los ritos, que son un modo de instituciones. En fin, que todo lo humano, en la medida que es más que lo puramente biológico, tiene que institucionalizarse para pervivir. Todas las instituciones tienen su razón de ser y los medios por los que se perpetúan tienen muchos milenios de existencia. De ahí que, la autoridad que vehiculan las instituciones deba ser preservada. Otra cosa muy distinta es el modo en el que se ejerce esa autoridad, que en el día a día puede llegar a deslegitimarla. Una institución como la Iglesia tiene un carácter muy peculiar, porque su ser no es meramente sociológico, sino que está situada en la dimensión de lo simbólico; es más, en lo sacramental. La Iglesia es sacramento universal de salvación y eso hace que esté cargada con una mayor responsabilidad a la hora de visibilizar esa salvación de la que es portadora. Cuando no visibiliza, sino que cortocircuita esa salvación, la Iglesia se convierte en piedra de escándalo. Como cuando escandaliza a tantos por ciertos comportamientos aberrantes; cuando impide a muchos entenderla como una liberación de la humanidad; o cuando discrimina a parte de sus miembros por motivos que no tienen base en su propia fe. La Iglesia debe ser el fiel reflejo de aquel que le dio su ser: Jesús de Nazaret. Como dijera San Buenaventura, la Iglesia es a Cristo lo que la luna al sol, su reflejo.
La autoridad de la Iglesia se ve mermada cuando no sabe responder con rapidez y diligencia ante ciertos comportamientos de algunos de sus miembros, pero desaparece cuando no es capaz de reconocer que esos comportamientos no son el simple resultado de actos individuales, sino que son el amargo fruto de siglos de alejamiento del Evangelio de Jesús; cuando es incapaz de introducir cambios en su modelo de gestión del gobierno interno; cuando da muestras de lentitud en la actuación y no es capaz de aplicarse a sí misma lo que a otros predica y hasta impone. La Iglesia, en tanto que institución, es necesaria, pero también es necesario que sea capaz de aplicarse a sí misma los criterios evangélicos que propone a los demás, empezando por aquel que recordábamos hace poco: "no sea así entre vosotros". Si el Evangelio es fuente de vida y salvación, vivir el Evangelio "sin glosa", debe ser la única forma de política que aplique la Iglesia, para sí y para los demás. Que la luna no eclipse al sol.

martes, 14 de septiembre de 2010

"No sea así entre vosotros"

El ejercicio del poder no debe confundirse con el de la autoridad. Los clásicos del pensamiento político distinguen entre auctoritas y potestas, según la también clásica distinción del derecho romano. Mientras que el poder se impone, la autoridad debe ser reconocida por el grupo. Es evidente que no puede haber ningún poder que se ejerza por el mero uso de la fuerza, acabaría cayendo sin más remedio, y que tampoco puede haber una autoridad por el simple reconocimiento. El poder y la autoridad siempre van unidos porque cuando la autoridad no es reconocida por un grupo o individuo, hay que ejercer el poder para asegurar el bien común del grupo; pienso en los profesores, que deben ganarse el reconocimiento de su autoridad, pero a veces necesitan ejercer el poder ante ciertas actitudes que pueden poner en peligro la acción educativa. Por tanto, queda claro que no hay autoridad sin el respaldo, aunque sea de lejos, de una cierta capacidad coercitiva, es decir, poder puro y simple; pero también está claro que no puede ejercerse un poder sin el reconocimiento de la autoridad, eso implicaría la pérdida de legitimidad y entraríamos de lleno en la autocracia o dictadura.
Todos los que ostentan algún tipo de cargo o posición de dominio, tienen, tenemos, la tentación de ejercer el ordeno y mando, sin más explicaciones. En teoría es más fácil, pero en la realidad esconde una enorme debilidad del carácter en el que así actúa. Cuando alguien está seguro de lo que piensa y hace, no debe temer las opiniones de otros. Éstas vienen más bien a ayudar a clarificar posiciones y nunca son un peligro, a menos que se ejerzan con violencia o contumacia. Entre el grupo de seguidores de Jesús, como bien reflejan los tres evangelios sinópticos, se dieron estas diferencias de comprensión del poder. Cuando se acercaban a Jerusalem y recelaban los discípulos que allí tendría lugar la manifestación del poder de Jesús, empiezan las peleas por conseguir los cargos del futuro Reino. Los Zebedeos se adelantan al resto pidiendo los lugares mejores: la derecha y la izquierda de Jesús en el Reino, algo así como las dos vicepresidencias. Pensarían estos buenos hombres que en esas posiciones tendrían enorme poder para hacer y deshacer. Jesús reacciona de forma clara: "sabéis que los jefes de las naciones oprimen a sus pueblos, no sea así entre vosotros, entre vosotros el que quiera ser el primera sea el último y servidor de todos". Los que ostentan el poder oprimen, dice Jesús, y eso pasa en todos los lugares del mundo, porque el uso del poder para lograr privilegios y riquezas es algo ubicuo, pero entre el grupo de seguidores, que es tanto como decir en la Iglesia, no debe ser así. En la Iglesia no existe el poder sino el servicio. No dice Jesús la autoridad, que sería el contrapunto de la potestad, sino el servicio, la diaconía, en griego. Exactamente, la palabra utilizada por los sinópticos es la que el griego reserva al servicio del esclavo. Marcos y Mateo utilizan doulos, mientras Lucas usa diakonos. Jesús no estaba al margen de las intrigas que el poder ejerce sobre las personas y sabía con meridiana claridad que en el grupo de sus seguidores se caería en la tentación del mismo, pero advierte con nitidez contra esta forma de organizar la comunidad. Una comunidad, para que funcione, necesita una organización, pero esta no puede ser según el modo del mundo, sino según la voluntad de Dios y su voluntad es que el servicio presida las relaciones entre los hombres, de la misma manera que el propio Jesús vivió una vida de servicio a los hombres, no a una institución.
Aquí estriba el problema del ejercicio del gobierno en la Iglesia, que muchos de los que lo ostentan confunden el servicio a los hombres y a la comunidad con el servicio a la institución. Y no hay que confundir estos términos, porque la institución está para servir a los hombres y no los hombres a la institución. De la misma manera que no se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre, no se hicieron las instituciones, tampoco la Iglesia, para ser servidas, sino para servir. La gran patología del poder y de las instituciones donde se ejerce es que se confunden con el fin mismo de los hombres, cuando son simple y llanamente un medio para gestionar el conflicto, como ya hemos explicado en anteriores post, y una mediación para que la comunidad pueda realizar mejor sus fines. Confundir medios con fines es quedarse mirando el dedo que señala la luna. Claro que la tentación cuando se tiene poder, también en la Iglesia, es muy grande y normalmente se tiende a confundir la diferencia con la disensión y hasta con la insumisión. No hemos nacido, tampoco los cristianos, para ser sometidos, sino que para ser libres nos liberó Cristo y nos dio vida abundante para compartirla en el amor comunitario.

lunes, 13 de septiembre de 2010

De la pacificación

Como es sabido, uno de los instintos que todo ser vivo tiene es el de la conservación y, unido a este, la reproducción en tanto que conservación de la especie. Para asegurar la conservación del individuo, la sabia naturaleza no lo ha dejado al azar, ha marcado su ser con dos instintos que proceden de la misma necesidad: la agresión y el sexo. Mediante éste se asegura la reproducción de la especie, mediante el otro la conservación del individuo. Ahora bien, lo que no es tan sabido es que hay otro instinto inscrito en nuestros genes, el de la pacificación. Si sólo nos impulsara la agresión sería imposible la pervivencia de la especie, puesto que cada cual buscaría su propio beneficio y acabaría todo en una guerra omnium contra omnes. Para asegurar la permanencia de las especies que dependen de grupos, la naturaleza inscribe, al igual que la agresión, la pacificación, como forma de lidiar el conflicto entre los intereses individuales. Entre los primates más cercanos a nosotros, específicamente los chimpancés, las peleas por el rango social, por la comida, por el lugar de descanso o por cualquier cosa, son constantes. Si no hubiera una mediación el grupo acabaría en una batalla campal que degeneraría en la destrucción del mismo. Pero esto no ocurre, sencillamente porque el proceso evolutivo ha ido seleccionando a aquellos individuos que se dedican a establecer mediaciones. No es cierto que la selección prime al más fuerte, en los grupos sociales se prima al que mejor gestiona lo común. Se han estudiado casos en libertad de grupos de chimpancés donde han desaparecido los individuos pacificadores e inmediatamente el grupo desaparece como tal. La evolución, por tanto, favorece la pacificación, porque los grupos donde prima la violencia ya han desaparecido.
La teoría política al uso, de corte hobbsiano, nos dice que el hombre es malo por naturaleza, es decir, tiende al egoísmo y la agresión, y sólo un orden social fuerte es capaz de someterlo. Sin embargo, nada de esto vemos en la naturaleza ni en los grupos humanos. Los antropólogos han constatado que entre los distintos grupos humanos existen sistemas de pacificación que nacen de necesidades naturales. A lo largo de la historia se han institucionalizado entre los humanos los instintos naturales de confianza, paz y respeto. Algunos afirman que estos instintos provienen de las hembras como medio de evitar el infanticio, sea provocado o casual. Si el grupo está en concordia, los infantes no sufrirán peligros. Sea como fuere, la necesidad de paz es tan natural como la agresividad, no es sólo un producto cultural. La cultura modela los sistemas de pacificación, pero su necesidad es natural. La mayoría de tradiciones conserva alguna institución pacificadora como el grupo de ancianos o cualquier tipo de consejo. Normalmente es toda la comunidad la que toma partido en la gestión del conflicto.
Entre nosotros, se adopta una especie de dualismo moral, mientras en público hay que dar la cara de concordia y buenas relaciones, en privado se pueden mantener los "verdaderos sentimientos". Esto es explotado de forma sistemática por el poder que se torna así imprescindible. La idea es hacernos creer que todos somos perversos y que sólo una autoridad fuerte externa puede mantenernos dentro de los límites. Pero la violencia sólo se desata en nuestra sociedad como expresión de la lógica del poder. La violencia se enseña, se propaga y se jalea. Sólo hay que ver una hora de televisión, a la hora que sea, para darse cuenta de la cantidad de violencia que se está inyectando en la sociedad. Hace sólo cuarenta años, una persona normal que no hubiera vivido una guerra o un desastre natural, tenía muy pocas probabilidades de presenciar un crimen. Hoy, cualquier adolescente ha presenciado cientos de asesinatos, violaciones, torturas y demás perversiones con sólo ver la televisión. Esto unido a la delgada línea que separa ficción y realidad en la sociedad postmoderna, nos prepara para las peores barbaridades que podamos imaginar. Si en lugar de enseñar esto se educara en el respeto, la justicia, la solidaridad y, por qué no, la belleza, estaríamos en el camino de la paz. La pacificación está inscrita en nuestros genes, pero hay que educarla.

viernes, 10 de septiembre de 2010

¿Toda autoridad viene de Dios?

Coinciden casi al milímetro primatólogos, antropólogos e historiadores, que un principio de autoridad existe en cualquier comunidad de primates que estudiemos. Las diferencias estriban entre las sociedades primitivas y las actuales. Si hacemos caso a los estudios con chimpancés y bonobos, los más cercanos al hombre evolutivamente hablando, entre estos seres tan parecidos a nosotros se ve la existencia de un principio de autoridad jerárquico ejercido por el macho alfa, caso de los chimpancés, a por un grupo de hembras, caso de los bonobos. Pero esta autoridad, que se obtiene por la fuerza, no puede ser mantenida sino por la mediación. Entre los chimpancés se dan innumerables casos de derrocamientos del líder cuando este ejerce su poder de forma desproporcionada o claramente injusta. Sin embargo, los líderes que más duran en el cargo, por decirlo así, son los que se ganan el respeto de los subordinados con su justicia y templanza. Cuando un macho alfa es incapaz de poner orden en las continuas disputas que surgen en la comunidad, o actúa parcialmente en favor de sus amigos, es muy posible que pronto surja una coalición que lo derroque. De la misma manera, cuando un líder se gana la confianza en su acción y todos entienden que es justo, su posición de liderazgo se ve reforzada, porque todos entienden que disponer de una autoridad superior que se haga cargo de los problemas de convivencia, con la seguridad de que lo hará con el máximo grado de justicia y el mínimo de fuerza, es un bien para todos, es decir, la autoridad bien ejercida es un Bien Común universal.
De la misma manera, entre los pueblos más primitivos de la tierra, aquellos que aún viven de la caza y recolección y son seminómadas, se vive el ejercicio de la autoridad de forma igualitaria y buscando la justicia en el grupo de formas muy diversas pero conocidas por todos hoy en día, porque aún las utilizamos. Entre las tribus de cazadores existen mecanismos niveladores para que ninguna alcance un poder excesivo que pueda degenerar. Por ejemplo, los líderes presuntuosos y jactanciosos pierden el apoyo de la comunidad y esta lo puede condenar al ostracismo social, es decir, casi la muerte directa. Si un cazador cobra una buena pieza, la dejará en la entrada de la tienda sin más demostración pública, si se atreviera a hacer ostentación, empezarían los mecanismos niveladores: chistes e insultos sobre su miserable captura. Si las tácticas de ridicularización, murmuración, desobediencia u ostracismo no funciona, se puede llegar al asesinato.
Contrariamente a lo que exponen ciertas teorías, no es que al principio se diera un cierto igualitarismo usurpado posteriormente por algunos en el grupo que ejercerían la autoridad en su beneficio, sino que al principio lo que encontramos en todos los grupos de primates es la aparición de una autoridad que ha sido reconocida por el grupo como mediador en los conflictos sociales y como garante de la unidad interna del grupo. El grupo, de alguna manera, se reserva la posibilidad de quitar al líder y controla su poder mediante mecanismos niveladores que obligan al líder a ser prudente. Toda autoridad viene de Dios, como diría Pablo, es decir, es imprescindible que un grupo se dote de un instrumento de gestión del conflicto. Eso es la autoridad. Pero también es necesario poner límites al ejercicio de la autoridad. Creo que el problema de los límites de la democracia es, en último término, la cuestión de la autoridad y su propio límite. Porque cuando la autoridad, la otorgue quien la otorgue, se ejerce en beneficio propio o del grupo particular y no en vistas del Bien Común, entonces esa autoridad proviene del diablo (etimológicamente este término significa el que separa), mientras que cuando la autoridad se ejerce para beneficio del grupo, entonces viene de Dios, sea cual sea el procedimiento para su constitución.

*La imagen tiene su explicación: si la autoridad se ejerce bien, lo mismo daría que se eligiera a la persona a los dados. No importa quién sino cómo.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Los límites de la democracia


He tenido, en las últimas semanas, la oportunidad de vivir los límites de la democracia. Ha sido una experiencia interesante de aprendizaje, a la vez, de los límites del ser humano. No hace mucho estuve presente en una reunión donde se tenían que tomar unas decisiones que nos afectaban a todos por igual y nadie podía decidir por sí mismo. La lógica era de un hombre, un voto. La reunión comenzó con la exposición por parte de varios miembros de las dificultades económicas que hacían necesario reducir ciertos gastos. Entonces se empezó con el debate sobre cuáles de los gastos a reducir eran menos necesarios. Tras una larga discusión, donde hay que decir que hubo más volumen que ideas, la decisión final adoptada por la mayoría de un 80% fue eliminar el mantenimiento de un bien común que afecta a todos. La mayoría no atendió ni a las razones esgrimidas por la minoría, ni al sentido común. De hecho, el bien eliminado generará más gastos en el futuro, pero ahora sí supone un ahorro. Resumiendo, la mayoría decidió hacer un recorte presente, aunque existe el riesgo cierto de un mayor gasto futuro. Ahora, todos hemos de hacer frente a la decisión tomada, también los que estábamos en contra. Cuando ese bien se deteriore, todos habremos de pagar las consecuencias. He aquí el límite de la democracia de mayoría, que esa mayoría puede tomar decisiones que son claramente perjudiciales.

También recientemente, he podido vivir una situación diferente. Un grupo que debía tomar una decisión que afecta a todos se dejó llevar por la opinión que más poder jerárquico ostentaba, sin debatir y sin llegar a emitir votos. Fue una decisión tácita que todos aceptaron. Con el tiempo, esa decisión tuvo consecuencias negativas, pero el grupo no terminó de aprender que el debate es imprescindible a la hora de tomar decisiones que afectan a todos porque es la única manera de que cada cual haga suya la decisión. El debate es hacer común lo individual, el debate es la comunidad. O dicho en términos cristianos, el debate es el brillo del Espíritu Santo en medio de los hombres.

martes, 7 de septiembre de 2010

I want it all, i want it now.

A las alturas de siglo y milenio en las que nos encontramos no sabe uno cómo podremos salir del atolladero en el que nos hemos metido nosotros solitos. Y digo que hemos sido nosotros solitos con la clara intención de que nadie se salga por la tangente o por la secante. Ni Dios tiene la culpa, culpita, culpa de lo que sucede, ni es el vil destino que nos atenaza y nos impide levantar cabeza. Nada de eso, ha sido por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa, la de cada hijo de vecino que se ha acostumbrado a tenerlo todo y tenerlo ya mismo. I wan it all, i want it now, que decía Queen. Pero es que no tenemos arreglo, diría el otro. Somos egoístas por naturaleza, hijos de Eva y de Caín. Así es que, p'a qué hacer na. Que gire la rueda, comamos, bebamos y... y que nos quiten lo bailao.

¡Ojalá fuera la cosa tan fácil! Cuando uno tiene hijos quisiera que pudieran disfrutar de este planeta hasta dejarlo en condiciones a sus hijos, y así hasta el día del Juicio, que sea cuando Dios quiera y nos pille confesados. También querría uno, que se tiene por bien nacido, que los hijos de los demás puedan vivir como los suyos y no tener que asistir a las siempre lacerantes imágenes de niños que sufren tras las inundaciones o los terremotos. Que no tenga que partírsele el alma porque en los ojos de ese niño que llora su desesperación en televisión vea el reflejo de la sonrisa de su propio hijo que duerme inocente sin imaginar la enorme desdicha de tantos coetáneos suyos. Que no tenga que explicarle al niño que interroga que hay gente que no es capaz de aliviar el sufrimiento de otros, aunque tenga dinero a espuertas; que hay algunos que incluso provocan esas situaciones con sus actos u omisiones; que no tenga que masticar su rabia porque no quiere que su hijo crezca resabiado con el mundo. En fin, que no tenga que ocultar tanto dolor que le invade ante tanta miseria que acompaña a tanto lujo.

En la sociedad que vivimos, mucho ya es insuficiente. Nos hemos acostumbrado al disfrute instantáneo, a la posesión de todo y al merecimiento desagradecido. Hemos olvidado que el mundo es un don, que nuestra propia vida es un regalo inmerecido y que cuanto nos rodea está ahí para ser compartido, porque sólo así se legitima su uso, posesión o disfrute. Hemos olvidado a base de hartazgo, que no tenemos ningún derecho a satisfacer nada supérfluo mientras 1250 millones de hermanos mueran de hambre. No queremos saber que cuanto aquí sobra es hijo de la muerte de tantos seres humanos que malviven para producirlo. Cerramos los ojos ante las evidencias que los desastres medioambientales provocan por causa de nuestro modelo de vida. Nosotros, simplemente, lo queremos todo ahora mismo y lo demás nada nos importa. No nos importa que las selvas primitivas de Borneo, las más antiguas que quedaban, estén a punto de desaparecer por el cultivo de aceite de palma para engordar nuestro productos alimenticios, nuestros tarros cosméticos o nuestros depósitos de combustible; no nos importa que el hambre en África no deje de aumentar por la política de gobiernos y multinacionales que no cesan de adquirir las tierras de cultivo para producir los tomates cherry o las lechugas iceberg que ponemos en nuestras mesas; no nos importa que los océanos sean saqueados por las grandes empresas de pesca que ponen en nuestros súper toda clase de productos listos para servir.
No nos importa o, peor aún, ya ni sabemos qué hacer. Cada vez nos parecemos más a Homer Simpson cuando, atiborrado de hambuerguesas y cerveza se quejaba amargamente de su impotencia ante las empresas de comida basura. Lo queremos todo y lo queremos ya.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Al principio no fue así

Sabias palabras las que dirigió Jesús contra aquella tropa de legalistas que exigían a Jesús tomar partido en sus interesados criterios. "¿Puede el hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?"; "Moisés nos lo permitió". Esas cuestiones las resuelve Jesús con su "al principio no fue así". El problema está en que el devenir de los siglos ha dado lugar a una situación de injusticia que de alguna manera hay que tener presente, pero eso no quiere decir que haya que "legalizarla". A ver, ¿es que todos los que ahora poseen "campos y casas" tienen un título de propiedad desde el origen de los tiempos? Es evidente que no es así y que toda la propiedad actual es fruto de un proceso histórico que tiene una explicación bien simple. En el origen, entre las comunidades más primitivas y hasta bien entrada la modernidad en el siglo XVIII, el 90% de los medios de supervivencia eran comunes. Las tierras de cultivo, los bosques, los mares y ríos, incluso los instrumentos para reproducir la existencia, todo era común. Las diferencias radicaban en las instituciones que las hacían efectivas. Sin embargo, la aparición de los grandes imperios será la que genere la ilusión de una propiedad particularizada de aquellos medios. Al principio de este proceso, lo que se apropiarán las élites será el fruto, el rendimiento de las cosas comunes para, poco a poco, ir apropiándose de las cosas en sí. Lo vemos en el Imperio Romano, pero también al final de la Edad Media, cuando los reyes de los nuevos estados que surgen en Europa, rompen con el sistema tradicional de propiedad comunal de la tierra, sistema que el feudalismo no había conseguido romper, sólo modificar. Empezando por Inglaterra y siguiendo por el resto de Europa, empiezan los cerramientos de tierras o vallados por los que los terratenientes, con la fuerza de la autoridad política, se quedan con aquellas tierras que habían sido comunales desde tiempo inmemorial. Hacia 1500 el 45% de las tierras ingleses habían sido expropiadas por los terratenientes. A final de la revolución industrial no quedaban tierras comunales.
Es el mismo proceso que se siguió en América tras la conquista. Los Estados Unidos y Canadá, aprobaron leyes que con excusas de falta de utilidad pública, expropiaban las tierras de los habitantes americanos originarios y las vendían a empresas y particulares. Este mismo modelo se ha seguido en África y Asia. Desde la colonización hasta hoy mismo. Las grandes multinacionales, con el apoyo del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y la ayuda comprada de los gobiernos africanos, están comprando o alquilando por 99 años las mejores tierras de África. Esas tierras están siendo dedicadas al cultivo de productos para los países enriquecidos y no solucionan en nada sino que agravan el problema del hambre en el continente africano.
Al principio no fue así, pero hoy hemos aceptado que aquello que debe servir para la vida de todos sea apropiado por una minoría que lo utiliza en su propio provecho, mientras las inmensas mayorías de empobrecidos sufren las consecuencias de esa falta. Ayer expropiaban tierras, bosques y aguas, hoy expropian hasta el ser del ser humano. Las grandes compañías están en proceso de privatizar el conocimiento tradicional que ha sido conseguido tras miles de años de cultivos y el saber de los pueblos originarios que se ha sustanciado en la farmacopea tradicional. Las multinacionales, con sus ejércitos de abogados y mucho dinero, están consiguiendo patentar los fundamentos mismos de la vida y la ley occidental les protege, es decir, la policía y los ejércitos defenderán a sangre y fuego el derecho de estas empresas a enriquecerse, a costa de lo que sea.
Al principio no fue así, pero ahora estamos todos afectados de anosognosia y eso nos impide salir de nuestra enfermedad mortal.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El dinero es deuda

Una de las realidades que nuestros alumnos desconocen, incluso muchos de los que estudian economía, es que el dinero es deuda. Esta ignorancia sirve para que aquellos que tienen el poder de generar dinero o deuda, que es lo mismo, amasen fortunas a costa de aquellos otros que sólo pueden endeudarse, es decir, generar dinero para otros, o venderse por dinero, que también es generar dinero para otros. Como se ve, en los dos casos, ya trabajes ya compres o endeudes, generas riqueza para otros, para quienes controlan la producción de dinero. El dinero, ese dios poderoso contra el que previene el Evangelio, es capaz de someter las voluntades de los hombres hasta el punto de no ser conscientes de que únicamente es un instrumento que puede ser utilizado de muy diversa forma. Puede ser utilizado para la intermediación productiva, siempre que esté sujeto a un férreo control social, o bien puede ser un instrumento de expropiación de la riqueza colectiva para dejarla en manos de unos pocos. En todo caso, el dinero o la deuda, en el sistema económico y social imperante, es un instrumento de control y de expropiación. Por eso, ahora que estamos en la crisis del modelo financiero que se basa en el dinero, la deuda es la única manera de seguir apropiándose de la riqueza social. Deuda que tiene un pecado de origen que muchos ya han olvidado y que es necesario recordar.
Recordemos que entre 2008 y 2010, los Estados, entidades públicas que deben gestionar el bien común, han invertido más de 8 billones de euros en todo el mundo para rescatar al sector financiero que se hundía fruto de su propia avaricia. Recordemos que esos bancos fueron salvados del hundimiento a coste cero para ellos y que no se les pidió nada a cambio: ni la propiedad del banco, ni un cambio en la gestión, ni tan si quiera un cambio en el modelo. Recordemos que los Estados hubieron de endeudarse hasta límites insostenibles para hacer frente al salvamento del sector financiero, en nuestro país supuso un 12% del PIB, es decir, el total del déficit público. Recordemos que los Estados emitieron deuda pública para pagar el déficit generado por el salvamento bancario. Recordemos que fueron esos mismos bancos, ya salvados, los que acudieron a comprar la deuda pública y acudieron en parte con el dinero del salvamento y en parte con el dinero que la FED americana y el BCE europeo daban casi al cero por ciento y que negaban a los propios países implicados, lo que originó la casi quiebra de Irlanda y el sobrecoste de la deuda en España y otros países. Recordemos, por fin, que esa enorme deuda es la excusa que los gobiernos están utilizando para llevar a cabo la mayor reconversión económica de la historia en occidente, quitando literalmente el dinero a las clases sociales menos pudientes y dándoselo a las élites sociales.
Y ya para terminar, no olvidemos nunca esto, porque en el pecado está la penitencia y la penitencia debe ser eliminar el modelo que genera el pecado. Si el pecador se arrepiente, pero sigue con la misma vida, lo más probable es que vuelva a pecar. Como el pecado del modelo económico es la creación constante de deuda que es la única manera de generara dinero y con él la riqueza de algunos, el sistema se ve abocado al desastre futuro. El problema es que este desastre nos llevará por delante a todos antes de que el sistema caiga, si no hacemos nada por evitarlo. Mi propuesta es que abandonemos el modelo basado en la creación de deuda-dinero y los sustituyamos por otro, más humano, basado en el intercambio de los valores de cada cual. Así cumpliremos con lo que decía el poeta y no confundiremos valor y precio.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Solidaridad con los ricos

Empezamos curso, un curso que va a ser largo, al menos para todos aquellos que sufren y sufrirán las consecuencias, no de la crisis, sino de las medidas que se están tomando para superarla. El actual gobierno ha decidido que cuando le sustituya el siguiente en 2012 se lleven ya tres años de la política que, esa entelequia llamada mercados, han querido. Como muy bien han dejado al descubierto economistas de la talla de Krugman o Stiglitz, la mejor política económica para salir de la crisis sistémica está lejos de las medidas que se han tomado hasta ahora en todo el mundo gobernado por las directivas del capitalismo financiero. Lo óptimo, siempre a medio camino entre lo bueno y lo posible, son políticas de corte keynesiano, es decir, incentivar la inversión pública y fomentar el ahorro privado. Mediante éste se consigue financiar aquél, creándose un círculo virtuoso económico. Sin embargo, lo que se hace es justo lo contrario. Se fomenta el ahorro público y se incentiva el gasto privado. Creo que es una simple cuestión de sentido común. Si aumentamos el crédito para incentivar el gasto privado, estamos alimentando la máquina que nos llevó a la actual crisis; por el contrario, si lo que hacemos es centralizar la inversión productiva en el gasto público, cerrando el crédito privado, conseguiremos evitar caer en una crisis de deuda peor y a la vez haremos que la economía vuelva al sendero del servicio al hombre. Porque no hay que olvidarlo, la economía es un servicio a la humanidad y no al revés. Esto es precisamente lo que el actual sistema ejecuta a la perfección: el hombre al servicio de la producción.
Pero, en las actuales circunstancias, las élites gobernantes, no los gobiernos sino los que realmente mandan, han decidido que las cosas deben cambiar y que ya está bien de ser solidarios con los haraganes y los descamisados, que ha llegado la hora de poner las cosas en su sitio y de hacer que los que quieran comer trabajen. La solidaridad debe ser con aquellos que producen, que aumentan la riqueza, que mueven el mundo, con los ricos. Ha llegado el momento de que todo ese dinero que los estados dedican a las gentes normales, vuelva a sus verdaderos depositarios y ellos lo disfruten como es debido. Nada de gasto social, que los parados se ganen su plato diario, que los pensionistas reduzcan sus pretensiones y que los privilegiados que tienen trabajo apechuguen con más años de cotización y menos ingresos. Ha llegado el momento de hacer que el capitalismo lo sea de verdad y no esa parodia de socialdemocracia que sólo tenía sentido por el miedo a la revolución bolchevique. Ha llegado el momento de la revolución de los ricos, que según Baffet están ganando la lucha de clases y lo hacen mediante la inversión copernicana de los fundamentos del modelo económico industrial de los últimos doscientos años. Ahora son los asalariados los que corren con todos los riesgos: paro, disminución de ingresos, inestabilidad, inseguridad. Y los dueños lo que tienen todos los seguros contra el riesgo de la crisis.
Este curso va a ser largo y desembocará en la mayor operación de reescritura del modelo económico y social occidental. Ahora, la solidaridad será con los ricos. ¿Hay motivos o no los hay para protestar?

*Como está claro en la imagen, hay que ser solidarios con ellos.
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